Aquella noche no hubo descanso. La estatuilla reposaba sobre la mesilla, y Andrew no podía quitarse de encima la sensación de que lo vigilaba incluso en la oscuridad. En la palma aún le ardía el eco de lo que había sentido el día anterior. Iba de la ventana a la cama y volvía una y otra vez, sin encontrar calma. Solo los pasos matutinos al otro lado de la puerta lo sacaron de aquel nudo tenso. Salió al pasillo en seguida.
Heather estaba junto a la mesa, abrazando una taza de té caliente contra el pecho.
—Te has levantado temprano —dijo, tomando un sorbo.
—No he pegado ojo.
—¿Sigues dándole vueltas a ese signo?
Andrew se encogió de hombros.
—No solo a eso… —dudó un instante—. Mamá, las cosas que antes eran normales ahora… no sé, cobran vida de otra manera.
Heather entrecerró los ojos, escrutándole el rostro.
—Eres artista, Andrew. Siempre has visto más que los demás. Tal vez ese sea tu don: mirar el mundo de otra forma.
Andrew suspiró.
—Pero ahora es distinto. Hay algo dentro… como una llamada. Y no puedo hacer nada contra ella.
Ella se acercó y le puso la mano en la muñeca.
—Piénsalo, hijo: desde pequeño notabas antes que nadie cuando alguien estaba triste, enfadado o fingiendo.
Se quedó pensativa un momento.
—¿Y Veronica? ¿Has hablado con ella de esto?
—No quiere ni oírlo. Cree que me lo invento todo. Aunque… —se detuvo—. A veces me parece que ella también siente algo… pero lo disimula.
Heather bajó la vista a la taza.
—Quizá no sea casualidad. Tal vez deberíais intentar entenderlo juntos.
Andrew asintió, apretando en el bolsillo la estatuilla.
—Eso quiero.
La puerta crujió y Logan entró en la cocina. Traía las mejillas coloradas por el frío y diminutos cristales de hielo brillando en las pestañas. Se sacudía la nieve de la chaqueta.
—¿Reunión matinal sin mí? —preguntó con una media sonrisa, mirando alrededor.
—Siempre llegas cuando ya está lo más interesante —respondió Heather, sonriendo—. Pero a veces demasiado tarde.
Le lanzó una mirada rápida a Andrew.
Logan captó el mensaje, asintió y dejó una piedra de afilar sobre la mesa.
—Bueno, si alguien quiere estirar las piernas —se enderezó con gesto exagerado—, está invitado. Hay que arreglar la leñera; la madera se ha mojado.
—Gracias, creo que daré una vuelta —dijo Andrew, poniéndose la chaqueta.
El rostro de Logan se endureció un poco.
—No te alejes mucho —añadió en voz baja.
Andrew miró a su madre con una expresión rara en él, llena de gratitud, y salió al recibidor. Después de aquella charla matinal, algo dentro se había aflojado. No sabía exactamente qué, pero sí una cosa: ya no estaba solo.
Cuando la puerta se cerró, Heather soltó el aire y, mirando a su marido, dijo:
—Creo que tenemos que hablar todos.
Mientras Andrew daba vueltas por el patio, el resto de la casa despertaba despacio. Victor terminaba el desayuno, y Mary, junto a Veronica, guardaba la vajilla limpia en el armario.
—¿No deberías apoyar un poco a Andrew? —preguntó Mary con suavidad.
—¿Otra vez con sus fantasías? —bufó Veronica.
—¿Y si está viendo algo que a nosotros se nos escapa?
Veronica se quedó quieta. En la voz de su madre no había sorpresa, sino una extraña certeza, y por un instante sintió que Mary ocultaba algo.
—Sí, claro… —murmuró, fijando la vista en el plato.
Mary no respondió. Veronica notó de pronto lo torpes que habían sonado sus palabras. Se secó las manos y se dirigió a la puerta.
—Bueno, subo a mi cuarto.
La voz le salió baja, casi indiferente, pero con un matiz extraño: duda, tal vez desconcierto. Subió a su habitación sin poder estarse quieta. La frase de su madre —que Andrew podía ver “lo que se les había escapado”— no la dejaba en paz. Se acercó a la ventana y lo vio vagando por el patio, con aire perdido.
Las nubes se cerraban rápidas en el cielo, y el viento aullaba cada vez más fuerte en las chimeneas.
Andrew rodeaba la casa por tercera vez cuando se agachó a atarse un cordón. De reojo vio movimiento en la ventana de Veronica: ella le hacía señas. La idea ni siquiera tomó forma; ya corría hacia la casa.
—Verás… —Veronica lo recibió en la entrada y se interrumpió—. He soñado algo, cuando tú… bueno… fuiste a por el signo.
Andrew se quitó la chaqueta y se sentó.
—¿Otra vez lo de que te conviertes en el centro del universo?
Ella se mordió el labio, dejando pasar la broma.
—Caminábamos por un bosque envuelto en niebla. Las ramas se movían solas, sin viento, sin ruido, solo nuestros pasos. Y todo el tiempo sentíamos una mirada.
—¿De quién? —Andrew se tensó al instante, pendiente de cada palabra.
Veronica pasó la mano por la mesa sin mirarlo. La máscara de indiferencia se le resquebrajaba, dejando ver algo frágil.
—No lo sé… —susurró—. Lo que más recuerdo es el rostro. El mismo que el de ella… la mujer de la fotografía. Apareció tan de repente que me desperté sin saber dónde estaba.
Algo en su voz lo alertó.
—¿Lo recuerdas bien?
—Era aterradoramente real.
Veronica se quedó mirando los copos tras el cristal.
—No entiendo nada… —murmuró, rascando el vidrio con la uña.
Andrew palpó la estatuilla en el bolsillo. Su superficie cálida lo tranquilizaba de un modo inexplicable. Por primera vez en mucho tiempo, Veronica no se burlaba de él.
—Pensé que quizá mi sueño y lo que tú sientes estén relacionados.
Andrew alzó las cejas, sorprendido. Ni siquiera se había atrevido a esperarlo.
—Entonces no es casualidad —dijo casi sin aliento.
La conversación fluyó del sueño de Veronica a las rarezas de los últimos días. Andrew parecía iluminarse por dentro: por fin, contra todo pronóstico, podían hablar de igual a igual. Sacó del bolsillo un paquete arrugado de ositos de goma y le ofreció uno.
—¿Te estás quedando conmigo? —resopló ella—. ¡Eso es puro ácido!