El Sello del Renacer

Capítulo 2: El eco de los viajes

La mañana irrumpió de golpe. Andrew ya deambulaba por la habitación cuando el primer rayo se coló por las rendijas de las cortinas. Se detuvo, pero no sintió calor. El escalofrío en el pecho no se iba.

—¡Andrew, ya basta! ¡Nos vamos! —gritó Heather.

Se puso el jersey, metió la tableta y el álbum en la mochila. Por un segundo se quedó mirando el pequeño paquete navideño. Dudó, pero al final lo guardó dentro. Ositos de gominola con sabor a lima. El año pasado Verónica los probó y los escupió al instante. Andrew se había enfadado entonces. Ahora, sin embargo, los metió igual.

La mirada cayó sobre el dibujo de ayer. En la hoja seguía el elfo. Demasiado perfecto.

—¡Nos vamos! —gritó su padre.

Andrew se echó la mochila al hombro y bajó arrastrando los pies.

El coche avanzaba por la carretera serpenteante entre colinas blancas. Por las ventanillas pasaban casas envueltas en guirnaldas, árboles de Navidad iluminados en las ventanas. Andrew se pegó al cristal. La fiesta del exterior se deslizaba como una mancha borrosa. Quiso apartar la vista, pero de pronto algo brilló a lo lejos: una línea de agua congelada.

—Papá, ¿podemos parar?

Logan asintió y giró el volante. El coche frenó junto a un viejo sendero. La nieve allí era más espesa, y el viento arrastraba agujas finas sobre el hielo.

—Solo un momento —dijo su padre.

Andrew abrió la puerta de golpe. El frío le abofeteó la cara.

—No contéis conmigo para salir —dijo Heather sin abrir los ojos.

El lago se extendía más allá del borde de los abetos. Pequeñas grietas recorrían su superficie. Todo estaba en silencio. Hasta los reflejos.

Andrew sacó el álbum. El mundo se redujo a la hoja.

Logan salió a estirar las piernas.

—Papá —Andrew levantó la vista del dibujo—. El abuelo decía que estos bosques son especiales. ¿Es verdad?

Logan sonrió y se acercó.

—Escocia sabe sorprender.

El aire se comprimió de repente. El hielo gimió. Una ráfaga golpeó el hombro de Andrew y el mundo se onduló. Cuando volvió a enfocar la vista entre la turbulencia, ante él se alzaba un roble. En la corteza asomaba un dibujo: no tallado, sino brotando desde dentro. Dos líneas alzadas hacia arriba.

Andrew extendió la mano. Los dedos siguieron los contornos. En ese instante el punto bajo las costillas respondió con calor.

—¡Andrew!

La voz de su padre sonó aguda, asustada. Logan bajó corriendo la pendiente, pisoteando nieve.

—¿Estás bien?

Andrew se volvió despacio, como regresando de otro lugar.

—Papá… ¿lo viste?

—¿Qué?

—El signo. En el árbol.

Logan miró el roble.

—Yo… —titubeó—. No hay nada.

Por primera vez en su vida Andrew vio en los ojos de su padre una verdadera confusión.

—¿Papá?

Logan se estremeció.

—Tenemos que irnos —dijo con esfuerzo.

Andrew asintió. Dentro de él todo se retorció.

Cuando llegaron al coche, Heather ya esperaba con la puerta abierta.

—Qué viento… Hace tiempo que no veía uno así. ¿Estáis bien?

Logan se quitó los guantes.

—Solo ventisca.

Heather lo miró largo rato, pero no dijo nada.

El coche arrancó, dejando atrás un rastro centelleante sobre el hielo. El zumbido monótono del motor adormecía. Andrew miró por la ventana y recordó: el desván del tío Víctor, los códigos que inventaban con Verónica en el viejo baúl, su susurro. Se sorprendió deseando contarle a ella lo del signo en el árbol. Oír cómo entrecerraba los ojos, soltaba algo sarcástico y luego preguntaba de verdad:

«¿Y qué pasó después?».

—Mira. Calton Hill.

Andrew levantó la cabeza. Entre las columnas algo se oscurecía. Entrecerró los ojos. Una figura alta con capa oscura. La última luz se aferraba a sus contornos y se apagaba.

Andrew pegó la frente al cristal. La figura se deshizo. En su lugar quedó un remolino de nieve cenicienta. El punto bajo las costillas dio un tirón.

Y entonces llegó el aullido.

Grave. Prolongado. Rebotaba contra las columnas de piedra y resonaba en los huesos.

—Papá, ¿lo has oído?

—¿El qué? —Logan miró por el retrovisor.

—El aullido.

Heather se volvió.

—Andrew, basta.

—Estaba aquí —insistió él.

Su madre se calló de golpe. Logan apretó el volante con más fuerza. No volvieron a tocar el tema.

El crepúsculo se espesaba. Bajo los faros brillaba el empedrado mojado. La niebla se arrastraba por las calles. Cuando el coche giró, las farolas se apagaron todas a la vez.

Heather soltó un grito ahogado. Logan murmuró algo sobre el cableado viejo.

El silencio regresó.

Denso.

Compacto.

Tan pesado que tapaba los oídos.




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