El cobertizo del norte olía a madera vieja, lona húmeda y aceite de linaza. En el centro del espacio, cubierto por una inmensa red de hiedra y polvo, descansaba la obra maestra del abuelo: el helióptero.
Era una estructura hermosa y extravagante. El casco, construido con madera ligera de pino del norte, recordaba a la silueta de un delfín. A los lados, dos grandes alas de lona reforzada con varillas de latón se plegaban como las de un ave en reposo, y en la parte superior, un conjunto de tres hélices concéntricas esperaba el regreso del viento. En los costados, dos grandes globos desinflados colgaban como sacos vacíos.
—Es más grande de lo que recordaba —dijo Lyra, quitando las telarañas de los diales de la cabina de mando—. Las palancas están duras, Leo. El timón no se mueve ni un milímetro. Esto no va a despegar solo con deseos.
Leo caminó hacia el centro de la nave, donde se ubicaba el motor principal. Consistía en una esfera de bronce rodeada de tubos de cobre que se conectaban directamente a los globos y a las alas. En el corazón de la esfera, había una ranura circular con dientes perfectos.
—No son deseos lo que tenemos —dijo Leo.
Con cuidado, encajó el engranaje rúnico en la ranura. El metal gris encajó a la perfección con el bronce antiguo.
Durante unos segundos, el silencio inundó el cobertizo. Luego, un pulso de luz azul brotó del engranaje, corriendo a través de los tubos de cobre como agua por un canal navegable. Las runas se encendieron con fuerza y el motor emitió un rugido profundo y armónico que hizo temblar las vigas del techo.
Las hélices superiores comenzaron a girar, primero despacio, creando una corriente de aire que barrió el polvo del lugar, y luego tan rápido que se convirtieron en un borrón plateado. Los globos laterales comenzaron a hincharse con un gas brillante y cálido generado por la propia energía del artefacto. El helióptero se elevó un metro completo sobre el suelo del cobertizo, flotando con una ligereza asombrosa.
—¡Por las nubes, funciona! —gritó Lyra por encima del ruido del motor, saltando al asiento del piloto y tomando el timón, que ahora respondía al más mínimo toque de sus dedos.
El zorro de nubes dio un salto ágil, acomodándose en la barandilla de madera de la proa, con el pelaje ondeando al viento y la mirada fija en el cielo.
Leo se colocó a la derecha de Lyra, revisando los diales de presión que subían rápidamente hacia la zona verde. —¡Abre las compuertas del cobertizo, Lyra! ¡El cielo nos está esperando!
Lyra tiró de la palanca principal. Las pesadas puertas de madera se abrieron de golpe, revelando el abismo del valle y la inmensa silueta dorada de "La Atalaya" flotando justo encima de ellos. Con un suave impulso hacia delante, el helióptero abandonó la seguridad de la montaña, adentrándose en el inmenso mar de nubes. La verdadera aventura hacia los Faros de Cristal acababa de comenzar.