El Sello del Renacer

Capítulo 15: La invitación chirriante

Todo a su alrededor se desplazó, perdiendo nitidez por un instante. Andrew apenas logró mantenerse en pie. Durante un segundo, ante sus ojos relampagueó la imagen de su salón, cubierto por una oscuridad viscosa y viva. La visión se disipó, dejando solo un golpe pesado del corazón en el pecho.

—¿Qué te pasa? —la voz de su prima lo arrancó del entumecimiento.

Andrew se giró. Veronica escrutaba las sombras entre las estanterías, allí donde acababa de deslizarse una silueta ajena.

—Nada… —murmuró él, frotándose el pecho.

Parpadeó, y el espacio frente a él cambió. Desde el fondo de la sala emergió el vendedor: a la luz de las lámparas brilló la plata de su barba, y el anillo en su mano pareció moverse. La piedra roja palpitaba con un calor interior. El anciano permanecía inmóvil, observando a los visitantes con interés.

—Buenas tardes, jóvenes exploradores. ¿En qué puedo ayudaros?

Andrew tuvo que hacer un esfuerzo para no retroceder. Todo en aquel hombre resonaba dentro de él, aferrándose a hilos invisibles en su interior. Ya había sentido algo parecido: cuando su abuelo cruzó el umbral de la casa, o cuando algo en su padre se resquebrajó y se volvió extraño. Entonces no lo entendía; solo se doblaba de dolor. Ahora la sensación no golpeaba: pulsaba, profunda e insistente.

Del vendedor emanaba una extrañeza inquietante: una sonrisa demasiado uniforme, una mirada tranquila, pero penetrante.

Veronica entrecerró los ojos.

—Buscamos algo especial.

El tendero ensanchó apenas la sonrisa.

—Entonces habéis venido al lugar adecuado.

Accionó un interruptor. Una luz cobriza se derramó por la tienda. No disipó la penumbra; al contrario, acentuó las sombras densas y obligó a los objetos a revelar sus secretos.

Las estanterías estaban repletas de figurillas, libros de lomos gastados, cajas con grabados desconocidos. Los anaqueles se alzaban como bóvedas de piedra. Andrew se detuvo ante una brújula antigua: la aguja daba sacudidas, cambiando de dirección sin lógica alguna.

—Mirad con calma, estoy cerca —dijo el vendedor, y se desvaneció en el fondo del local.

Se quedaron solos. Andrew sacó el ave del bolsillo y la acercó a una figurilla similar. El cuerpo de barro en su mano vibró apenas, casi imperceptible.

—¿Lo ves? —susurró.

Veronica pasó el dedo por los grabados.

—Está… reaccionando a estos símbolos —respondió—. Pero los suyos son distintos. Mira.

Se inclinaron más. Dos dibujos diferentes, y sin embargo en cada uno parecía haber un fragmento del mismo ornamento roto.

—No podemos dejarla aquí —dijo Andrew, observando las líneas delicadas.

—Veo que habéis encontrado lo que buscabais —sonó una voz serena a su espalda.

Andrew se estremeció. El dueño de la tienda estaba allí, como si nunca se hubiera ido.

—Nos llevamos este pájaro —exhaló Andrew, tendiendo el dinero.

—Esperad aquí —dijo el vendedor—. Formalizaré la compra.

Sonrió y volvió a desaparecer entre los altos estantes.

Los minutos se estiraron, y no regresó.

—¿Dónde se ha metido? —frunció el ceño Andrew.

—No lo sé… es raro —dijo Veronica—. ¿Y si nos vamos?

Andrew negó con la cabeza.

—¿De verdad quieres irte sin más? ¿Dónde has visto tantas cosas juntas?

Abarcó la sala con un gesto.

—Ni hablar. Al menos tenemos que averiguar dónde ha ido.

Veronica suspiró con pesadez.

Avanzaron entre las estanterías, cada vez más adentro. En cada giro, la penumbra vibraba levemente, como si el aire los estuviera escuchando.

Un destello breve centelleó en una balda. Andrew rodeó unas cajas y se detuvo. Ante él se alzaba una pesada puerta de roble, con un tirador en forma de serpiente de ojos esmeralda. Tocó la madera. El frío le mordió los dedos. Tras la hoja llegó un susurro, parecido a una respiración entrecortada.

—Veronica, ven —la llamó.

Ella se acercó, observando la puerta con cautela.

—Tal vez salga por aquí —dijo—. Parece una entrada de servicio.

Andrew tiró del tirador, pero la puerta no cedió. Pasó la mano por la talla, buscando un cierre oculto. Nada.

—Vámonos de una vez —murmuró Veronica.

Andrew bajó las manos y se volvió. Dieron unos pasos hacia la sala, y en ese instante el ave en su bolsillo le quemó la piel. Se detuvo, frotándose el muslo. A su espalda resonó un chirrido prolongado.

La pesada hoja de roble empezó a abrirse despacio. Las tablas gemían, estirando el silencio. Más allá del umbral se extendía una oscuridad espesa, impenetrable.

—¿Podría ser el vendedor? —susurró Veronica.

—Hasta que no entremos, no lo sabremos —respondió Andrew, mirando a la negrura.

Se acercaron. Del hueco emanaba un frío húmedo. Algo se agitaba en el fondo, pero el sonido se escabullía en cuanto respiraban.

Veronica limpió el polvo de una placa sobre el marco torcido.

—«Prohibido el paso a personas ajenas» —leyó.

Andrew esbozó una sonrisa torcida.

—Buscábamos algo fuera de lo común. Parece que nos ha encontrado primero.

Veronica apretó los labios. En cada curva de la puerta se percibía una trampa. Pero lo sabía: si se echaba atrás, Andrew entraría igual… solo.

—Está bien —dijo—. Entramos juntos.

Cruzaron el umbral. La oscuridad los recibió en silencio. Al poco, sobre sus cabezas se encendieron lámparas mortecinas. Un pasillo estrecho, surcado de pequeñas grietas, los guiaba hacia adelante. Caminaron sin hablar.

De la nada empezó a formarse una mancha de luz. La llama de un candelabro macizo proyectaba reflejos temblorosos sobre columnas y techo. El aire olía a papel viejo y humedad.

La sala se abrió de golpe. Las estanterías se alzaban hacia lo alto, perdiéndose en la penumbra. Libro tras libro; los lomos susurraban al menor soplo de aire.

—Guau… —fue todo lo que Andrew pudo decir.

Veronica se acercó a una mesa de roble en el centro. Sobre ella yacía un mapa cubierto de trazos plateados. Las líneas fluían y se reordenaban, dibujando tierras extrañas. Ella se inclinó: el dibujo cambiaba ante sus ojos. El mapa no solo mostraba… recordaba.




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