El turno en The Vintage Press resultó ser justo el refugio que necesitaba. Samuel era un hombre maduro, atento y de conversación pausada que me recibió con los brazos abiertos en cuanto supo que era la sobrina de Sebastián. La cafetería olía a grano tostado y libros viejos, un espacio perfecto donde pude tomar pedidos, servir tazas de expreso y, en los momentos tranquilos, avanzar dos capítulos enteros de mi lectura obligatoria.
A las ocho en punto de la noche, el cartel de la entrada giró hacia "Cerrado".
Afuera, una lluvia helada de principios de otoño comenzaba a azotar las calles de Nueva York. El viento soplaba con fuerza, estrellando las gotas contra los ventanales mientras yo terminaba de limpiar la barra de madera.
—Isabella, la tormenta se puso fea —dijo Samuel saliendo del mostrador con su abrigo puesto—. Te acompañaría al metro, pero tengo que cerrar la caja fuerte arriba. ¿Llevas paraguas?
—Tranquilo, Samuel —sonreí acomodándome la bufanda—. Traigo mi abrigo. El metro está a solo dos calles.
Justo cuando tomaba mi mochila para despedirme, el sonido del timbre de la puerta principal anunció que alguien entraba. Me giré esperando ver a algún cliente despistado, pero me quedé helada.
Bajo el marco de la puerta, sacudiendo las gotas de lluvia de su paraguas negro, estaba gabriel.
Vestía un abrigo largo oscuro que le daba un aire aún más imponente y elegante. Al levantar la vista y fijar sus ojos en mí, su expresión era una mezcla de fastidio contenido y algo impenetrable que hizo que el aire en la cafetería se sintiera repentinamente sofocante.
Samuel se acercó de inmediato con una sonrisa de bienvenida.
—¡gabriel! Vaya sorpresa. Sebastián me dijo que estabas en la ciudad, pero no esperaba verte por aquí a estas horas.
—Samuel —saludó gabriel estrechándole la mano con firmeza impecable, adoptando esa máscara de cortesía perfecta—.Sebastián me llamó desde el aeropuerto antes de que despegara su vuelo a Chicago. Estaba preocupado por la tormenta y me pidió explícitamente que viniera a recoger a su sobrina para llevarla a casa a salvo.
—Un gesto muy atento de tu parte —asintió Samuel, mirándome con complicidad—. Isabella es una chica muy trabajadora, Gabriel . Ha tenido una tarde impecable.
Miré a Gabriel a los ojos. En el fondo de su mirada oscura había un destello de posesividad y triunfo mal disimulado: no estaba ahí solo porque sebastian se lo hubiera pedido, sino porque la idea de que pasara la tarde en el negocio de Samuel lo había estado carcomiendo todo el día.
—Estoy listo, señorita —dijo Gabriel , usando esa voz grave que me erizaba la piel mientras sostenía la puerta abierta para mí—. El auto está afuera. No hagamos esperar más a la lluvia.
Me despedí de Samuel con un gesto amable, me ajusté la mochila y salí al frío de la calle bajo el paraguas que Gabriel desplegó sobre mi cabeza.
El auto de Gabriel estaba estacionado junto a la acera. Me abrió la puerta del copiloto en silencio y, en cuanto ambos estuvimos adentro resguardados del agua, el habitáculo se llenó del aroma de su loción amaderada y del calor de la calefacción.
El trayecto hacia el departamento comenzó en un silencio denso. El limpiaparabrisas marcaba un ritmo constante contra el cristal.
—No era necesario que vinieras —rompí el silencio, mirando fijamente por la ventana hacia las luces borrosas de la avenida—. Sé tomar el metro sola.
—Sebastián me lo pidió —respondió él con la vista fija en el camino, manteniendo las manos firmes sobre el volante—. Y no voy a discutir con él mientras esté de viaje por no haber cuidado a su sobrina.
—¿Solo por eso viniste Gabriel? —pregunté, girándome levemente para confrontarlo.
Gabriel apretó el agarre sobre el volante. Detuvo el auto ante un semáforo en rojo y se giró lentamente hacia mí. La luz ámbar del semáforo iluminaba las facciones marcadas de su rostro, dejando ver la tensión que acumulaba en la mandíbula.
—Vine porque la idea de que estés en esa cafetería hasta tarde, sonriéndole a viejos amigos de tu tío mientras evitas dirigirme la palabra en casa y en la universidad, me resulta insoportable —soltó en un susurro áspero, directo y sin filtros.
El corazón me dio un vuelco contra las costillas. La muralla que había construido durante toda la semana tembló bajo la honestidad bruta de sus palabras.
—Esa fue la distancia que tú mismo provocaste, profesor Vance —respondí con el hilo de voz que me quedaba, intentando sostenerle la mirada.
—Entonces tal vez es hora de que dejemos de actuar como si fuéramos dos desconocidos jugándole al reglamento —murmuró él, inclinándose un par de centímetros hacia mi lado antes de que el semáforo cambiara a verde y volviera a poner la marcha.
No volvimos a hablar en todo el camino, pero la tensión entre los dos dentro del auto ya no era de odio ni de rabia: era una chispa encendida que amenazaba con consumirlo todo en cuanto cruzáramos la puerta del departamento a solas.
El silencio del departamento a solas era mil veces más ruidoso que la tormenta que afuera golpeaba los cristales de Manhattan.
Entramos en penumbra. Gabriel se quitó el abrigo húmedo y lo dejó sobre el respaldo de la silla, mientras yo caminaba hacia la cocina intentando mantener la compostura. El calor del auto y el eco de sus palabras en el camino me tenían con el pulso acelerado. Necesitaba un vaso de agua, un pretexto, cualquier cosa que me devolviera el control sobre la muralla que con tanto esfuerzo había construido.
Al encender la luz tenue sobre la barra, sentí los pasos firmes de Gabriel acercándose por detrás. No me dio tiempo de girarme por completo.
En un movimiento fluido y decidido, Gabriel colocó ambas manos sobre el borde del mostrador de granito, dejándome atrapada entre la barra y su cuerpo. Su cercanía era abrumadora. El aroma a lluvia, café tostado y su loción amaderada envolvía todo el espacio.