El Secreto Prohibido

Murmullos en el Aula Magna

El salón 402 estaba repleto, dominado por el murmullo habitual de los estudiantes ajustando sus cuadernos y laptops antes del inicio del seminario. Llegué temprano y me acomodé en la fila media, intentando concentrarme en la pantalla de mi computadora, pero las manos me temblaban ligeramente sobre el teclado.

Cada vez que la puerta de madera se abría, un escalofrío me recorría la espalda.

A las ocho en punto, el sonido de unos pasos firmes retumbó en el pasillo exterior. La puerta se abrió e Ian cruzó el umbral. Llevaba un traje gris oscuro Impecable y su habitual maletín de piel, pero su semblante delataba la misma falta de sueño que a mí me había atormentado toda la noche.

Al subir al estrado, su mirada escaneó el aula por instinto hasta dar directamente conmigo.

Nuestros ojos se cruzaron por un segundo eterno. Sentí un vuelco violento en el estómago; el recuerdo de su cuerpo acorralándome contra la barra de la cocina, su aliento a milímetros de mi boca y el calor de sus dedos en mi mandíbula volvieron de golpe. La incomodidad me abrasó el rostro. Tuve que bajar la vista de inmediato hacia mis notas, apretando los dientes y fingiendo una repentina fascinación por el primer párrafo de mi borrador.

Gabriel aclaró su garganta, dejando caer sus carpetas sobre el escritorio con un golpe seco para tomar el control del salón.

—Buenos días —dijo con esa voz profunda que retumbó en el recinto—. Hoy analizaremos el uso del narrador no fiable en la narrativa del siglo XX. Abran sus libros en la página noventa y cuatro.

Durante toda la lección, la atmósfera se sintió sofocante. Cada vez que gabriel explicaba un concepto o caminaba frente al pizarrón, su presencia llenaba todo el espacio. Sentía su mirada fija en mi fila más de lo habitual, midiendo mi distancia, evaluando mi silencio. Yo apenas podía mantener la compostura, respondiendo solo con monosílabos cuando anotaba datos y evitando levantar la mano para intervenir, algo completamente inusual en mí.

A mi lado, Sophie no tardó en darse cuenta. Mi mejor amiga, que solía ser distraída con todo menos con los detalles obvios, dejó de teclear y me observó de reojo. Notó cómo me acomodaba el cabello con nerviosismo, cómo esquivaba la vista cada vez que gabriel se acercaba a nuestro lado del pasillo y lo rígida que mantenía la espalda.

—Oye… —susurró Sophie, inclinándose hacia mí mientras el resto de la clase buscaba una cita en el libro—. ¿Estás bien? Te noto rarísima desde que entramos.

—Estoy bien, solo un poco cansada —mentí en un murmullo, sin desviar los ojos de la página.

—No me refiero a cansancio, Isabella—insistió Sophie en un susurro más bajo, cruzándose de brazos y mirándome con preocupación genuina—. Estás pálida y ni siquiera has abierto la boca en toda la mañana. Tú nunca te quedas callada en este seminario. Y además… —Sophie hizo una pausa, mirando hacia el frente donde Gabriel escribía en el pizarrón—. Siento que el profesor Vance te está mirando como si estuviera esperando que explotes. ¿Pasó algo con la revisión de tu ensayo o qué?

El corazón me dio un vuelco. Me tragué el nudo en la garganta y me forcé a ofrecerle una sonrisa rápida y tranquila a mi amiga para ahuyentar sus sospechas.

—Para nada, Sophie. De verdad, solo me desvelé terminando el trabajo de la cafetería —asentí, intentando sonar lo más convincente posible—. El profesor Vance solo está siendo rígido como siempre. No te preocupes.

Sophie me observó unos segundos más con el entrecejo arrugado, no muy convencida, pero terminó por asentir y volver a su cuaderno.

Al frente del salón, Gabriel se giró justo en ese momento. Sus ojos oscuros volvieron a posarse sobre mí, captando la pequeña interacción entre Sophie y yo. Una sombra de tensión cruzó su mandíbula al notar lo mucho que me costaba sostener la fachada en su presencia. La incomodidad y el secreto entre los dos se estaban volviendo una bomba de tiempo en pleno salón de clases.

El turno de la tarde en The Vintage Press era el único refugio que me quedaba para despejar la mente, pero ese día el olor a espresso y el murmullo de la lluvia tampoco fueron suficientes para hacerme olvidar.

A las cinco de la tarde, la cafetería bajó su ritmo. Me encontraba detrás de la barra limpiando la máquina de café con una franela, perdida en mis pensamientos y recordando la tensión del salón 402, cuando una taza de té humeante apareció justo frente a mí.

Levanté la vista. Samuel estaba apoyado sobre el mostrador, con los brazos cruzados y una sonrisa perspicaz jugándole en los labios.

—Tómate un descanso, isabella—dijo con voz pausada—. Llevas veinte minutos sacándole brillo al mismo filtro de metal. A este paso le vas a quitar la pintura.

Me sonrojé levemente y dejé la franela a un lado, tomando la taza entre mis manos.

—Lo siento, Samuel. Estaba distraída —admití, dando un sorbo al té caliente.

—Sí, ya lo noté —sonrió él, acomodándose en un taburete al otro lado de la barra—. Y déjame adivinar: esa distracción tiene un nombre, mide más de un metro ochenta y anoche vino a buscarte con un paraguas como si fuera tu guardaespaldas personal.

Casi me ahogo con el té. Tosí ligeramente mientras intentaba recuperar la compostura, sintiendo cómo el calor me subía de golpe por el cuello.

—¿Gabriel? —intenté sonar indiferente, aunque la voz me falló un poco—. No, para nada. Es solo el amigo de mi tío y mi profesor, ya te lo había dicho.

Samuel lanzó una risotada baja y negó con la cabeza, mirándome con esa sabiduría que solo dan los años.

—isabella, conozco a Gabriel Vance desde que era un estudiante de derecho engreído que no sabía cómo pedir un café sin parecer que estaba interrogando a un testigo —bromeó Samuel, guiñándome un ojo—. Ese hombre no sale a la calle bajo una tormenta torrencial solo porque Sebastián se lo pida por teléfono. Anoche entró por esa puerta mirando a todos los clientes como si quisiera llevarse a alguien detenido.




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