Veronica y Andrew se escabulleron del salón y se detuvieron en el pasillo.
—Nos libramos… —suspiró Veronica.
—Por ahora —gruñó Andrew.
Veronica miró una vez más hacia la escalera y aguzó el oído: la casa callaba.
—Vámonos rápido —susurró—. Antes de que se arrepientan.
En el recibidor aún quedaba el olor a frescura matinal y madera vieja. Los chicos se pusieron las chaquetas a toda prisa. Veronica metió el móvil en el bolsillo. Cuando la puerta se cerró con un clic detrás de ellos, la casa exhaló. Delante los esperaba la ciudad, tentadora y ruidosa. Demasiado viva después de lo que habían dejado dentro.
El camino hacia la feria era una cinta gris entre vallas heladas y abetos oscuros. El aire cortaba las mejillas, pero andar se hacía más fácil. El silencio entre ellos se alargó hasta que el rumor de las avenidas los devolvió a la realidad.
—Bueno, Lápiz, ¿cuál es tu teoría de todo esto? —rompió el silencio Veronica.
—No sé —Andrew se encogió de hombros—. Ellos vieron el medallón roto, pero no dijeron nada.
—Qué familia más rara tenemos, ¿no crees…? —murmuró Veronica, frotándose la mano donde ayer había ardido la marca—. Por cierto, ¿entendiste qué quiso decir el abuelo?
—Ni idea…
Doblaron una esquina y salieron a la plaza principal. En la azulada frialdad ya bailaban los reflejos de las luces de la feria. El centro de la ciudad se había convertido en un bosque encantado. El aire olía a humo de braseros y a pan de jengibre dulce.
Veronica se abrió paso entre la multitud, arrastrando a Andrew tras de sí. Se detenía un segundo ante los escaparates y seguía adelante.
Delante apareció la vieja torre del ayuntamiento. El reloj se había parado en las diez. Andrew parpadeó, y las manecillas giraron en un torbellino loco antes de volver a su sitio. Sacudió la cabeza.
—¿Lo has visto? —preguntó.
—¿El qué? —respondió Veronica, mirando las manzanas caramelizadas en palito.
Andrew se calló. ¿Cómo explicar lo que acababa de ver?
—Nada… me lo habré imaginado —murmuró, consciente de lo patético que sonaba.
—Vale, pasamos. Concéntrate mejor en el nuevo «artefacto» —dijo Veronica—. El abuelo dijo: «algo que os una». Puede que sea un juego.
—O un llavero con el monstruo del lago Ness —refunfuñó Andrew, señalando el puesto más cercano—. Muy unificador.
Veronica puso los ojos en blanco y sacó el móvil.
—Símbolos de unidad en la mitología escocesa —dictó al buscador.
La pantalla titiló. La imagen se distorsionó, y en fondo negro surgieron dos alas doradas, familiares y cegadoras, desplegadas en pleno vuelo. Brillaron con tal fuerza que por un instante los cegaron, dejando una mancha oscura en la retina.
—¿Qué demonios…? —gritó Veronica.
—¿Estás bien? —preguntó Andrew, acercándose.
—Ya no… —dijo ella, mirando el móvil.
Veronica lo guardó en el bolsillo con mano temblorosa. Su seguridad anterior se había evaporado. Miró alrededor, pero ahora veía la feria de otro modo: no como un lugar de diversión, sino como un decorado tras el que podía esconderse algo más.
—Vale —dijo más bajo—. Google aquí no nos sirve de nada.
En ese momento algo le llamó la atención al borde de la plaza. Donde las guirnaldas se espaciaban, se alzaba un edificio de piedra oscura. La luz no rebotaba en sus muros: se hundía en ellos. En la fachada asomaban dibujos como raíces entrelazadas que rodeaban nichos vacíos en lugar de ventanas.
—¿Eso es normal? —Veronica señaló el edificio.
Andrew se volvió: la gente pasaba de largo sin siquiera mirar.
—Es bonito… a su manera —dijo—. Lástima no haber traído el cuaderno, lo dibujaría antes de que desaparezca.
—Tú otra vez… —empezó ella, pero se quedó helada.
Desde el interior del edificio se filtró un aullido largo, antinatural. Veronica se aferró a la chaqueta de Andrew.
—¿Lo has oído?
—Ahora entiendes de qué te hablaba.
Ella asintió, mirando alrededor con ojos desorbitados.
—¿De dónde viene…?
—De ninguna parte —dijo Andrew—. Eso es lo que pasa.
—¿O del interior de una tienda? Mira.
Se acercaron con cautela a uno de los escaparates. En el fondo, entre estanterías, brillaba un resplandor ámbar que respiraba y respondía a cada movimiento. A través del cristal, por encima del aullido, llegaba un zumbido apenas perceptible.
—¿Qué es eso? —susurró Veronica.
—Yo también querría saberlo.
El sonido se arrastraba desde la oscuridad: bajo y oculto.
—A mí me parece que nos está llamando… ¿O soy yo?
—Parece que sí… Creo que ahí encontraremos lo que buscamos.
Andrew agarró el picaporte. El metal quemó de frío incluso a través de los guantes. Respiró hondo y no retrocedió. La puerta pesada cedió, soltando una bocanada de calor polvoriento. Andrew cruzó el umbral y sintió cómo los sonidos se difuminaban, perdían nitidez. Veronica entró detrás y se tambaleó. El aire se agitó, un olor cálido y especiado le golpeó la nariz. A ambos lados se extendían estanterías con objetos que atraían la mirada. La luz tenue atrapaba destellos de cristal, metal y madera pulida.
—Joder… —silbó Andrew.
Avanzó unos pasos y se detuvo ante una esfera de cristal sobre una mesa junto a la pared. Dentro flotaba una estrellita diminuta, dejando un rastro de chispas. Andrew extendió la mano y la estrella se lanzó hacia él. Se detuvo contra el cristal, observándolo desde dentro. Veronica, mientras tanto, examinaba una arquilla. El ornamento de la tapa giraba, manteniéndola cerrada.
—Sabes… —empezó ella y se calló.
Entre las estatuillas del rincón Andrew vio un pájaro de arcilla pequeño. Parecía más tosco y antiguo que los demás —como hecho a prisa—. En sus alas destacaban dos signos nítidos, casi feroces: una espiral anudada y una flecha que atravesaba un círculo roto.
Cuando se inclinó, los símbolos se separaron del pájaro y se elevaron en el aire. Al instante, a Andrew y a Veronica los atrajo uno hacia el otro. Del centro de la figurilla brotó un destello que se estiró en una flecha de fuego. Un segundo después la flecha se partió en dos copias translúcidas que tocaron simultáneamente sus frentes. Una descarga de energía recorrió sus cuerpos, haciéndolos retroceder, y luego una onda de choque los lanzó hacia atrás.