El Sello del Renacer

Capítulo 12: El espejo del linaje

El nuevo día entró en la casa sin llamar. El salón se había quedado quieto. Por el suelo se arrastraban sombras frías de las sillas, y en el aire flotaba un olor dulzón a ceniza.

Victor miraba por la ventana, pero no veía la calle. Los pensamientos giraban en torno a una sola cosa: ¿y si la magia era real?

Mary estaba sentada a su lado, apenas rozando la silla. Los dedos apretaban una servilleta arrugada. Sobre la mesa, junto a ella, había una taza de té cuya superficie se había cubierto con una fina película irisada.

El reloj de la repisa dio las nueve.

Logan se encontraba junto a la puerta, tamborileando con los dedos en el marco de madera. Intentaba entender qué esperaba: explicaciones, disculpas o simplemente que terminara aquel silencio. Heather se mantenía un poco más atrás, ajustándose la manga del batín. Parpadeó varias veces, pero la niebla seguía en su cabeza.

La pausa pesaba, sin encontrar salida.

George estaba sentado en el sillón junto a la chimenea. Las brasas se habían apagado hacía rato; solo quedaba un calor gris en los ladrillos. Pasaba los dedos por la cruz, sin mirar, como si al tacto estuviera volviendo a decisiones antiguas.

—Qué tarde están —dijo por fin Mary.

—Un poco más y subo yo mismo —respondió Victor, apartándose de la ventana.

—Déjenlos que se recompongan un poco —pidió Heather, entrelazando los dedos—. Después de una noche así necesitan tiempo.

Logan miró a su padre.

—Tiempo no va a sobrar —dijo—. Todos necesitamos respuestas.

George no se movió, solo la cruz se detuvo un instante en su mano.

La casa escuchaba. Las paredes viejas parecían absorber el aire, conteniendo la respiración ante algo inevitable. En la rendija entre las tablas, casi invisible en la sombra matinal, yacía un pequeño fragmento del medallón, de bordes irregulares, guardando aún un leve resplandor en su interior.

—No quiero otro amanecer fingiendo que todo está bien —dijo Victor.

En algún lugar arriba crujieron las escaleras. Todas las miradas se volvieron hacia la escalera.

Andrew bajaba primero. Se agarraba a la barandilla, sintiendo la atención clavada en él. Le parecía que la mañana no era más que una continuación de la noche, solo sin luz. En el pecho crecía la certeza de que nada había terminado, solo había cambiado de forma.

Detrás iba Veronica. Sus pasos eran más firmes, pero los hombros estaban tensos. Vio a su madre sentada a la mesa y al abuelo junto a la chimenea, y en la cabeza le vino al instante: están esperando algo. Esa idea le quemó más que el frío que se colaba por las suelas finas de las zapatillas de casa.

Aquí todos saben algo, menos nosotros… claro.

Veronica pasó la palma por la barandilla; estaba ligeramente tibia. Se obligó a seguir bajando, aunque cada paso le resonaba en las sienes.

Andrew se sentó primero —más para esconderse que para acomodarse—. Veronica se quedó de pie, sintiendo cómo el silencio se espesaba, llenando cada pausa. Los dedos se le cerraron; sabía que ahora empezaría la conversación de la que no se podía escapar.

—Aquí estamos todos —dijo Victor con sequedad—. Habéis dormido mucho…

Andrew levantó la cabeza.

—No hemos dormido.

—Se nota —respondió Logan—. Y no solo vosotros.

Mary se levantó.

—¿No tenéis nada que contarnos? —su voz era suave, pero detrás había tensión.

Veronica negó apenas con la cabeza.

—No hemos hecho nada.

—Nadie ha dicho que hayáis hecho algo —Victor apoyó la mano en el respaldo de la silla—. Solo explicad por qué habéis estropeado el regalo del abuelo. Y encima con tanto ruido.

—¡No lo hemos estropeado! —saltó Veronica—. ¡Se rompió desde dentro!

Andrew quiso añadir algo, pero la lengua no le obedecía. Sintió cómo Veronica se movía un poco hacia él, cubriéndolo con su cuerpo.

—No fuimos nosotros —susurró al fin—. Fue… solo.

Todas las caras adultas se volvieron hacia él al unísono.

—¿Qué fue solo?

—La luz… de la arquilla —Andrew miró su palma—. Se encendió, y en nuestras manos aparecieron marcas.

Durante un segundo nadie habló. Victor palideció; los dedos se le abrieron sobre el respaldo. Logan se quedó inmóvil, como si le hubieran golpeado en el pecho. Heather se mordió la lengua. En su silencio no había solo sorpresa: estaban decidiendo si podían creerlo.

George se recostó en el sillón.

—A veces es mejor escuchar que explicar de inmediato —dijo con calma.

—Otra vez acertijos —bufó Logan, poniéndose en pie.

—No empieces —dijo Victor con voz sorda—. Ahora necesitamos…

—Él sabe perfectamente qué pasa y calla —interrumpió su hermano.

George se levantó. Su sombra desde la chimenea se alargó y cubrió por completo a Logan.

—No tengo que justificarme —dijo con tono neutro—. Pero si queréis explicaciones, las tendréis.

El anciano se volvió hacia los nietos. Notó cómo Veronica apretaba instintivamente la mano contra el pecho y cómo Andrew se estremecía con cada palabra alta. Y comprendió: esa conversación los rompería. La verdad que pensaba poner sobre la mesa era una carga para los adultos, pero una sentencia para los niños.

—Creo que os vendría bien tomar el aire —dijo George con una voz extrañamente suave—. Id al pueblo, han abierto la feria.

Veronica se puso en guardia.

—¿Ahora mismo?

—¿Por qué no? —George esbozó una sonrisa leve—. Después de una noche así no os vendrá mal.

Andrew miró a Veronica.

—Es decir… ¿solo vamos a pasear…?

—Exacto —confirmó el abuelo—. A veces es mejor marcharse que quedarse esperando a que todo pese más.

Mary suspiró. Quiso protestar, pero no encontró argumentos. Victor calló, apretando la barbilla con la mano. Logan y Heather se miraron: ambos entendían que no se trataba solo de un paseo.

—Intentad volver antes del almuerzo —dijo George—. Y buscad allí algo para vosotros dos, en lugar de la arquilla. Algo que os recuerde que estáis unidos, aunque discutáis.




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