El Secreto Prohibido

Pasajeros Incomodísimos

El aire helado de la mañana no logró enfriar el ambiente dentro del auto. Sebastian había decidido llevarnos a la universidad antes de ir a su despacho, gabriel, impecable en su traje de tres piezas, ocupaba el asiento del copiloto con una postura tan rígida que parecía estar a punto de encarar el juicio de su vida. Yo iba en la parte trasera, mirando en silencio por la ventana.

A solo tres calles del departamento, el tráfico de Manhattan se detuvo frente a la entrada de The Vintage Press. En la acera, acomodando el letrero de madera de la cafetería, estaba Samuel, vistiendo un abrigo beige y una bufanda oscura.

—¡Miren a quién tenemos ahí! —exclamó Sebastián bajando la ventanilla con una sonrisa—. ¡Samuel!

Samuel se giró, sorprendido, y caminó hacia el auto.

—¡Sebastian! Qué gusto. ¿Ya vas para el despacho?

—Sí, y voy a dejar a Isabella e Gabriel en la facultad. Súbete, te llevamos. Sé que vas a la distribuidora de grano que queda justo por allá.

Gabriel cerró los ojos por un segundo, soltando un suspiro imperceptible por la nariz. Apretó la mandíbula pero no pudo objetar nada sin sonar absurdo frente a su amigo.

—Pues me viene de maravilla, gracias —sonrió sebastian, abriendo la puerta trasera para acomodarse a mi lado.

Al entrar, un aroma a café tostado y avellana llenó el habitáculo. Samuel me dedicó una mirada cálida y se acomodó la bufanda, quedando a pocos centímetros de mí en el asiento posterior.

—Buenos días,Isabella—dijo Samuel con voz suave, rozando ligeramente mi hombro al acomodar su abrigo—. Qué buen detalle coincidir contigo tan temprano.

—Buenos días, Samuel —respondí sonriendo con naturalidad.

Desde el espejo retrovisor, dos ojos oscuros me clavaron la mirada. Gabriel ajustó el espejo con un movimiento brusco para observarnos directamente. Podía ver el cuello de su camisa tensarse por la furia contenida.

—Buenos días, Gabriel —saludó Samuel con absoluta inocencia desde atrás—. Te ves muy serio hoy. Se nota que la docencia quita el sueño.

—Es una responsabilidad que requiere concentración, Samuel —contestó Gabriel con la voz más fría y seca que pudo articular.

Sebastian lanzó una risita desde el volante mientras ponía en marcha el auto.

—¡No le hagas caso, Samuel! Gabriel nació serio —bromeó mi tío, guiñándole un ojo por el espejo—. Por cierto, Gabriel me estaba preguntando temprano por ti. Tenía la inquietud de si estabas intentando conquistar a Isabella en la cafetería.

El silencio que siguió en el auto fue atronador.

Apreté los labios para no soltar una carcajada ante la falta de filtro de mi tío. Gabriel se puso completamente rígido en el asiento del copiloto; si hubiera podido desaparecer a través del cristal del parabrisas, lo habría hecho en ese mismo instante.

Samuel parpadeó, sorprendido, pero tardó medio segundo en procesar la broma y soltó una carcajada abierta y limpia.

—¿De verdad, Gabriel? —se rió Samuel, reclinándose un poco más hacia mi lado en el asiento y pasándome un brazo por el respaldo de manera totalmente despreocupada—. ¡Vaya! No sabía que el gran abogado y profesor universitario era tan celoso con sus alumnas… o con la familia de Sebastian.

El rostro de Gabriel era un poema de absoluta molestia. Las sienes le palpitaban y la rabia contenida le teñía la mirada de una oscuridad peligrosa. Saber que Samuel estaba sentado tan cerca de mí, riéndose de sus celos y contando con el respaldo de sebastian, lo tenía al borde del colapso.

—Solo velo por el orden y la reputación de la casa de sebastian—dijo gabriel, mirando fijamente a Samuel a través del espejo retrovisor, con un tono que helaba la sangre—. Y me aseguro de que nadie confunda la amabilidad con otra cosa.

—Uy, qué carácter —bromeó Samuel guiñándome un ojo, sin dejarse intimidar en lo más mínimo—.Isabella, si tu profesor se pone así de intenso en clase, avísame y le mando un termo de té relajante a la facultad.

Sebastian soltó otra risotada, divertido por la interacción, completamente ciego al volcán que estaba a punto de erupcionar entre el copiloto y el asiento trasero.

—¡Eres único, Samuel! —dijo mi tío deteniendo el auto frente a los arcos de Washington Square—. Llegamos, chicos.

Abran la puerta, bajé del auto apresuradamente, seguida por Samuel. Gabriel bajó casi al mismo tiempo, ajustándose el saco con un movimiento violento. Nos despedimos de sebastian y de Samuel, quien nos saludó con la mano antes de seguir su camino a pie.

Cuando quedamos a solas en la acera de la universidad, entre el murmullo de los estudiantes que entraban a clase, Gabriel dio dos pasos rápidos hacia mí, acortando la distancia de golpe. Su presencia era sofocante y sus ojos ardían de celos reprimidos.

—Te divierte, ¿verdad? —murmuró en un susurro áspero y bajo, solo para mis oídos.

Le sostuve la mirada con absoluta serenidad, colocándome la correa de la mochila al hombro.

—No sé de qué me habla, profesor Vance —respondí con una sonrisa impecable y distante—. Llegamos tarde a su seminario. Que tenga buen día.

Giré sobre mis talones y caminé hacia el edificio, dejándolo parado en medio de la acera, tragándose la rabia y los celos frente a todo el campus.

Gabriel cruzó la puerta del salón 402 con un aura de frialdad calculada. Tras el bochorno en el auto y la forma en que me había burlado de sus celos en la entrada de la universidad, su orgullo estaba herido. Su rostro no mostraba el más mínimo rastro del hombre que minutos antes apretaba los puños en la acera: volvía a ser el profesor distante, implacable y con el control absoluto de la situación.

Me acomodé en mi asiento habitual de la fila media. A mi lado, Sophie terminaba de organizar sus apuntes y sacaba su bolígrafo preferido.

—Buenos días —dijo gabriel, dejando caer sus carpetas sobre el escritorio. Su voz resonó impecable por todo el anfiteatro—. Hoy evaluaremos el desarrollo de los personajes secundarios en la novela moderna. Necesito dos perspectivas analíticas para estructurar el debate de la sesión.




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