El Secreto del Valle Flotante

Capítulo 1: El Mecanismo Despierto

El taller de Leo era un santuario de orden en medio de un mundo que empezaba a asustarse. El aroma a aceite de lavanda, madera de roble y metal pulido inundaba el ambiente. Las paredes estaban cubiertas por cientos de relojes de todas las formas y tamaños: de cuco, de péndulo, de arena y de agua. Todos marchaban al unísono, creando un compás constante que solía calmar los pensamientos del joven de dieciséis años.

Sin embargo, esa mañana, Leo no encontraba la calma. Llevaba horas midiendo el cielo con su cuadrante de bronce, confirmando una y otra vez los terribles datos de la noche anterior.

—Si sigues mirando hacia arriba con esa cara, se te va a quedar el cuello rígido, Leo —dijo una voz enérgica desde la entrada.

Era Lyra. Entró al taller sin llamar, como de costumbre, cargando una pesada cesta de mimbre llena de manzanas rojas y relucientes del huerto de su familia. Llevaba el cabello recogido en una trenza desordenada y sus botas estaban cubiertas de barro. Lyra era la definición de una persona práctica: si no podías arreglarlo con una llave inglesa o sembrarlo en la tierra, no valía la pena perder el tiempo pensando en ello.

—Las islas están bajando, Lyra. No es una ilusión óptica —dijo Leo, ajustándose las gafas redondas sobre el puente de la nariz y señalando sus mapas—. Anoche cayeron tres metros. Si mantienen este patrón de descenso, en menos de dos meses colisionarán contra las cumbres de las montañas del norte. La presión aplastará el valle.

Lyra dejó la cesta sobre la mesa de trabajo con un golpe seco, frunciendo el ceño.—Leo, esas rocas llevan ahí arriba desde antes de que se fundara el pueblo. ¿Por qué habrían de caer ahora? Además, la alcaldesa dice que solo fue un pequeño temblor de tierra.

—¡Porque la alcaldesa no tiene un telescopio de tres metros! —replicó Leo, frustrado—. Algo las mantenía arriba, un motor, una energía... algo que se está apagando.

Antes de que Lyra pudiera responder, un sonido extraño interrumpió la discusión. No venía de la calle, sino del rincón más oscuro del taller. Allí descansaba el Gran Reloj Astronómico, una pieza monumental de madera oscura y esferas concéntricas que el abuelo de Leo había construido antes de desaparecer hacía cinco años. Nadie en el pueblo había logrado hacerlo funcionar; sus engranajes internos parecían soldados por el tiempo.

Pero ahora, el reloj estaba cobrando vida.

Un zumbido melódico, similar al canto de una ballena o al vibrar de una copa de cristal, comenzó a emanar del mueble. Las manecillas, que representaban las fases lunares y las constelaciones, empezaron a girar hacia atrás a gran velocidad. El tic-tac habitual fue reemplazado por un eco profundo que resonaba en el pecho de los dos jóvenes.

Lyra retrocedió un paso, llevando la mano instintivamente al mango de la pequeña hachuela que usaba para cortar leña en su cinturón.—Leo... los relojes viejos no suelen cantar.

El cuadrante central del mecanismo se abrió con un chasquido metálico. De su interior, envuelto en una tenue neblina de vapor azulado, cayó un objeto directamente sobre la mesa de trabajo, rodando hasta detenerse frente a Leo.

Era un engranaje del tamaño de la palma de su mano, pero no estaba hecho de hierro ni de latón. Su metal era de un color grisáceo y desconocido, y su superficie estaba completamente grabada con runas geométricas que palpitaban con una luz interna de color azul zafiro. El calor que emitía era reconfortante, casi como el de una taza de té en invierno.

Con dedos temblorosos, impulsado por una curiosidad que superaba a su miedo, Leo estiró la mano y tocó el engranaje.

En el instante en que su piel hizo contacto con el metal rúnico, una onda expansiva invisible recorrió el taller. Las herramientas colgadas en los paneles de la pared tintinearon. Y entonces, la gravedad pareció perder su fuerza.

Las manzanas que Lyra había traído comenzaron a elevarse de la cesta, una a una, flotando en el aire a la altura de sus ojos como pequeños planetas rojos. Las hojas de papel con las anotaciones de Leo se despegaron de la mesa, suspendidas en una danza perezosa. Incluso el flequillo de Lyra comenzó a flotar hacia arriba.

—Vale... —susurró Lyra, con los ojos abiertos como platos mientras veía una manzana flotar a centímetros de su nariz—. Retiro lo que dije. Esto definitivamente no es un problema que se solucione con un poco de aceite de motor.

Leo miró el engranaje que brillaba con fuerza en su mano y luego dirigió la vista hacia la ventana, donde la inmensa silueta de la isla flotante tapaba la mitad del sol. El mecanismo del mundo se había activado, y ellos acaban de recibir la llave.



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Editado: 13.06.2026

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