El Secreto del Valle Flotante

Capítulo 3: El Susurro de las Alturas y el Guía Inesperado

La niebla plateada avanzaba en silencio por los límites de Villaverde, envolviendo las raíces de los árboles dorados que custodiaban el pie de la montaña. Leo y Lyra avanzaban a paso apresurado por el sendero del norte, esquivando las raíces que ahora, extrañamente, palpitaban con una luz azulada y fría. Con cada metro que ascendían, el aire se volvía más ligero. Leo notaba que sus botas apenas tocaban el suelo; la gravedad del valle se estaba deshilachando como un viejo trozo de tela.

—Si el helióptero del abuelo sigue en el cobertizo de la cumbre, necesitaremos algo más que carbón para encenderlo —dijo Lyra, asegurando las correas de su mochila mientras saltaba sobre un tronco flotante—. Ese mapa que encontraste menciona la "Brújula de los Vientos", pero no explica cómo se pilota un barco que lleva cinco años juntando polvo.

—El engranaje rúnico es la respuesta —respondió Leo, sacando la pieza metálica de su bolsillo. Las runas talladas en su superficie vibraban al compás de sus pasos, emitiendo un sonido limpio, casi musical—. No es solo una pieza de reloj; es un catalizador. El abuelo no diseñaba cosas para que se quedaran varadas en tierra.

Un crujido entre los arbustos plateados interrumpió la conversación. Lyra se detuvo en seco, apoyando la mano en el mango de su hachuela. De entre las hojas brillantes emergió una criatura que ninguno de los dos había visto en los libros de historia natural del valle.

Tenía el tamaño de un gato doméstico, pero su cuerpo parecía estar hecho de nubes esponjosas y compactas que cambiaban sutilmente de forma con el viento. Dos ojos grandes y brillantes como zafiros los observaban con curiosidad. El pequeño zorro de nubes olfateó el aire, fijando su atención directamente en el engranaje que Leo sostenía.

—¿Qué es eso? —susurró Lyra, maravillada, soltando el arma—. Parece un trozo de cielo con patas.

La criatura emitió un silbido agudo, similar al de una tetera hirviendo, y dio una voltereta en el aire, desafiando por completo la gravedad del lugar. Luego, aterrizó sobre una roca, miró hacia la cumbre de la montaña y soltó un pequeño ladrido, como invitándolos a seguirlo.

—Creo que sabe a dónde vamos —dijo Leo, guardando el engranaje—. O mejor dicho, sabe lo que llevamos con nosotros.

El zorro de nubes se convirtió en una centella blanca que ascendía por los riscos más empinados, deteniéndose de vez en cuando para comprobar que los dos humanos no se quedaran atrás. El sendero, que antes requería horas de escalada, se volvió extrañamente sencillo gracias a la ligereza del aire y la guía del animal. Al cabo de un suspiro, las puertas de madera del viejo cobertizo del abuelo Archibald aparecieron entre la niebla.



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Editado: 13.06.2026

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