Durante diez siglos, los habitantes del Valle de Villaverde vivieron bajo un techo de maravillas. Flotando perezosamente sobre sus cabezas, suspendidas en el azul infinito, se encontraban las islas flotantes: colosales fragmentos de roca y tierra cubiertos por bosques de hojas doradas que brillaban con luz propia bajo el sol. Nadie sabía qué las mantenía allí arriba, ni qué secretos escondían sus copas. Para los adultos del pueblo, la magia era solo una palabra cómoda para explicar lo que no entendían; para los niños, era el escenario de sus mejores sueños. El mundo era predecible, tranquilo y seguro.
Hasta la noche del eclipse de plata.
Aquella noche, la luna no se vistió de rojo, sino de un blanco refulgente que tiñó las nubes de un brillo metálico. En el punto más alto del valle, en el campanario reconvertido en observatorio, Leo miraba a través del gran telescopio de latón que había heredado de su abuelo. El aire estaba inusualmente frío y el silencio era tan denso que casi se podía escuchar.
De pronto, el segundero de su reloj de bolsillo se detuvo. No fue un fallo mecánico; el tiempo pareció contener el aliento.
A través de la lente, Leo vio cómo la isla más grande, "La Atalaya", comenzaba a temblar. Los árboles dorados de su superficie se agitaron como si un viento invisible los golpeara. Y entonces, ocurrió lo imposible: la masa de tierra cayó en picado tres metros exactos, deteniéndose con un impacto sordo que hizo vibrar los cristales de todo el valle. En el centro de la isla, una enorme grieta se iluminó con un destello azul eléctrico, un pulso agónico que se apagó lentamente. El antiguo equilibrio del mundo se había roto, y el cielo, por primera vez en la historia, había comenzado a caer.