El Sello del Renacer

Capítulo 5: Las grietas de la realidad

Una presión en las sienes arrancó a Andrew del sueño. El punto bajo las costillas latía sordo, recordándole su presencia. Abajo tintineó la vajilla: empezaba un nuevo día. En el mismo instante regresó la noche: el bosque, el aire helado, los haces de las linternas, los adultos levantándolo de la nieve. Lo habían traído a casa, envuelto en mantas, y no habían alzado la voz ni una sola vez. Aquel silencio había pesado más que cualquier grito.

Andrew se incorporó en la cama y se pasó una mano por la cara. La palma le quedó pegajosa de sudor. El zumbido en la cabeza no se iba. La figura en la colina, el signo en el árbol, el pájaro del dibujo: todo estallaba en la memoria, roto, sucio, sin pausas. Alargó la mano hacia el álbum y agarró el lápiz. Tenía que dibujar, aunque solo fuera para sí mismo, para que no se deshiciera del todo.

La luz se colaba apenas por las cortinas, fría y gris. El grafito rozó el papel. Primero, la curva del ala, tal como la recordaba; luego, los ojos… y después todo se deshizo.

Arrugó la hoja y, con mano temblorosa, la tiró al suelo. La bola de papel rodó por el parqué de roble hasta chocar contra un rincón. Durante unos segundos Andrew se quedó con los ojos cerrados, aferrado al lápiz.

—¿Por qué no me sale nada…? —se le escapó.

Inspiró hondo y se puso en pie.

—Ya lo veréis…

Salió de la habitación.

El pasillo del segundo piso se hundía en la penumbra matinal. Andrew se detuvo ante la puerta de Verónica. Al otro lado reinaba un silencio denso. La casa contenía la respiración. Se quedó inmóvil, escuchando.

Ella tiene que creerme.

Se pasó la mano por la frente. Dentro todo bullía: la necesidad de contarlo y el miedo a la burla. Llamó a la puerta de roble. No hubo respuesta. Llamó de nuevo. Al otro lado se oyeron pasos lentos.

Verónica entreabrió la puerta, entornando los ojos por la luz. El pelo se le escapaba en todas direcciones; en la mejilla llevaba marcada la huella de la almohada.

—¿Qué pasa tan temprano…? —bostezó, frotándose los ojos.

—Escucha, necesito… —empezó Andrew.

—¿Todavía no te cansas? —dijo ella, arrastrando las palabras—. ¿Ayer no fue suficiente?

Alargó la mano hacia el pomo, pero Andrew dio un paso adelante.

—Intenta entenderlo…

—Luego, Andrew.

La puerta se cerró de golpe. Él se dio la vuelta sin decir nada y bajó la escalera, esforzándose por no oír el clic del cerrojo.

Bajó a la cocina. Olía a huevos fritos y a tortitas de patata. Heather se volvió desde los fogones.

—¿Todo bien, cariño? ¿Has dormido algo?

Él se encogió de hombros. Heather iba a añadir algo, pero sonó el teléfono. Salió al pasillo.

Mary le sirvió té y le acercó unas galletas.

—Nos diste un buen susto —dijo—. No vuelvas a hacer algo así, ¿vale?

Andrew apretó la taza.

—¿Puedo contarte algo?

La tía se sentó a su lado.

—Cuando estaba en casa, el dibujo cambió solo. Y en el bosque vi… el signo en el árbol.

Mary no lo interrumpió.

—Te creo —dijo—. Pero no vayas tú solo a buscarlo.

Le acarició la cabeza y se levantó.

En el salón entraron Víctor y Logan. Verónica ya estaba sentada a la mesa, hundida en el móvil.

—Bueno, héroe —empezó Víctor.

—Luego —lo cortó Mary con suavidad—. Ahora tiene que comer.

Logan callaba. Víctor quiso replicar, pero solo negó con la cabeza.

Heather volvió y se unió a los demás.

El desayuno terminó en silencio.

Mary recogió las servilletas, captando los rostros tensos de los niños.

—¿Por qué no subís al desván? —propuso—. Ya toca sacar las decoraciones. A lo mejor aún queda algo de cuando el abuelo desfilaba en kilt.

Víctor y Logan se miraron. Heather sonrió débilmente.

Verónica se encogió de hombros.

—Vale —dijo, dirigiéndose a la escalera—. Veamos qué reliquias hay ahí arriba.

En el desván reinaba la penumbra. Un rayo apagado se colaba por una ventana cubierta de telarañas y se disolvía en el polvo suspendido. La luz resbalaba por la tapa de un viejo arcón, trazando una línea fina sobre su superficie opaca.

Entre cajas con pegatinas descoloridas y montones de chaquetas viejas, Andrew reconoció su antigua «base secreta»: una casita de cartón con el tejado hundido.

—¿Te acuerdas? —sonrió con tristeza, levantando un cómic gastado.

—Venga, no empieces —replicó Verónica, aunque la mirada se le detuvo un instante en el marco con su dibujo infantil, clavado en la puerta de la casita.

Andrew pasó la mano por una caja de recuerdos. Al lado estaba la «horquilla mágica» de Verónica en forma de estrella y, debajo, una postal desvaída con una frase escrita a mano: «Con amor. Donde todo aún es posible».

—¿Y si ponemos Netflix? —propuso Verónica.

—¿Ahora tampoco te gusta el árbol? —sonrió Andrew.

—No es eso… —se encogió de hombros—. Es que cada año es lo mismo.

—¡Pero si tienes trece, no treinta! —le recordó, pensando en cuánto había cambiado desde su cumpleaños de otoño.

Andrew se acercó al arcón reforzado con bandas de hierro y levantó la tapa. Encima había un kilt doblado; debajo asomaban un sobre amarillento y una fotografía en blanco y negro.

—Mira —dijo—. Parece nuestro abuelo.

Verónica se acercó. En la foto, un joven con kilt llevaba del brazo a una mujer de cabello oscuro. En su cuello brillaba un medallón fino.

—Podría ser —murmuró ella.

Entrecerró los ojos, observando el rostro de la desconocida.

—Es raro… —dijo—. Tiene una mirada viva. Y parece que me reconoce.

Frunció el ceño.

—Creo que ya la he visto antes.

—¿De la familia, quizá?

—Tal vez la abuela… —respondió, más para sí misma—. Pero si es ella, ¿por qué nadie habla de esto?

Sus dedos rozaron la fotografía y la piel se le enfrió al instante. La mirada de la mujer era demasiado intensa. Dejó la foto a toda prisa y ocultó su desconcierto tras la máscara habitual de indiferencia.




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