Una presión en las sienes sacó a Andrew del sueño. Abajo, en algún lugar, tintineó la vajilla: empezaba un nuevo día. Y, en el mismo instante, volvió la noche: el bosque, el aire helado, los haces de las linternas, los adultos levantándolo de la nieve. Lo habían traído a casa, lo habían envuelto en mantas y no habían alzado la voz ni una sola vez. Aquel silencio había pesado más que todo lo demás.
Andrew se incorporó en la cama y se pasó la mano por la cara. La palma estaba pegajosa de sudor. El aullido en la cabeza no se le iba. La figura en la colina, el símbolo del árbol, el ave del dibujo: todo explotaba en la memoria como fragmentos de un sueño que se resiste a borrarse. Alargó la mano hacia el cuaderno y agarró el lápiz. Tenía que dibujar, aunque solo fuera para sí mismo, para convencerse de que no estaba perdiendo la razón.
La luz se filtraba apenas por las cortinas, fría y gris. El grafito rozó el papel. Primero, la curva del ala, tal como la recordaba; luego, los ojos… y después, el vacío. Todo se deshizo, dejando solo una maraña sucia de líneas.
Arrugó la hoja y, con la mano temblorosa, la tiró al suelo. La bola de papel rodó por el parqué de roble hasta detenerse en un rincón. Durante unos segundos, Andrew se quedó con los ojos cerrados, aferrado al lápiz.
—¿Por qué no me sale nada…? —se le escapó en un susurro.
Inspiró hondo y se puso en pie.
—Ya lo verán…
Salió de la habitación.
El pasillo del segundo piso estaba sumido en la penumbra matinal. Andrew se detuvo ante la puerta de Veronica. Al otro lado se sentía una presencia densa, como si la habitación contuviera la respiración. Se quedó quieto, escuchando. El aire aún guardaba el olor a agujas de abeto que no habían terminado de caer de la rama navideña.
Ella tiene que creerme.
Se pasó la mano por la frente. Por dentro todo bullía: las ganas de contarlo y el miedo a que respondiera con una burla. Llamó a la puerta de roble. No contestaron. Llamó otra vez. Al otro lado se oyeron pasos lentos.
Veronica entreabrió la puerta, entornando los ojos por la luz. El pelo se le escapaba en todas direcciones, y en la mejilla llevaba marcada la huella de la almohada.
—¿Qué pasa tan temprano…? —bostezó, frotándose los ojos.
—Escucha, necesito… —empezó Andrew.
—¿Sigues con lo mismo…? —dijo ella, arrastrando las palabras—. ¿No te bastó con lo de ayer?
Alargó la mano hacia la manilla, pero Andrew dio un paso adelante.
—Intenta entenderlo…
—Luego, Andrew.
La puerta se cerró de golpe. Se dio la vuelta sin decir nada y bajó la escalera, tratando de no oír el clic seco de la cerradura.
Desde la cocina llegaba el olor a huevos fritos y tortitas de patata. Las voces de Heather y Mary se entretejían en una charla tranquila, salpicada de risas de vez en cuando. Andrew ralentizó el paso, intentando pasar desapercibido, pero Heather se volvió.
—¿Todo bien, cariño? ¿Has dormido algo? —preguntó.
Andrew se encogió de hombros, sin saber qué decir. Heather iba a añadir algo, pero sonó el teléfono. Miró la pantalla y murmuró:
—El desayuno está en la mesa, ahora vuelvo —y salió al recibidor.
Mary apartó la tetera del fuego y le sirvió una taza.
—Nos diste un buen susto —dijo, acercándole unas galletas—. No vuelvas a hacer algo así, ¿vale?
Andrew bajó la mirada, viendo cómo una mancha de la cuchara se extendía sobre la mesa.
—¿Puedo contarte algo? Pero no te rías.
Mary ladeó ligeramente la cabeza y se sentó a su lado.
—No me río de las cosas importantes —respondió con suavidad.
—Cuando estaba en casa, el dibujo cambió solo —Andrew apretó la taza—. Y luego, en el bosque, vi… ese signo, en el árbol.
Mary no lo interrumpió; lo miraba con atención, sin juzgar.
Veronica ya estaba sentada enfrente, observando en silencio. Desde el salón llegaban las voces del padre y del tío. El desayuno iba reuniendo poco a poco a la familia.
—¿Ah, sí? —dijo Mary tras una pausa—. ¿Y tú qué piensas de todo eso?
Andrew dudó, ordenando las palabras.
—A veces… algunas cosas no se explican con palabras —Mary buscó la expresión adecuada—. Tal vez percibas algo que los demás ya hemos olvidado.
Él esbozó una sonrisa débil.
—Es que siento que soy el único que lo nota.
—Si tú lo has visto, es importante —dijo Mary—, aunque los demás todavía no lo entiendan.
No hizo más preguntas. Solo le apretó la mano con suavidad y se levantó.
Victor y Logan entraron en la cocina. Ninguno de los dos traía buena cara.
—Bueno, héroe —soltó Victor, apoyando la mano en el respaldo de la silla—. ¿Nos cuentas qué se te pasó ayer por la cabeza?
—Victor —lo cortó Mary con brusquedad.
Él quiso replicar, pero se calló.
—Luego —añadió ella, ya más calmada—. Ahora tiene que comer.
Logan se mantenía un poco aparte, con la palma apoyada en el borde de la mesa. Las arrugas de la frente se le habían marcado más. Miraba a su hijo en silencio, conteniéndose. En el suelo apareció una franja fina de luz: la mañana recuperaba su ritmo habitual.
El desayuno tocaba a su fin. Veronica pasaba el dedo por la pantalla del móvil sin darse cuenta de que llevaba rato mirando la misma línea. Andrew masticaba sin saborear nada.
Mary recogió las servilletas, captando los rostros tensos de los niños.
—¿Por qué no subís al desván? —propuso—. Ya va siendo hora de bajar las cajas de los adornos. A lo mejor aún queda algo de cuando vuestro abuelo desfilaba en kilt.
Victor y Logan se miraron; Heather sonrió levemente. Andrew se tensó: el desván podía ser su última oportunidad de ganarse su confianza. Miró a Veronica, pero ella se limitó a encogerse de hombros.
—Vale —dijo arrastrando la palabra, dirigiéndose a la escalera—. Veamos qué reliquias del pasado hay ahí arriba.
En el desván reinaba la penumbra. A través de una ventana cubierta de telarañas se colaba un rayo apagado, disolviéndose en el polvo suspendido. La luz resbalaba por la tapa de un viejo arcón, trazando una frontera fina sobre su superficie opaca.