El Secuestro de Ivette

Capítulo 14.

Una mentira bien planificada podía obrar más que mil verdades. La planificación, la ejecución y el eventual resultado, obraban milagros mientras seguimos ignorando el futuro. Se fue convirtiendo en su propia cura, con poder de santa entre humanos;  escalando peñaldo por peñaldo hasta logralo con sangre, sudor y dolor, mucho dolor y mucha sangre. Una manifestación inequívoca de que la suerte no existía, la coincidecia se buscaba hasta el limite de que todo saliera justo como fue planeado.

Estaba sentada en un escritorio girando sobre la silla con ruedas y un boligrado azul en la mano derecha que también lo mantenía girando. Lo movía entre todos sus dedos, de sus labios salían melodías de una canción muy conocida por ella. Las piernas las llevaba envueltas en un pantalón de cuero y botas negras, estaban extendida sobre el escritorio, a centrimetros de su piernas se encontraba uno de sus mayores trofeos, una Walther P99, que fue diseñada especialmente para ella.

Bañada en plata por el mango y el gatillo hecho en oro yla boquilla envuelta en arsénico. Inicialmente había sido su regalo de boda , en la actualidad era el instrumento de todos sus propósitos. Tenía tanto odio por dentro que quería, no, necesitaba que todos los demás también sintieran lo mismo que ella, al menos algo parecido. Cada victima merecía morir, una muerte dolorosa y ruin como su existencia.

La puerta se abrió de par en par.

—Hola querido —Su voz tenía un toque sensual y carismático.

—¿Que haces aquí, Ivette? 

—Vine a matarte.

No le dio tiempo a reaccionar, tomo su arma y le disparo dos veces. El primer disparó atravesó su estómago, perforando sus intentos y saliendo por la espalda, destrozando su columna vertebral; el segundo, impacto en su pulmón derecho.

El cuerpo de un metro setenta quedo tendido en el suelo de aquella pequeña oficina, el arsénico se libero por sus pulmones. La muerte estaba empezando a visitarlo, pero lo hacía muy despacio. Mientras agonizaba escuchaba los pasos de ella acercándosele.

—¿Quieres saber por qué no uso silenciador? —Ivette se agacho junto a él, quitó un pelo de su rostro —porqué las escorias como tú merecen morir por todo lo alto, tan alto como mal hayan hecho. Seguro que ahora mismo el arsénico te esta ardiendo por dentro, esta haciendo de tu muerte  una experiencia como para recordar, claro eso si pudieras.

No recibió respuestas, dio el ultimo suspiro y murió. La venganza se le estaba haciendo eterna y era posible que nunca encontrará un final, tampoco podía olvidar su dolor y perdida. Limpio sus huellas del lugar y se marcho.

Camino hasta su Renault Twizy se subio al coche y salio sin prisas de allí. La sangre corría por sus venas de forma suave y fría, nunca se podía acostumbrar a matar, sin embargo podía causar daño y dolor y ambas le gustaban. Extendio un pequeño botón del reporductor, se escucho un click antes de que empezara a sonar Prometo de Pablo Alborán.

Recorrió una vez el lugar donde había asesinado y luego siguió con su camino. Siempre se aseguraba de que alguien encontrará el cuerpo antes de marcharse porque creía que aún el peor de los animales inmundo merecían que alguien los encontrará, al menos a sus cuerpos sin vida. Desde el principio se había diseñado patrones para no perderse en la oscuridad, que está no la absorbiera ni la neutralizará cuando necesitará ser precisa y contundente.

Entre matar y morir ella tenía muy claro lo que tenía que hacer y cómo hacerlo, no fallaba y rara vez se permitía dudar de su capacidad de hacer y de mentir.

De pronto en su mente se volvió a encontrar frente a esa gran puerta de color verdoso, su cuerpo temblaba de puro frío y la fina capa de ropa que llevaba no tenían ningún efecto. En su mano derecha tenía de arma un hueso afilado , era como estar en una cárcel, pero sin haber cometido delito,  empuñó el objeto y empujó la puerta, vio al encargado que ellos solían llamar "La bestia", intento controlar el temblor de todo su cuerpo por el frío y se detuvo en la puerta. Lo vio mirarla y sintió su menosprecio a distancia, sus dedos siguieron empuñandose en lo que llevaba en la mano. Ya estaba cansada de dolor, de humillación, de engaños y ultrajes a sus simples derechos humanos. Se merecía mucho más que aquello.

Espero tener a La Bestia más cerca y cuando menos se lo esperaba lo clavo en su cuello, lo dejo tirado y cerró la puerta mientras se ahogaba en su propia sangre. Se merecía lo que le había pasado, pero habían tardado dos días en descubrir el cuerpo. Ya estaba putrefacto y mal oliente, tal ves esa fue la primera y la única cosa que había lamentado de todas las muertes hasta ese entonces.






 

El sonido del látigo corto el aire y luego impacto con su espalda, un latigazo tras otro caía sobre ella. Se encontraba de rodillas con las manos atadas en cruz, era como si la estuviera en sacrificando.

Sollozó con cada traumatismo y aún así no se arrepentía de lo que había hecho, seguía sin saber porque estaba ahí, pero eso no parecía un secuestros. No había ningún indicio de que la devolverían y sus esperanzas de que eso pasará se esfumaron con el último latigazo. Su cuerpo ciego de dolor no aguanto más y mando su sistema nervioso a una crisis y se desmayó.
 

Las luces parpadeaban continuamente, cada tres minutos parpadeaban cinco veces. Había contado cada una de ellas, las repasaba en su mente y cada vez que sentía que algo se le escapaba volvía a empezar. El llavín de su habitacion se giró con un suave sonido y dejó pasar a un señor mayor, tenía alrededor de setenta años, sus pelos seguían muy negros y aunque de baja estatura la peligrosidad que exudaba su cuerpo lo hacía parecer más grande.

—¿Cómo estás? —pregunto acercándose a la cama y sentándose en la silla de al lado.

No hubo respuestas, Dominic se negaba a hablar, no lo hacía con nadie. Excepto cuando tenía pesadillas y en esos casos solo gritaba sin poder moverse de la cama.



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En el texto hay: secuestro, escapes, amor pasion

Editado: 16.04.2024

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