Quince minutos antes…
Andrew se revolvía bajo las mantas, apretando los puños en la tela cálida. El sueño no llegaba. La arquilla volvía una y otra vez a su mente: su peso, los grabados en la madera, el cierre tenso. Recordaba cómo la luz había corrido por su superficie, cómo el aire había temblado cuando estaban junto a la chimenea.
No es solo un objeto, pensaba Andrew. Y el abuelo no la trajo por casualidad. Pero ¿por qué ahora? ¿Y por qué a nosotros?
Se frotó la frente, intentando acallar los pensamientos. En algún sitio crujió una tabla. Luego otra vez. Andrew se quedó inmóvil. El sonido rebotó en las paredes y rodó por el pasillo, disolviéndose cerca de las puertas de sus padres… y de Veronica.
Ella tampoco dormía: la habitación estaba paralizada, y el techo se había convertido en el único punto de apoyo.
Qué circo, pensó Veronica con amargura. Vale, mi sueño… el pájaro… incluso Andrew y sus rarezas. Pero ¿un artefacto familiar? Eso ya es pasarse de la raya.
Apretó los dientes, intentando ahuyentar las ideas que la asaltaban, pero el corazón le latía tan fuerte que al principio no oyó…
Es tuyo… encuéntralo… ábrelo… —el susurro de la arquilla se deslizaba en su mente.
Veronica quiso gritar, pero el cuerpo ya no obedecía. Se levantó despacio y salió al pasillo.
Al oír el crujido de las tablas, Andrew contuvo la respiración. El sonido recorrió el corredor y se detuvo en algún punto más allá de la esquina. Se deslizó de la cama y, entreabriendo la puerta, miró.
Veronica salía de su habitación. Los hombros caídos, la mirada fija en un punto invisible. Caminaba con una precisión silenciosa que ponía los nervios de punta.
—Veronica… ¿adónde vas…? —susurró él, casi sin voz.
No respondió.
Andrew echó un vistazo rápido a las puertas de sus padres. Cerradas. Todo en calma. Procurando no delatarse, siguió a su prima con cautela.
La escalera los recibió con oscuridad. Solo los reflejos del fuego agonizante palpitaban en las paredes. La casa parecía un ser agazapado: vivo, pero mudo. Andrew se ocultó en un rincón del vestíbulo, observando. Las palmas le sudaban.
Veronica bajaba sin tocar la barandilla. En su andar no había prisa ni inquietud. Llegó hasta la consola y se detuvo frente a la arquilla.
¿Qué estás haciendo?
Quiso llamarla, pero el mismo susurro que guiaba a Veronica le cantó en las sienes: no te interpongas. El pecho se le apretó de golpe, cortándole la respiración. Una fuerza invisible lo clavó en el sitio.
La mano de Veronica se movió sola. La arquilla cayó al suelo. Un crujido seco cortó el aire. De la grieta brotó un tintineo agudo.
Veronica retrocedió. La niebla de su mente empezó a disiparse. Se quedó en medio del vestíbulo, sin entender cómo había llegado allí.
—¿Dónde estoy…? —susurró, mirando alrededor.
Andrew quiso contestar, pero no llegó a tiempo. El cierre de la tapa saltó. Del interior asomó el brillo frío de un medallón y, al instante, finas grietas empezaron a extenderse por la madera como telarañas. Un resplandor cegador estalló, rasgando la oscuridad. Andrew cerró los ojos con fuerza.
—¿Tú… también lo ves?
—No… o sea… sí… —balbuceó Veronica.
La luz se arremolinó en espirales; una de ellas se lanzó hacia la palma de Andrew. Retrocedió, pero ya era tarde: una línea ardiente le recorrió la piel. Apretó los dientes para no gritar.
Veronica se agarró la mano: en ella ardía exactamente la misma marca. Los símbolos brillaban, idénticos. Los dedos se buscaron solos. Cuando se tocaron, las líneas se fundieron.
Sobre la arquilla surgieron alas de contorno cristalino, ingrávidas, tejidas de luz y polvo. Titilaron, refractándose en el cristal, y de pronto se desvanecieron, disolviéndose en chispas. El aire volvió a llenarse de sonidos cotidianos: el crepitar de los rescoldos en la chimenea, el tictac del reloj en la pared. Andrew sentía oleadas débiles de tensión recorriéndole el cuerpo, y en la palma, donde ardía el signo, quedaba un calor punzante. Las rodillas le flaquearon. Cayó, apoyándose en las manos.
—¿Qué ha sido eso…?
Veronica no dijo nada. Se quedó allí, apretando la mano contra el pecho, incapaz de apartar la vista del medallón. Yacía entre astillas y grietas, hecho pedazos humeantes. En el fondo de uno de ellos aún palpitaba una chispa diminuta. Parecía que el medallón no lo habían roto: se había roto solo, liberando lo que había guardado durante siglos.
Las marcas en las manos se apagaron, pero seguían ardiendo por dentro con un calor suave.
—Entonces… ¿todo esto es verdad? —susurró Veronica por fin.
Más verdadero que nada, quiso decir Andrew, pero ante él ya no estaba la prima condescendiente, sino una niña tan asustada como él. Y eso, al mismo tiempo, lo aliviaba y lo aterrorizaba.
En ese instante se oyeron pasos al otro lado de la puerta.
—¡Rápido! —ordenó Veronica—. ¡Hay que recoger todo!
Se lanzó a por los fragmentos y empezó a juntarlos.
La puerta se abrió de golpe. Victor y Logan irrumpieron en el vestíbulo.
—¿Qué ha pasado aquí? —Victor dio un paso y se quedó paralizado. La mirada se le clavó en la arquilla, y algo en su rostro se apagó.
Yacía abierta, con los bordes astillados. Entre los restos asomaban fragmentos del medallón, afilados y curvados, pero ya sin luz.
—Os dije que mañana —dijo con voz ahogada.
—No queríamos… —empezó Andrew.
—…estropear nada —terminó Veronica.
Logan se agachó y recogió uno de los pedazos. La comprensión llegó en un instante.
—¿Qué habéis hecho…?
Los niños se encogieron sin querer, como si hubieran recibido un golpe que no pudieron evitar.
—Recogedlo todo —dijo Victor—. Mañana hablamos.
—Papá, escúchame… —se le escapó a Veronica.
—Recogedlo —la cortó Victor, y se dirigió a la salida sin más.
Logan dejó el fragmento sobre la mesa y salió detrás.