El Sello del Renacer

Capítulo 8: Nudos del destino

La oscuridad envolvió la casa, tragándose hasta el aliento de las paredes. Victor yacía mirando el techo: el sueño no llegaba. Ante los ojos se le aparecía una y otra vez el rostro de su padre. Procurando no despertar a Mary, se levantó con cuidado. Una corriente fría le rozó la piel desde el pasillo, pero apenas lo notó. Se puso el batín y salió sin hacer ruido.

La cocina lo recibió con una penumbra mortecina. El frío subía del suelo y se le metía en los pies a través de las suelas finas de las zapatillas. Victor abrió la puerta inferior del aparador y palpó la botella de whisky que guardaba desde hacía tiempo «por si acaso».

Los dedos le temblaron al tocar el cristal tallado. Un trago le quemó la garganta, pero no trajo paz. La amargura se le asentó bajo el esternón, junto a las preguntas que no le dejaban dormir.

—¿No puedes dormir? —la voz a su espalda sonó inesperada.

Victor se volvió.

Logan estaba en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Así que a ti también te ha dado —dijo Victor.

Logan señaló la botella con la cabeza.

—Déjame adivinar. Piensas que si bebes lo suficiente, su regreso será más fácil de tragar.

Victor sirvió un segundo vaso y se lo tendió en silencio a su hermano.

—Ven.

—¿Adónde?

—A la terraza.

Logan se quedó quieto un instante, pero cogió el vaso y lo siguió.

La terraza los recibió con el aire fresco de la noche. A lo lejos ululó una lechuza. Victor dejó el vaso en la barandilla y se quedó mirando el vacío invernal.

—No pensé que volvería a verlo nunca.

—Y yo no me sorprendo —Logan dio un sorbo—. Siempre fue experto en desaparecer para reaparecer después como si el pasado no existiera.

Apretó los dedos sobre el cristal liso.

—¿Te has olvidado de cómo nos lo hicieron pagar en el colegio? Nos llamaban «hijos del fantasma». Esas burlas siguen conmigo.

Victor negó con la cabeza.

—Sí, lo recuerdo, pero al final crecimos normales.

—Tienes memoria corta, hermano.

Logan se dio la vuelta bruscamente y se metió de nuevo en la casa. Los pasos se apagaron rápido.

Victor se quedó solo en la terraza. El vaso en su mano estaba casi vacío, pero no le apetecía rellenarlo.

Miraba hacia el jardín —hacia el sitio donde de niños, con su hermano, se escondían de su padre y se tiraban manzanas verdes—. Entonces todo parecía sencillo, sin grietas.

Las palabras de Logan aún resonaban en su cabeza: «Ella no se fue por casualidad». ¿Qué demonios había en esa carta que su hermano había guardado todos esos años?, pensó de pronto, volviendo al presente.

Intentó respirar hondo, pero en el pecho crecía una inquietud pegajosa: el pasado salía de las sombras y reclamaba cuentas.

La puerta chirrió. Logan traía en las manos un sobre amarillento con una esquina rasgada. Victor sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío nocturno. Reconoció la letra de su madre, pero no entendía cómo Logan había podido guardar aquella carta todo este tiempo sin decir nada.

—Veo que ya lo has recordado —dijo Logan al acercarse.

Victor se apartó de la barandilla y se enderezó.

—¿La has tenido todo este tiempo aquí, en mi casa? —en su voz había sorpresa y algo parecido a un reproche.

—Está aquí desde el día en que todo empezó —cortó Logan—. ¿No crees que ya es hora de conocer la verdad?

Victor se quedó pensativo.

¿Qué verdad era esa que su hermano había guardado en su propia casa y había callado? ¿Y si realmente tenía que ver con aquello de lo que siempre habían evitado hablar? No estaba preparado, y al mismo tiempo sabía que no podía seguir posponiéndolo.

—¿Hablas de mamá?

—Exacto. Ella no se fue por casualidad.

—En eso tienes razón. Y aun así… él no fue un mal padre —dijo Victor, tratando de convencerse a sí mismo.

—Pero tampoco fue bueno. ¿No lo ves? Andrew se está volviendo igual. ¿Te fijaste en cómo miraba la arquilla?

Victor apretó los labios. Las palabras de su hermano dolieron más de lo que esperaba. Algo dentro le decía que Logan tenía razón, pero había demasiado que prefería justificar.

—Sabes —dijo Victor—, siento que no ha vuelto por casualidad.

—Ninguno de sus regresos ha traído nada bueno —respondió Logan—. No quiero que Andrew siga sus pasos.

Un estruendo repentino rompió el silencio. Algo se hizo añicos. Los dos se volvieron al unísono hacia la casa. La luz parpadeó un instante y se apagó.

—¡En el salón! —susurró Victor.

La carta se le escapó de los dedos a Logan y cayó sobre las tablas heladas de la terraza.

Los hermanos se lanzaron hacia adelante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.