La frustración por el jueguito de Gabriel en el aula aún me quemaba por dentro cuando salí del edificio principal. Caminaba junto a Sophie, quien seguía hablando entusiasmada sobre los comentarios que el profesor Vance le había dedicado durante la lección.
Al llegar a la plaza central de Washington Square, me detuve en seco.
Cerca de la fuente, luciendo su habitual abrigo beige y con las manos en los bolsillos, estaba Samuel. Su presencia en pleno campus llamaba la atención de varios estudiantes por su porte distinguido y su aire maduro.
—¡isabella! —llamó Samuel, alzando una mano con una sonrisa cálida en cuanto me vio.
—¿El dueño de tu cafetería vino a buscarte hasta la facultad? —susurró Sophie, abriendo los ojos de par en par—. Oye, qué atento es contigo…
—Solo vine a traerte esto —dijo Samuel al llegar a nuestro lado, sacando de la bolsa de su abrigo un termo metálico con una sonrisa desenfadada—. Te preparé tu té favorito antes de salir a hacer los mandados del grano. Sé que tuviste una mañana pesada con tu riguroso profesor.
—Muchas gracias, Samuel —sonreí, tomando el termo. El gesto era sincero y la calidez del detalle me ayudó a aflojar la tensión de los hombros.
Lo que yo no sabía en ese momento era que, a escasos metros de nosotros, en lo alto de los escalones del edificio de la facultad, Gabriel acababa de salir. Tenía el maletín en la mano y la vista fija en la plaza.
Samuel, sin embargo, lo notó al instante.
El dueño de The Vintage Press levantó la mirada de reojo, ubicando a Gabriel en la cima de la escalinata. Vio la rigidez en los hombros del abogado y la sombra de furia que oscureció sus ojos al vernos juntos. Lejos de amedrentarse, a Samuel le dio un chispazo de picardía en los ojos y decidió entrar de lleno al juego de provocaciones.
—Te ves cansada, mi niña —dijo Samuel en un tono ligeramente más alto, lo suficiente para que el aire llevara sus palabras.
Sin pedir permiso pero con una caballerosidad impecable, Samuel dio un paso más hacia mí, se inclinó suavemente y me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con suma delicadeza. Luego, pasó su brazo alrededor de mis hombros, atrayéndome hacia su costado en un gesto de afecto protector y sumamente íntimo a la vista de cualquiera.
Yo parpadeé, sorprendida por la repentina demostración de cariño, pero no me alejé. El calor de su abrigo me resultaba cómodo y amigable.
Desde lo alto de las escaleras, el rostro de Gabriel se transformó en una máscara de rabia pura. Sus nudillos se pusieron blancos alrededor del asa del maletín y estuvo a punto de bajar los escalones a pasos agigantados. Samuel le sostuvo la mirada desde la distancia, dedicándole una sonrisa pausada y triunfante, devolviéndole con creces la jugada que él había intentado con Sophie en el salón de clases.
—Te acompaño a caminar un rato antes de tu turno si quieres —añadió Samuel, dándome un apretón suave en el hombro sin soltarme—. Te vendrá bien el aire fresco.
—Me encantaría, Samuel —respondí sonriendo, ajena a la mirada asesina de Gabriel que me clavaba la espalda.
—Nos vemos después, Sophie —se despidió Samuel, rodeando mi cintura con el brazo de manera elegante para guiarme hacia la salida del campus.
Nos alejamos por el pasillo central de la plaza. Samuel echó un último vistazo hacia atrás por encima de su hombro: Gabriel seguía inmóvil en el escalón más alto, con la mandíbula apretada y la mirada ardiendo en celos, completamente acorralado por su propio juego.
El paseo hasta la cafetería con Samuel ayudó a disipar la tensión del salón de clases. Durante la caminata, Samuel se mantuvo conversador y atento, aunque en más de una ocasión lanzó miradas discretas por encima del hombro, sabiendo perfectamente que la semilla de los celos ya estaba germinando en el profesor de la facultad.
La tarde en The Vintage Press transcurrió con la tranquilidad habitual. Atendí a los clientes, serví tazas de café y aproveché los momentos libres para redactar el borrador del seminario.
Faltaban exactamente veinte minutos para las ocho de la noche. La cafetería estaba en completo silencio y la luz tenue de los faroles iluminaba los ventanales. Samuel y yo estábamos detrás de la barra revisando las notas de la caja, entre risas y comentarios relajados.
El sonido agudo del timbre de la puerta principal rompió la calma.
Levanté la vista. Gabriel acababa de cruzar el umbral. Llevaba su abrigo oscuro y el maletín en la mano, pero su rostro era una máscara de absoluta frialdad. Tenía las facciones marcadas por la tensión y sus ojos oscuros recorrieron la barra de inmediato, fijándose en la cercanía entre Samuel y yo.
Samuel esbozó una sonrisa de entera satisfacción al verlo llegar. Lejos de amedrentarse por el aura intimidante de Gabriel , decidió apretar el acelerador en su juego de picardía.
—¡Vaya, miren quién llegó justo a tiempo para el cierre! —saludó Samuel con voz jovial, inclinándose de forma exagerada hacia mi lado sobre la barra—. Pensé que hoy no vendrías por la sobrina de sebastian, Gabriel . Nos estabas arruinando el ritmo de trabajo.
Gabriel caminó hacia el mostrador a pasos firmes, deteniéndose a un metro de distancia. La mandíbula tensa delataba el esfuerzo que hacía por mantener la compostura.
—sebastian me pidió que pasara por ella, de nuevo —respondió Gabriel con voz baja y raspada, ignorando la provocación y clavando su mirada exclusivamente en mí—. Recoge tus cosas, Isabella. Es hora de irnos
—Tranquilo, profesor Vance —dijo Samuel con tono guasón, rodeándome los hombros con un brazo de manera sumamente afectuosa y cercana—. Todavía faltan veinte minutos para las ocho. No te nos pones tan estricto con los horarios fuera del aula, ¿o sí?
Vi cómo el cuello de la camisa de Gabriel se tensó. Sus ojos descendieron directamente hacia el brazo de Samuel sobre mis hombros y luego subieron para sostenerle la mirada a su amigo con un desprecio helado que habría congelado a cualquiera.