El Sello del Renacer

Capítulo 9: La chispa dormida

Quince minutos antes…

Andrew se revolvía bajo la manta, apretando los puños en la tela tibia. El sueño no llegaba. La arquilla volvía una y otra vez a su mente. Se frotó la frente, intentando acallar los pensamientos… pero no sirvió de nada.

En algún lugar crujió una tabla. Luego otra. Andrew se quedó inmóvil. El eco rebotó en las paredes y rodó por el pasillo, disolviéndose cerca de las puertas de sus padres… y de la de Verónica.

Ella tampoco dormía: la habitación estaba petrificada, y el techo se había convertido en el único punto en el que podía fijar la mirada.

Qué circo, pensó Verónica.

El corazón le latía tan fuerte que tardó en oírlo…

Es tuyo… encuéntralo… ábrelo…

La voz de la arquilla se deslizaba por su conciencia.

Verónica quiso gritar, pero su cuerpo ya no respondía. Se levantó despacio y salió al pasillo.

Al oír los crujidos, Andrew contuvo la respiración. El sonido recorrió el corredor y se detuvo en algún punto oscuro. Se deslizó fuera de la cama y, entreabriendo la puerta, miró.

Verónica salía de su habitación. Los hombros caídos, la mirada fija en un punto invisible. Caminaba con una precisión y un silencio que ponían los nervios de punta.

—¿Verónica…? ¿Adónde vas…? —susurró casi sin voz.

No respondió.

Andrew miró de reojo las puertas de sus padres. Cerradas. Todo en calma. Procurando no hacer ruido, la siguió con cautela.

La escalera los recibió en tinieblas. Solo los reflejos del fuego agonizante en la chimenea temblaban rítmicamente en las paredes. La casa parecía un ser agazapado: vivo, pero mudo. Andrew se escondió en un rincón del recibidor, observando. Las palmas le sudaban.

Verónica bajaba sin apoyarse en la barandilla. En su andar no había prisa ni inquietud. Llegó hasta la consola y se detuvo frente a la arquilla.

¿Qué haces?

Quiso llamarla, pero el mismo susurro que la guiaba a ella cantó también en sus propias sienes:

No interfieras.

El pecho se le apretó tan fuerte que le cortó la respiración. Una fuerza invisible lo clavó en el sitio.

La mano de Verónica se movió como empujada desde dentro. La arquilla cayó al suelo. Un crujido seco cortó el silencio. De la grieta brotó un timbre agudo.

Verónica retrocedió. La niebla en su cabeza se disipó. Se quedó en medio del recibidor, sin entender cómo había llegado allí.

—¿Dónde estoy…? —susurró, mirando alrededor.

Andrew quiso responder, pero no llegó a tiempo. El cierre de la tapa saltó. Del interior asomó el brillo frío del medallón y, al instante, finas grietas treparon por los bordes, extendiéndose como una telaraña sobre la madera. Un resplandor cegador estalló, desgarrando la oscuridad.

Andrew cerró los ojos.

—¿Tú también… lo ves?

—No… es decir… sí… —balbuceó Verónica.

La luz se arremolinó en espirales; una de ellas saltó hacia la palma de Andrew. Retrocedió, pero ya era tarde: una línea ardiente corrió por su piel. Aspiró entre dientes, conteniendo el dolor.

Verónica se agarró la mano: en ella ardía exactamente el mismo trazo. Las marcas brillaban, repitiendo el mismo dibujo. Los dedos se buscaron sin querer. Cuando se tocaron, las líneas se fundieron.

Sobre la arquilla surgieron los contornos de unas alas: cristalinas, ingrávidas, tejidas de luz y polvo. Parpadearon, refractándose en el aire, y de pronto se deshicieron en chispas.

El mundo volvió de golpe.

El crepitar de las brasas en la chimenea.
El tictac del reloj en la pared.

Andrew sentía cómo ondas débiles de tensión recorrían su cuerpo, y en la palma, donde ardía el signo, quedaba un calor hormigueante. Las rodillas se le doblaron. Cayó, apoyando las manos en el suelo.

—¿Qué ha sido eso…?

Verónica no respondió. Permanecía de pie, con la mano apretada contra el pecho, incapaz de apartar la vista del medallón. Yacía entre astillas y grietas, partido en fragmentos afilados e irregulares, pero ya sin luz.

Las marcas en sus manos se apagaron, pero seguían ardiendo por dentro con un calor suave.

—Entonces… ¿todo esto es verdad…? —susurró por fin Verónica.

Andrew no respondió. Miraba a Verónica y veía no a la prima burlona, sino a una niña tan asustada como él.

Eso era más aterrador que cualquier respuesta.

En ese momento se oyeron pasos tras la puerta.

—¡Rápido! —ordenó Verónica—. ¡Tenemos que recogerlo todo!

Se lanzó hacia los fragmentos y empezó a reunirlos.

La puerta se abrió de golpe. Víctor y Logan irrumpieron en el recibidor.

—¿Qué está pasando aquí? —Víctor dio un paso y se detuvo. Su mirada se clavó en la arquilla, y algo en su rostro se apagó.

Yacía abierta, con los bordes rotos. Entre los pedazos asomaban fragmentos del medallón, afilados y curvados, pero ya sin luz.

—Os dijimos que mañana —dijo con voz contenida.

—No queríamos… —empezó Andrew.

—…estropear nada —terminó Verónica.

Logan se inclinó y levantó uno de los fragmentos. La comprensión llegó al instante.

—¿Qué habéis hecho…?

Los niños se encogieron sin querer, como si hubieran recibido un golpe.

—Recogedlo todo —dijo Víctor—. Mañana hablaremos.

—Papá, escucha… —se le escapó a Verónica.

—Recoged —la cortó Víctor, y se dirigió ya hacia la salida.

Logan dejó el fragmento sobre la mesa y salió tras él.

Aturdidos y abatidos, los chicos recogieron en silencio los restos de lo que ya no tenía arreglo.

—Ha desaparecido —susurró Verónica.

Andrew apretó el puño: el calor bajo la piel no se había apagado. La luz se había ido, y comprendió que se la habían llevado consigo, sin siquiera tocarla.

Cuando el último fragmento ocupó su sitio, Verónica bajó la tapa. Se oyó un clic suave, y por la superficie agrietada corrió un tenue destello dorado.

Se miraron.

Colocaron la arquilla junto a la chimenea y retrocedieron con cautela.

Más tarde, tendido en la oscuridad, Andrew apretó la mano contra el pecho. Donde días atrás latía un punto, ahora reinaba la calma. El frío había desaparecido. Solo quedaba el calor de la marca.




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