El Secreto Negro

CAPÍTULO 1

El 14 de febrero de 2015 no era un día cualquiera en Santa Lucía. Mientras el resto del mundo se perdía en el cliché de los ramos de rosas rojas y las promesas de amor eterno, cuatro mujeres —cuatro amas de casa y vecinas— se preparaban para una celebración que se sentía más como un trámite que como un festejo. Detrás de las fachadas impecables de sus casas y de las sonrisas ensayadas frente al espejo, se escondía una oscuridad densa, un secreto compartido que ninguna estaba lista para confesar en voz alta, pero que todas sentían vibrar en el aire pesado de esa tarde.

‎Estas eran las mujeres de Santa Lucía:

Blanca:

‎ A sus 21 años, lo tenía todo, o al menos eso dictaba el saldo de su cuenta bancaria y el brillo de los diamantes en sus manos. Casada con un millonario de 30 años que la trataba como la joya más preciada de su colección, vivía en una hacienda de lujo donde el olor a tierra mojada se mezclaba con la opulencia del cuero y el perfume importado. Rodeada de caballos pura sangre y animales exóticos que deambulaban por los jardines, Blanca no encontraba paz en el silencio del campo; sus ojos siempre estaban fijos en las revistas de moda, proyectándose en las pasarelas de Nueva York bajo luces que no fueran las del sol de mediodía. Su corazón era una caja fuerte, blindada no por amor, sino por una ambición fría que no conocía límites y que la hacía mirar a sus vecinas con una mezcla de lástima y cálculo.

Susana:

‎ La cara opuesta de la moneda y la sombra constante en la periferia de la hacienda. Vecina inmediata de Blanca, Susana habitaba una casa pequeña y humilde que se mantenía en pie gracias a su esfuerzo inalcanzable. Era una madre soltera que lidiaba diariamente con las cicatrices invisibles de un exmarido tan guapo como infiel, cuyo único legado fue el desafío de criar sola a su hija, Susi, de 15 años. Su bondad era su mayor virtud, pero también su grieta más peligrosa; Susana tenía la compulsión de sanar lo roto, ayudando incluso a quienes no querían ser ayudados, olvidando a menudo que en Santa Lucía, la gratitud es un lujo que pocos se pueden permitir.

Violeta:

‎ A sus 35 años, era la encarnación misma de la pulcritud y el orden quirúrgico. Con dos hijos adolescentes que parecían sacados de un comercial y un esposo que toda la comunidad describía como "el hombre perfecto", su vida era un catálogo de revista que ocultaba la ansiedad tras cada página. En su casa de lujo, no había un grano de polvo fuera de lugar ni un cojín mal puesto; Violeta era la arquitecta de una familia ideal construida sobre cimientos de cristal. Sin embargo, mantener esa fachada de serenidad exigía un esfuerzo mental que empezaba a pasarle factura en forma de insomnios y manos que temblaban cuando nadie la miraba.

Analice:

‎ Con 40 años y cinco hijos que seguían sus órdenes como soldados, ella era la matriarca indiscutible del grupo. No solo se esforzaba por ser perfecta, sino que exigía que el mundo entero se doblegara ante su estándar de excelencia. Su necesidad de control absoluto era el motor rugiente que movía su hogar en el mismo sector exclusivo donde vivían las otras tres. Para Analice, la vida era un tablero de ajedrez donde cada vecino, cada hijo y cada secreto debían estar en la posición exacta que ella decidiera. En Santa Lucía, nada sucedía sin que ella lo supiera, y nada se movía sin que ella diera su aprobación silenciosa.

El Incidente: "El Regalo de San Valentín"

‎Mientras las cuatro mujeres están reunidas en la impecable terraza de Analice para un brindis protocolario, un mensajero anónimo entrega una caja de terciopelo rojo. No tiene tarjeta, pero dentro hay algo que las deja heladas: una fotografía antigua, quemada por los bordes, de las cuatro juntas en un lugar donde juraron nunca haber estado.

‎A partir de este momento, el misterio se desarrolla en tres niveles:

El Secreto del Pasado: Hace años, antes de que Blanca fuera rica o Violeta fuera la "esposa perfecta", las cuatro estuvieron involucradas en un accidente (o un crimen) que enterraron bajo el asfalto de Santa Lucía. Alguien sabe que la fortuna de Blanca no es solo suerte y que la bondad de Susana es, en realidad, culpa.

El Chantajista: ¿Quién envió la caja? ¿Es el exmarido de Susana que ha vuelto por venganza? ¿O quizás uno de los hijos "perfectos" de Analice encontró algo que no debía?

La Traición Interna: La desconfianza empieza a devorarlas. Violeta comienza a tener ataques de pánico pensando que su marido se enterará, mientras Analice intenta usar su red de espionaje para descubrir quién de las cuatro está rompiendo el pacto de silencio.

‎Todo se remonta a una noche de tormenta hace cinco años. En aquel entonces, Blanca aún no era millonaria, sino una joven desesperada por escapar de la pobreza; Susana intentaba salvar su matrimonio; Violeta era una madre primeriza al borde del colapso y Analice ya movía los hilos del pueblo.

‎Las cuatro se vieron involucradas en un accidente de coche en una carretera secundaria de Santa Lucía. El conductor del otro vehículo era un joven que transportaba una maleta con dinero sucio perteneciente a una red peligrosa. El joven murió en el impacto, pero en lugar de llamar a la policía, Analice tomó el mando. Convenció a las demás de que sus vidas quedarían arruinadas si confesaban.



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En el texto hay: 4 mujeres un crímen

Editado: 27.02.2026

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