El Secuestro de Ivette

Capítulo 8.

—¿Entonces me estás diciendo que si te lavas el pelo y no usas el acondicionador correcto, tú cabeza se llena con cositas blancas que se llaman caspa y te dan comezón? —Dominic tenía frente a él todo el repertorio de cosméticos para el pelo.

—Sip, ser chica no es tan fácil ¿Cuántas usas tú para el pelo? —Edna sonreía mientras miraba la cara de atónito del chico que seguía impactado y desconcertado.

Dominic giro sobre sus pies y se sentó en el pequeño WC, habían pasado tres meses desde que estaba allí y hasta el momento no sé estaba arrepintiendo de nada. Incluso estaba pensando dejar de luchar contra su padre y decirle dónde estaba, con quién estaba y que pensaba hacer en el futuro.

—Pues solo uno —Alargo la mano y tomo el jabón —. El mismo que uso para todo.

Se encogió de hombros y espero el momento perfecto para decirle lo que había averiguado hace unos días.

—¿Te comenté que Ivette me escribió de nuevo? —Ed tomo el spray humectante y lo extendió por todo su pelo.

—No, ¿Qué te dice?

—Que está bien, parece ser que este tal Ricci es buena honda, así que no hay problemas —Seguía desenredando su pelo, acariciando sus ondas y dándole volumen, pensaba en alisarlo el domingo como aniversario de tres meses. Tres bonitos meses junto a él, le estaban sabiendo a miel y chocolate. —Te he mencionado en mis cartas.

—¿Y le gusto? —Dominic se puso detrás de ella y poso las manos en sus caderas.

—Siiii —Pego el trasero de su delantera —, dice que follemos mucho y que me cuides.

—Te voy a cuidar siempre.

Y lo decía en serio, nunca habían hablado de nada concerniente a sus pasados. Pasaban los días y se veían sonreír, se acariciaban. Intentaban maximixar cada momento. Ella sentía curiosidad por él, le impresionaba su estatus educativo, podía hablar distintos idiomas y más de una vez se sintió tentada a preguntar que hacía allí con ella. En un pequeño apartamento de dos habitaciones en el centro de Madrid —y centro, por decir algo—, era un lugar tranquilo, pero ninguna otra ventaja.

¿Qué esperaban el uno del otro?

Edna termino de peinarse, esparció un poco de perfume sobre si misma y se pinto los labios. Dominic le esperaba en la puerta y sonrió al verla. Aun no sé creía muchas cosas de las que estaban pasando. Le parecía todo un milagro, y no saber de donde venía le estaba causando varias dudas sobre si debía contarle o no todo sobre él, también le gustaría saber más cosas sobre ella. La única persona que tenía algún lazo emocional casi familiar con Edna era Ivette. No habían más fotos en su casa, no había números de teléfonos agendado con un "mamá" o "papá" ni hermanos ni nada. No había nada más.

Caminaron por las calles de Madrid hasta llegar al teatro, habían tardado mucho para ir a ver al Rey Leon y al fin habían puesto bastante empeño y se levantaron de la cama. No dejar de tocarse era un privilegio para Edna que no había pasado esa experiencia con nadie en su vida. Le gustaban los chicos, no tenían ninguna color o nacionalidad en particular, pero si tenía mucho cuidado de no darle más del cariño necesario. Sufrió la relación de los padres, y aún tenía muchas heridas.

Desde muy pequeña le enseñaron que el amor era sinónimo de dolor y desasosiego; así que confiar en el sexo opuesto era casi una predisposición genética y ahí estaba. Caminando de la mano, de básicamente, un desconocido. No sabía mas que su nombre, apellido y nacionalidad. Le palpitaba el corazón cada vez que pensaba en él. No se negó a darle nada, le entrego su alma, su corazón, su casa y le entregaría la vida si él se la pidiese.

—¿Crees en las vidas pasadas? —Dominic paso el brazo sobre sus hombros y la pego a él.

—No mucho ¿y tú? —Edna no podía creer que hubieran otras vidas, ya había sufrido en la actual como para vivir muchas más.

—Si, creo que si —Beso su frente y se detuvieron en un Starbucks.

Se sentaron en una esquina con una pequeña mesa y dos sillones, Edna rodeo la taza con sus dos manos y el sonrió viéndola inspirar profundo el aroma de su te de frutos rojos.

—Digamos que crees en las vidas pasadas —Dominic era un gran católico, sus padres lo había educado en las mejores escuelas católicas de Italia y aunque sinceramente había discutido mucho sobre este tema con sus demás compañeros y ellos habían dicho que las vidas pasadas eran demonios ocupando sus almas, él siempre respondía que no. Solo eran oportunidades de hacer lo correcto una y otra vez. —¿Qué crees que fuiste en todas esas vidas?

Edna respiro profundo y lo miro por millonésima vez, inhaló por la nariz y exhalo por la boca, dejo la taza sobre la pequeña mesa y lo miro; sus ojos se volvieron levemente fríos y calmo la tempestad de su mente, organizo sus ideas y le dio fuerza a su boca.

—Creo que sería feliz —dijo sin que se rompiera la voz, sin soltar una sola lágrima y sin perder la compostura —, creo que fuí feliz.

—¿Y ahora? ¿Eres feliz? —Dominic se sentía nervioso y temeroso a la vez.

—Si, ahora soy muy feliz aquí contigo —Extendió la mano a traves de la mesa y tomo la de él —. Sinceramente no había sido tan feliz con alguien más, como lo he sido contigo y lo estoy disfrutando al máximo.

»Cuando te vi en el metro pensé: "Dios, que no sea un asesino serial" antes de hablarte y cuando estuvimos en el café me dije, "caramba, le daría de todo, menos consejos" —Suspiro y se perdió por unos instantes en sus pensamientos, en esos segundos recorrió la estancia de esos tres meses junto a él y fue espectacular. Toda su piel se erizo y tembló de felicidad y placer —. Y no me arrepiento de nada de los que no ha pasado, de nada en lo absoluto que he vivido contigo.

»Sin embargo los dos sabemos que esto no durará eternamente.

—No tiene porqué acabar lo que tenemos —La tensión fue aumentando en el cuerpo de él, sentía sus hombros duros, la mano de él entre las de ella era lo único que le estaba dando la fuerza suficiente para seguir sentado mirándola despedir todo lo que tenían —. Yo te amo Edna y yo sé que tú amas, ¿Qué más podríamos desear?



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En el texto hay: secuestro, escapes, amor pasion

Editado: 16.04.2024

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