El viejo caserón se hundía en la nieve, sepultado por su propio pasado. Las torrecillas, ennegrecidas por el tiempo, se alzaban con desgana sobre el tejado. El viento silbaba entre las grietas de las piedras —solo e implacable—. Todo allí parecía detenido y, al mismo tiempo, alerta, extrañamente vivo.
El coche se detuvo.
—Mira, ya te están esperando —dijo Heather.
En el porche, iluminado por una guirnalda que parpadeaba, estaba Veronica. El cabello castaño se le escapaba del capuchón y caía en mechones ligeros sobre los hombros. Las mejillas, sonrosadas por el frío. El móvil en la mano, deslizando la pantalla de forma mecánica. La chaqueta azul oscuro, cerrada hasta arriba, le daba un aire más adulto, más contenido.
—Hola —dijo Veronica, sin levantar la vista del móvil.
—Hola —respondió Andrew.
Ella se acercó y le giró la pantalla.
—Mira, he encontrado una app nueva: adivina la personalidad por foto. ¿Quieres que te la haga?
Andrew intentó sonreír, pero la cabeza se le movió sola.
—No… no quiero.
—¿Temes que te etiquete como “místico de tercer nivel”? —esbozó una sonrisa fugaz.
La voz sonaba ligera, pero los ojos se deslizaban sin posarse en él. Estaba allí solo a medias.
Nada ha cambiado, pensó Andrew. La misma Veronica: rápida, inalcanzable. Solo que ahora estaba lejos incluso cuando la tenía al lado.
Inspiró, dispuesto a contarle lo de la noche anterior, pero Veronica ya había alzado un dedo.
—Espera… —se inclinó hacia la pantalla—. Empieza el directo, no quiero perderme la intro.
Mientras los padres descargaban el equipaje, Veronica, murmurando algo para sí, se perdió en el interior de la casa. Andrew se quedó plantado en la nieve. La puerta aún no se había cerrado del todo cuando aparecieron en el umbral el tío Victor y la tía Mary.
—¡Aquí están nuestros viajeros! —exclamó Victor, abriendo los brazos—. ¿Buen viaje?
Era alto, enjuto, de rasgos angulosos y una mirada a la que pocas cosas se le escapaban. Incluso con un jersey grueso y el pelo peinado hacia atrás, desprendía una precisión seca, como de quien está acostumbrado a tenerlo todo bajo control.
Andrew sonrió apenas.
—No del todo. Pero vi un signo en un árbol.
—¿Un signo? —repitió Mary, mientras sus dedos arreglaban automáticamente un botón del puño del abrigo.
—Sí. Parecía un par de alas alzadas —precisó Andrew.
Esbelta, de postura impecable, Mary rara vez se perdía en las conversaciones. Pero ahora su rostro palideció un instante.
Victor se quedó un segundo ausente, mirando a través de Andrew hacia algún punto lejano en el tiempo. Parpadeó, ahuyentando la visión, y guardó silencio.
—¿No estarás enfermo? —cambió Mary de tono al acercarse—. Tienes las mejillas pálidas… y los ojos también. No me gusta nada esto —le tocó la frente.
Andrew quiso decir algo, pero su tía ya se había girado hacia el porche y dio una palmada.
—Venga, todos dentro. ¡Antes de que nos congele el viento!
Entraron en la casa. Andrew fue el primero, cerrando la cremallera de la mochila. A su espalda le llegó un fragmento de frase:
—Dos alas… —dijo Victor en voz baja.
No oyó respuesta. En cambio, vio el rostro inusualmente sombrío de su padre.
En el recibidor flotaba una mezcla de pino quemado y cuero añejo. El calor golpeó la cara tras el frío exterior, y traía consigo no el simple calor del hogar, sino la memoria de muchos inviernos.
El suelo no crujía: amplias tablas de roble, pulidas por generaciones, sostenían los pasos con firmeza y silencio. A lo largo de las paredes se alzaban armarios altos, cargados de libros de lomos gastados.
Sobre la chimenea colgaba un escudo: un lince con la pata alzada, apoyado en una raíz entrelazada —el antiguo emblema de los Cameron, nacido cuando sus antepasados vivían más cerca de los bosques que de las ciudades.
Cada Navidad la familia se reunía allí. De niños, Veronica y él pasaban horas junto al fuego, escuchando las historias enigmáticas del abuelo. Entonces el escudo era solo un adorno, pero ahora en sus líneas resonaba algo familiar, para lo que aún no tenía palabras.
Andrew se dejó caer en un sillón, observando cómo las llamas lamían los troncos. Vio a Veronica deslizarse sin ruido fuera del salón. Los destellos de la pantalla del móvil aún parpadearon en el pasillo antes de extinguirse.
El calor del fuego le trajo el recuerdo del desván bañado en luz, el olor de las revistas viejas y su risa clara.
—¡Llamémoslo Tragachispas! —decía ella entonces, mirando su dibujo de un dragón que escupía fuego.
La risa resonó en su memoria, sincera y ya lejana, como un eco de otra casa.
La luz del móvil volvió a cortar la rendija de la puerta. Un par de minutos después, Veronica regresó al salón, todavía pendiente de la pantalla, pero ahora había en su paso una ligereza que hacía tiempo no se veía. Se detuvo junto al sillón y anunció:
—¡Hoy montamos unos auténticos juegos escoceses! Ya he pensado una prueba y un hashtag.
La chispa en su voz, aquella que Andrew tanto echaba de menos, prendió y le abrasó por dentro. Todo a su alrededor pareció cobrar vida de golpe.
—¿Vamos a salir fuera? —preguntó Victor.
—¡Claro! —Veronica preparó el móvil para grabar—. Lo tengo todo: arena de nieve, dos troncos para el tossing the caber, colgamos la guirnalda por el perímetro… ¡quedará como un escenario!
Se volvió hacia Logan.
—Tío, necesitas un kilt, por favor. A los seguidores les va a encantar.
Mary rió al sacar del perchero una vieja chalina de cuadros. Victor entrecerró los ojos, dispuesto a meterse en el papel. Incluso Heather, ajustándose la manga con escepticismo, aceptó “dar un par de lanzamientos por los niños”.
Veronica se movía por el patio con el móvil en alto: ajustaba ángulos, daba órdenes, cazaba la luz. En sus ojos bailaba aquel fuego que siempre animaba la casa, aunque no a todos.