El Horizonte de la Desolación vaciló. Sobre las ondas del espacio flotaban tres siluetas.
La Sombra se agitó primero. Sus remolinos se enrollaron despacio hacia dentro.
—Abajo algo se ha movido —susurró la voz, alerta pero sin sorpresa.
Junto a ella, en las manos del Guardián de Piedra, brillaba tenuemente una esfera cristalina. El patrón en su interior, congelado desde hacía tiempo, fue atravesado por un instante por una fina vena dorada.
La Llama se alzó más alto, ondulando con un calor inquieto.
—El nudo no debería respirar —dijo.
El Guardián de Piedra escrutó la esfera. La hebra dorada volvió a destellar.
—El sello se ha agrietado —pronunció—. Entonces ha llegado el momento.
La Llama cambió de forma, envolviendo el vacío.
—Ella lo sentirá.
La Sombra se desplazó con fluidez; sus contornos se afinaron.
—Pero no a ellos mismos —susurró—. Solo el rastro.
El Guardián de Piedra cubrió lentamente la esfera con la palma.
—Las reglas siguen siendo las mismas: observamos.
En su voz no había la menor duda. Era ley, no elección.
El Horizonte se cerró de nuevo, ocultando el temblor en su profundidad insondable.
La luz en la esfera se apagó.
En el patrón apareció una nueva línea.