El Secuestro de Ivette

Capítulo 13.

El sudor resbalaba por su frente, se filtraba por la barbilla y se quedaba colgado unos segundos antes de caer directamente al suelo mugriento. Ya había pasado una semana y aún no sabía donde estaba ni que iba a pasar con su vida. Ivette levanto la cabeza, al menos lo intento para poder mirar sobre su hombro; los grilletes parecían ceñirse cada vez un poco más sobre sus muñecas y los brazos estaban acalambrados, sin fuerzas y muy adoloridos. El pelo , su largo y hermoso pelo, estaba en trozos, parecía recortado por un niño.

Por dentro estaba nula, no percibía ninguna emoción  o sentimiento. Presentía que estaba en un problema, uno muy grande y no tenía ni idea de como había caído allí.

—Vamos que tu puedes hermosa —susurro para si misma.

Con los pies apenas tocaba el suelo, presiono los dedos e intento varias veces ponerse de puntillas y que le llegará algo de sangre de sus brazos, el miedo a perder los brazos por una mala circulación le estaba dando la fuerza suficiente para empujar con toda sus fuerzas hacía arriba. Un grito silencioso murió en su garganta. La sangre volvía a correr por sus venas hasta sus brazos  cada nervio revivió, respiro, circulo de nuevo sobre si y con ellos vino el dolor. Fue un dolor intenso, casi sobre humano, espeluznante si le tocaba ponerle alguna termino.

Sin querer se permitió llorar, se lo merecía, ella sabia que se lo merecía. Una semana en cautiverio y el tiempo parecía infinito; se había dormida con el corazón roto por la confirmación de la muerte de Edna y ella que juraba que ya nada podía empeorar. Las cosas siempre podían empeorar.

Lo ultimo que recordaba era quedarse dormida en los brazos de Alessio,  no despertó en toda la noche y al parecer en todo el día. Su cuerpo estaba tan agotado emocional y psíquicamente que no sintió cuando invadieron su espacio, despertó y ya era muy tarde. Estaba amarrada de manos y  pies, en la cabeza no llevaba nada. No les importaba en lo más mínimo que mirará, tenían asegurado que  no  vería nada y no pudo hacerlo. Su mente estaba confusa y la vista borrosa. No estaba muy segura que paso luego, seguro se había desmayado.

Gimió, aguanto unos minutos con los brazos arriba, los pies en puntilla y la respiración lenta y constante. Necesitaba toda su concentración y fuerza, necesitaba una fuerza del mismísimo cielo. 

—Edna —gimió —, prometiste ser mi ángel guardián. Prometiste cuidarme y darme fuerza. Dámela ahora, cuídame ahora.

Se deslizo suave en sus dedos cansados, los brazos volvieron a colgar de las muñecas y el dolor también volvió. Evitaba pensar más de lo necesario, cerro los ojos con fuerza y empezó a recordar cosas que en otro tiempo le parecieron inútiles. 

A los veinte años sus padres le habían obligado a ir con ellos al Tíbet, dónde se pasaba de un calor seco y asfixiante a un abrumador frío. La temperatura bajaba tanto que en más de una ocasión casi se congela, la habían dejado en Shigatse¹; Una ciudad con 703 000 habitantes y ninguno que ella conociera, la dejaron tirada en un lugar desconocido y a la gracia y favor de una señora llamada Manjari. Fue cruel, siniestra y sincera. Le mostro lo que hace una sinceridad sin intención de herir. Mientras se hipotensaba en un diez de enero a las cinco de la mañana, le hizo levantar la cabeza y mirarle.

—El dolor es muy útil aun cuando no tienes fuerzas.  Te alimenta el corazón y estimula tu mente con pura adrenalina, ¿y sabes por qué? —Las rodillas de Ivette habían tocado el suelo, seguía manteniendo el tronco sobre sus hombros —. Las emociones  menguan y nos desgastan, todas menos el odio, esa nos da fuerza, nos da un propósito y a veces nos otorga hasta una vida.

Un año, fue solo un año y se descubrió a si misma siendo fuerte, pasando frío, dolor, hambre, todas las penurias que bien pudo pasar, las paso. También se había hecho más fuerte y sin querer se preparo para aquello.

 ¿Dónde estaba su odio?                             

¿Dónde estaba su fuerza?

—Búscala Ivette, búscala —Sus ojos se volvieron borrosos y recordó todas aquellas cosas que habían pasado desde su nacimiento.

Recordó la perdida de sus abuelos a los diez, los quistes  de ovarios que aparecieron a los trece y a los quince le tuvieron que extirpar el útero quitándole la posibilidad de ser madre alguna vez, a los veinte la habían obligado a participar en cada boda, fiesta o excursión con el único motivo de casarla , finalmente a los veinte y cinco había sido vendida, había muerto su única amiga y estaba secuestrada. 

Pidió perdón en voz baja, después de ese segundo nunca sería igual. Posiblemente nunca más volvería a reír y a ser completamente feliz.

Todo su cuerpo estaba en una especie de trance, mantenía todo su peso en las puntas de los pies, de vez en cuando se apoyaba en ellos y permitía que sus brazos dolieran  y volvieran a circularle bien la sangre. Grandes lluvias de dolor resbalaban por sus mejillas y se escurrían por su barbilla. Estaba cansada, adolorida y desorientada. No había una ventana y una buena parte del tiempo, le parecía que le faltaba el aíre.

Una puerta en alguna parte se abrió, lo supo por el haz de luz que entro y se desvaneció pronto, pasos se escucharon muy lentos hasta llegar hasta ella. Ivette acompaso su respiración  todo lo lenta que pudo, la tensión de su cuerpo desapareció , cerro los ojos y dejo la cabeza gacha. Su corazón latía salvajemente por unos segundos antes de poder controlarlo.

—¿Quién lo diría? —Dudaba haber escuchado esa voz antes, extendió su mano de señor mayor y la paso por el pelo tranquilado de ella hasta su oreja y agarrarla con brusquedad —Despierte perdere²  Ivette, que la hora de su muerte a llegado.

—Hágalo pronto, entonces —Ivette levanto sus ojos y lo miro directos a los de él —porqué le aseguro que no le tengo miedo a la muerte ni a usted.
 



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En el texto hay: secuestro, escapes, amor pasion

Editado: 16.04.2024

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