El Secreto Prohibido

El Regreso del Tío Sebastian

El trayecto hacia el aeropuerto y de regreso al departamento fue un monólogo de silencio sepulcral. Gabriel conducía con la vista fija en la carretera, manteniendo los nudillos blancos sobre el volante cada vez que recordaba la familiaridad entre Samuel y yo. Yo me limitaba a mirar las luces de la ciudad reflejadas en la ventana, disfrutando en secreto de la pequeña victoria de haberlo visto perder el control sin poder decir una sola palabra.

Al llegar al departamento, la puerta se abrió y la atmósfera cambió por completo. Mi tío Sebastián entró en la sala cargando su maletín de viaje, luciendo el cansancio propio de los vuelos, pero con una sonrisa cálida que iluminó el lugar.

—¡Por fin en casa! —exclamó sebastian dejándose abrazar con fuerza. Me apretó contra su pecho con un cariño paternal que me devolvió por un instante la paz que tanto me hacía falta—. ¡Isabella, qué alegría verte! Te extrañé mucho estos días, mi niña.

—Yo también te extrañé, tío —sonreí, sintiendo cómo un peso se me quitaba de encima al tenerlo de vuelta.

Gabriel cerró la puerta principal y dejó la maleta de Sebastián a un lado. Adoptó de inmediato su postura profesional, recuperando la máscara de serenidad que casi pierde en la cafetería.

—Todo estuvo en orden por aquí, Sebastian—dijo Ian con voz grave y neutra, manteniendo una distancia prudente—. El viaje salió bien, según veo.

—Impecable, Gabriel, cerramos el acuerdo en Chicago —respondió mi tío, dándole una palmadita firme en el hombro a su amigo—. Y te agradezco infinitamente que hayas pasado por Isabela ala cafetería. Hablé con Samuel esta tarde y me contó lo bien que se está adaptando.

Gabriel tensó levemente la mandíbula al escuchar el nombre de Samuel, pero asintió con cortesía.

—Cumple con sus responsabilidades —se limitó a comentar Gabriel, dedicándome una mirada rápida, oscura e impenetrable por encima del hombro de Sebastián.

—¡Y vaya si las cumple! —añadió Sebastian mientras caminábamos hacia el comedor—. Samuel me dijo que es la mejor empleada que ha tenido en años. Me alegra tanto saber que estás rodeada de gente buena,Isabela. Con el seminario de Gabriel y el trabajo con Samuel, sé que estás en excelentes manos.

Me tragué el nudo en la garganta al escuchar la inocencia y la confianza absoluta en las palabras de mi tío. La culpa me atravesó el pecho como un dardo helado: Sebastián no tenía la menor idea de la guerra fría, los celos silenciados y la atracción peligrosa que quemaba entre su mejor amigo y yo a sus espaldas.

—Voy a preparar un té para celebrar que estás de regreso, tío —dije para romper la tensión, dirigiéndome a la cocina.

—Te acompaño —dijo Sebastian siguiendo mis pasos—.Gabriel, sírvete un trago, te ves agotado.

Gabriel se sirvió un vaso de whisky en la barra. Se apoyó contra el mueble de madera, observando en silencio cómo yo preparaba las tazas junto a Arthur. Cada vez que mi tío me sonreía o me daba un abrazo sobre los hombros, los ojos de Ian se clavaban en nosotros, cargados de una mezcla de respeto por su amigo y una frustración devoradora por no poder acercarse a mí de la misma manera.

Al entregarle su taza a Sebastián, pasé a un lado de Gabriel. El roce rozó la casualidad, pero el calor de su presencia me erizó la piel.

—Buenas noches, tío. Me iré a descansar para estar lista mañana —dije en voz baja.

—Descansa,Isabella. Estoy muy orgulloso de ti —respondió Sebastián con cariño.

—Buenas noches, señorita —murmuró Gabriel , bajando la vista hacia su vaso con una voz rasposa que sonó como un aviso en la penumbra de la cocina.

Me encerré en mi habitación, sabiendo que el regreso de mi tío Sebastián traía paz, pero también hacía que el secreto entre Gabriel y yo fuera mil veces más arriesgado.

La mañana siguiente comenzó con el murmullo de la cafetera en la cocina y la luz del sol iluminando la barra de granito. Me había levantado temprano para repasar mis lecturas antes de salir a la universidad, pero me quedé a medio camino en el pasillo al escuchar las voces de mi tío y de Gabriel en la sala.

Gabriel estaba de pie junto a la barra con una taza de café en la mano, luciendo su habitual traje oscuro pero con una expresión de tensión contenida. Sebastián , en cambio, revisaba su laptop con la tranquilidad de quien acaba de cerrar un trato importante.

—Oye, sebastian… —comenzó Gabriel, intentando adoptar un tono casual que sonaba forzado para cualquiera que lo conociera bien—. Respecto a la cafetería de Samuel… y isabella.

Sebastian levantó la vista de la pantalla, curioso.

—¿Qué pasa con ellos?

Gabriel se aclaró la garganta, dando un sorbo lento a su café para ganar tiempo y medir sus palabras. Los celos que había tenido que tragar la tarde anterior en el mostrador aún le quemaban por dentro.

—Ayer noté bastante confianza entre ellos —dijo gabriel, bajando la voz y fingiendo una preocupación puramente protectora—. Samuel la trata con mucha cercanía. Me preguntaba… ¿te parecería bien si Samuel intentara algo más con ella? Digo, si estuvieras de acuerdo en que un hombre con esa diferencia de edad o con esa posición saliera con tu sobrina.

Me quedé helada detrás de la pared del pasillo, sosteniendo la respiración. La trampa de Gabriel era evidente: buscaba que sebastian condenara la idea de que un hombre mayor o con autoridad se acercara a mí, intentando usar la opinión de mi tío como un freno moral para todos… o para medir hasta dónde podía llegar él mismo.

Sebastian se quedó en silencio un segundo, procesando la pregunta. Luego, para sorpresa de gabriel, soltó una carcajada limpia y sonora que resonó por toda la sala.

Gabriel se congeló en su sitio. El desconcierto se dibujó de inmediato en sus facciones, arrugando el entrecejo mientras observaba a su amigo reírse con ganas.

—¿De qué te ríes? —preguntó Gabriel , con el ceño fruncido y la frustración a punto de desbordársele.




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