Andrew se quedó a solas con el mapa. El resplandor inesperado ya se había desvanecido, dejando en el papel antiguo apenas un rastro pálido.
Voy a demostrarlo… le latía en las sienes.
Las palabras de Verónica, su risita, las miradas de los adultos: todo se había fundido en un nudo asfixiante. Ya no sentía rabia, solo vacío. No creían en él, así que les llevaría una prueba imposible de ignorar.
No lo pensó dos veces. Casi sin hacer ruido, se puso los vaqueros más gruesos, dos sudaderas y su vieja parka con capucha. En la mochila metió una linterna, el álbum y un lápiz sencillo, por si podía dibujar algo.
Solo quedaba una cosa. En una hoja arrancada del cuaderno garabateó unas palabras:
Fui a buscar el signo en el árbol. NO ME LO INVENTO.
No firmó. Ya lo entenderían. Dejó la nota sobre la almohada, donde seguro la verían, y se quedó quieto junto a la puerta, escuchando. La casa dormía. O fingía dormir. Le daba igual.
Cada crujido de la escalera sonaba más fuerte que su propia respiración. Se detenía tras cada paso, esperando que se encendiera una luz y oyera la voz de su padre… Pero la mansión callaba.
El cerrojo de la puerta principal cedió con un chasquido pesado. Andrew salió al porche y respiró el aire helado. La nieve había parado y sobre las colinas colgaba un cielo bajo, de tinta, sin estrellas. No miró atrás. Avanzó hacia el lugar donde todo se decidiría.
Pasó casi una hora.
En la habitación de Verónica, la pantalla del móvil se había apagado hacía rato, pero el sueño no llegaba. Daba vueltas en la cama, intentando ahuyentar la imagen no deseada: el rostro herido de Andrew en la penumbra del salón. Sus propias palabras —«soñador en las nubes»— resonaban en su cabeza con una insistencia punzante y desagradable. No había querido herirlo.
Bueno… por la mañana me disculparé, pensó.
El estómago le rugió. Verónica apartó la manta. Cola con lima: su ritual nocturno cuando todo salía mal. Una tontería, pero ahora le valdría. Salió con cuidado de la habitación, teléfono en mano.
El pasillo del segundo piso dormía bajo el peso de la noche. La luz de la luna, desde la ventana de la escalera, apenas recortaba la barandilla y el borde de la alfombra. Al pasar por la habitación de sus padres aminoró el paso y escuchó: ni un ruido.
Ya había dejado atrás la puerta de Andrew cuando se detuvo. Estaba entreabierta. Él nunca dejaba rendijas; le aterrorizaban las corrientes.
Seguro que se le olvidó, se dijo, pero una ansiedad fina como una aguja ya le había rozado la piel.
Verónica tocó con cuidado el pomo.
—Eh, soñador —susurró con su habitual sorna—. Vas a resfriarte. Cierra.
No hubo respuesta.
Frunció el ceño. Entró, encendiendo la linterna del móvil. El haz iluminó la cama arrugada y vacía. En el suelo yacía una hoja arrancada del álbum, llena de garabatos. Y sobre la almohada, otra, doblada con cuidado.
Una oleada caliente le subió a las sienes, cortándole la respiración. Verónica se acercó despacio y tomó la nota.
—Fui a buscar el signo en el árbol —leyó en voz alta.
Los dedos se le abrieron solos. El móvil cayó al suelo y se apagó. La frase NO ME LO INVENTO ardía ante sus ojos. El frío que la atravesó no tenía nada que ver con la helada nocturna: era una punzada helada de culpa.
—Idiota… —susurró.
Verónica salió disparada de la habitación, olvidando el hambre y la sed. Los pensamientos iban a la zaga. Los pies la llevaban solos. La puerta del dormitorio de sus padres se abrió de un empujón. Mary se incorporó casi al instante, con el corazón acelerado por el sobresalto.
—Cariño, ¿qué pasa? —preguntó con voz ronca de sueño.
Víctor murmuró algo molesto y se tapó la cabeza con la manta.
—¡Se ha ido! —gritó Verónica—. ¡Andrew!..
Le tendió la nota.
Mary la tomó y encendió la lámpara de la mesilla. Mientras leía, el color abandonó su rostro. Al oír el nombre de Andrew, Víctor apartó la manta de golpe.
—¿Adónde ha ido? —preguntó, poniéndose los pantalones sobre la marcha.
—No lo sé… —la voz de Verónica se quebraba.
El ruido despertó a Logan y Heather. En un minuto ya estaban en el pasillo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Logan.
Mary le pasó la nota.
A Heather se le helaron los dedos. El rostro de Logan se convirtió en una máscara de puro terror. En sus ojos brilló el mismo miedo que junto al lago. No gritó; solo miró por la ventana oscura, donde se extendía el bosque inmóvil.
—Todo esto… no acabará bien… —murmuró Logan, casi sin mover los labios.
—Logan, ahora no —dijo Heather con firmeza—. Tenemos que encontrarlo.
—Nos vestimos —ordenó Víctor—. Las linternas están en el trastero.
La casa, que acababa de dormir, estalló en una actividad febril. Armarios que chirriaban, puertas que golpeaban.
Víctor volvió con cuatro linternas potentes. Logan ya se ataba las botas pesadas.
—Voy con vosotros —dijo Verónica.
—Ni hablar —la cortó Víctor. Le pasó una linterna a Logan—. Tú te quedas aquí. En cuanto aparezca, llamas inmediatamente.
Verónica abrió la boca para protestar, pero el peso del silencio de su padre fue más fuerte que las palabras. Asintió sin decir nada.
Cuatro figuras se disolvieron en la oscuridad nocturna. Chasqueó el cerrojo. Los pasos sobre la nieve se apagaron enseguida. Verónica se quedó sola.
Estaba en medio del enorme salón mudo. El silencio, roto solo por el tictac de los viejos relojes, le presionaba los oídos. Se acercó a la ventana y apoyó la frente en el cristal frío, mirando hacia donde se habían perdido los haces de las linternas.
Hay que ser idiota para irse de noche al bosque, pensó.
Verónica se enfadaba con todos: con Andrew por su estupidez, con los adultos por dejarla sola, y sobre todo consigo misma.
Se apartó de la ventana y se dejó caer pesadamente en el sillón junto a la chimenea apagada. La casa parecía ajena y gigantesca. Cada crujido de tabla arriba la hacía sobresaltarse. Se abrazó a sí misma, intentando detener el temblor. La culpa y el miedo la envolvían en una coraza helada que le oprimía la respiración.