Emma
El portafolio se me resbala de las manos.
Cae con un golpe sordo que resuena en la habitación como un eco de mi propio pánico.
Los papeles se desparraman por el suelo como hojas muertas, revoloteando en el aire antes de asentarse en un caos que refleja exactamente cómo me siento por dentro.
Damián frunce el ceño, su mirada pasando de confusión a algo más afilado.
—¿Emma? ¿Qué coño pasa?
Liam me toca el brazo con cuidado, su voz baja pero urgente.
—Em, vámonos de aquí.
Richard Campbell sonríe apenas, esa curva sutil en los labios que me congela la sangre.
—Cuánto tiempo, querida. Qué sorpresa verte de nuevo en… familia.
Su voz es suave, casi paternal, pero para mí es como un cuchillo rozando la piel. Es la misma voz que he oído en mis pesadillas, la que me persiguió hasta Nueva York y más allá.
No respondo, no puedo. El aire se me atasca en la garganta. Giro sobre mis talones y salgo corriendo del estudio, mis tacones golpeando el suelo como latidos desesperados, Paso por el pasillo, por la sala, por la puerta del penthouse que dejo abierta sin importarme.
El ascensor parece tardar una eternidad. Pulso el botón una y otra vez, como si eso pudiera hacer que bajara más rápido, Lágrimas calientes me bajan por la cara, emborronando el maquillaje que me puse esta mañana para sentirme fuerte. Richard aquí. Me encontró. Nos encontró.
Salgo al parking subterráneo, el aire frío y húmedo me golpea como una bofetada. Me meto en el coche, cierro la puerta con un golpe seco y me quedo allí un segundo, con las manos temblando en el volante, El corazón me late tan fuerte que lo siento en los oídos, No puedo conducir así. No todavía.
Saco el móvil. Marco a Liam. Contesta al primer tono, su voz tensa.
—Emma, ¿dónde estás? Reaccionaste como si hubieras visto el diablo.
—Liam —susurro, la voz quebrada, entrecortada por un sollozo que no puedo contener—. Por eso me fui hace cinco años. Richard… me amenazó. Me dijo que si no desaparecía no me dejaría tener al bebé. Estaba embarazada y huí esa misma noche. No podía quedarme. No podía arriesgarlo.
Silencio al otro lado. Puedo imaginar su cara, el shock en sus ojos claros.
—Joder, Em. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Damián…
—No —lo corto, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Él no sabe. Y no puede saber. No ahora. Prométemelo.
—Tranquila, no diré nada. Pero… ¿estás bien? ¿Adónde vas?
—Voy a por Olivia. Necesito verla, Necesito saber que está a salvo.
—Ten cuidado, Llámame si necesitas algo, Mañana hablamos.
Cuelgo. Respiro hondo, una, dos veces. El temblor en las manos disminuye un poco. Arranco. La guardería está a diez minutos. Hago ocho, manejando como una maniática por las calles iluminadas de Ottawa, mirando por el retrovisor cada pocos segundos. Nadie me sigue. O eso espero.
La directora me ve llegar hecha un desastre, el pelo revuelto, los ojos rojos.
—Señora White, ¿todo bien? Nunca viene tan temprano. Olivia ya está lista para irse, pero… ¿pasó algo?
—Problema familiar —miento, forzando una sonrisa que se siente falsa en mi cara—. Solo quiero llevarla a casa cuanto antes.
Ella asiente, preocupada pero profesional.
—Entiendo. Espere aquí, la traigo.
Olivia sale con su mochila rosa colgando de un hombro, con sonrisa enorme que ilumina todo.
—Mami, ¿por qué viniste temprano? ¿Es sorpresa? ¿Vamos a comer helado?
La abrazo fuerte, hundiendo la cara en su pelo suave que huele a champú de fresa y a inocencia. Mi ancla en este caos.
—Sí, mi amor. Sorpresa en casa. Solo nosotras dos.
En el coche la dejo cantar con la radio, una canción infantil que repite el estribillo una y otra vez. Yo miro por el retrovisor, el corazón todavía acelerado. En el semáforo en rojo, me limpio las lágrimas restantes. No puedo llegar a casa así. Ella no debe ver mi miedo.
Paramos en un puesto de comida rápido. La cajera, una chica joven que nos conoce de otras veces, asoma la cabeza por la ventanilla.
—Hola, Emma. Lo de siempre? Nuggets para la pequeña y café para ti?
Asiento, sonriendo un poco más real esta vez.
—Sí, gracias. Y un muffin extra.
Olivia aplaude.
—Mami, eres la mejor.
Pago y seguimos. Pequeños detalles como este hacen que la vida se sienta normal. Pero hoy todo se siente frágil, como si un soplo pudiera romperlo.
En el departamento cierro con doble llave, chequeo las ventanas aunque sé que estamos en un piso alto. Olivia corre a su habitación a dejar la mochila.
—¿Cena especial? ¿Pasta con queso?
Asiento.
—Pasta con queso. Tú pones la mesa.
Cocino mientras ella coloca los platos, los tenedores, las servilletas con dibujos de estrellas. Me cuenta del día con lujo de detalle: pintó un cohete rojo para papá astronauta, su amiguita Sara le prestó un lápiz brillante que olía a fresa, la maestra dijo que es la más creativa de la clase y que un día podría ser pintora o astronauta ella misma.
Yo la escucho, asiento, pregunto detalles.
—¿Y qué color le pusiste al cohete?
—Rojo como nuestro cabello, mami. Para que papá lo vea desde la luna.
El nudo en la garganta crece. Pero sonrío.
—Seguro que le encanta.
Cenamos en la mesa pequeña, con la luz suave de la lámpara. Olivia se mancha la cara de salsa de queso. Río de verdad cuando se limpia con la manga, dejando una mancha amarilla.
—Mami, eres la mejor cocinera del mundo. Mejor que la de la guardería.
—Gracias, mi vida. Tú eres la mejor ayudante.
Después baño.
Lleno la tina con espuma que huele a vainilla. Ella salpica, hace burbujas con las manos, ríe cuando le pongo una corona de espuma en la cabeza.
—Mami, soy la princesa del mar.
—Y yo la reina —digo, salpicándola de vuelta.
Por un rato el miedo se aleja. Solo somos nosotras.
Le pongo su pijama rosa con estrellas.