Un frío invisible recorrió el salón como una ola contenida. El mundo se redujo al círculo donde estaban los dos.
—¿Lo has oído? —susurró Andrew.
Los susurros se espesaron, cobrando voz.
—Están aquí…
—Han despertado…
—Los ha tocado la Chispa…
Veronica se aferró a su manga.
—Estoy asustada.
—Yo también —dijo Andrew—. Pero si nos acurrucamos en un rincón, nos aplastarán sin más.
Dio un paso adelante, probando si su propia determinación aguantaba el peso.
El muro gris que tenían delante vaciló. Un rayo lo atravesó como una herida luminosa. Las figuras se disolvieron en el resplandor agudo. Delante apareció una silueta. La luz no venía de las lámparas, sino de dentro de su ropa, atrapada en los bordados como migas de oro.
—No pasarán más allá —dijo la voz—. No les corresponde.
Veronica y Andrew reconocieron el timbre al instante. Era el vendedor.
—Nos… hemos perdido —dijo Veronica, la primera en reaccionar—. Tenemos que salir.
El anciano esbozó una sonrisa leve.
—Ya han salido, pero no al lugar al que están acostumbrados.
Andrew se rascó la nuca.
—¿Esto… sigue siendo la tienda? —preguntó, desconcertado.
En vez de responder, el vendedor levantó la palma y la pasó despacio por el aire. La habitación cambió.
Las sombras corrieron por las paredes, extendiéndose en nuevas formas. El suelo crujió y se recompuso en un mosaico. Las estanterías se difuminaron un instante y volvieron a formarse, pero en un orden distinto.
El tendero bajó la mano.
—La tienda no es más que la cáscara —dijo, mirando a los niños—. Están en el Umbral, el lugar donde un mundo termina y otro empieza.
Desvió la mirada hacia el mapa. Las líneas plateadas del pergamino se estiraron, cambiando de posición.
Veronica sintió una gota fría deslizarse por la nuca.
—¿Qué Umbral? —preguntó.
El Guardián se enderezó.
—Donde solíais ver paredes, ya nada sostiene. El Umbral es la grieta entre mundos, y la cruzaron antes de entenderlo.
Las palabras sonaron demasiado nítidas en aquel espacio inestable.
Andrew quiso protestar, pero se dio cuenta de que era inútil. Lo que ocurría no necesitaba explicaciones: simplemente era.
—Y usted… supongo que es el guardián —dijo simplemente.
El anciano inclinó ligeramente la cabeza, reconociendo no la pregunta, sino la comprensión.
—En vuestro mundo me llaman Guardián. Aquí solo soy el que mantiene el Umbral para que no se derrumbe.
Andrew tragó saliva. Todo a su alrededor los empujaba hacia un borde que aún no sabían nombrar.
Veronica observaba cada gesto del anciano con atención, buscando el significado oculto.
El Guardián extendió la mano hacia el mapa. El dibujo del pergamino se encendió desde dentro. De los trazos caóticos emergió lentamente el contorno de un mundo: montañas de cristal, valles, bosques. En el centro se movía una mancha negra que palpitaba con su propia oscuridad.
—¿Qué es eso? —preguntó Veronica con cautela.
—Es su herida —dijo él—. Ahora mirad lo que había antes del cuchillo.
La luz se concentró sobre una zona. Las líneas se reunieron en un círculo y apareció una pradera. El aire sobre la mesa se espesó; respirar se volvió más difícil.
A Veronica la atrajo hacia delante. El mundo del mapa se abrió, succionándola hacia dentro. La hierba rozó sus pies. En el pecho rugía una fuerza que no cabía en la respiración ni en los pensamientos habituales.
Ante ella surgió un círculo de símbolos quemados en la tierra. Dentro estaban dos muchachas. La mayor sostenía el centro del ritual. La luz bajo su piel forcejeaba por salir, negándose a obedecer. Y la otra…
Veronica se quedó helada.
Aquella cara ya la había visto antes. En la vieja fotografía del arcón del desván. Los mismos pómulos. El mismo giro brusco de la barbilla. Pero ahora estaba allí, viva.
Cerca, la madre mantenía las manos tensas. El padre aferraba un bastón, impidiendo que la fuerza rompiera el círculo.
Y al borde de la pradera, alguien se ocultaba entre las sombras de las raíces. Un animal de ojos amarillos temblaba, atento a cómo el mundo se tensaba hasta crujir.
Veronica intentó respirar. El calor corría por sus venas, quemándola desde dentro. Sabía que una palabra más, un gesto más, y todo cambiaría, pero ese conocimiento no le pertenecía. Un cuerpo ajeno la notó y la expulsó.
El golpe la devolvió atrás. El mundo regresó de un tirón, demasiado brusco para encajar de inmediato.
Ante ella seguía el pergamino, aunque la escena tardó unos segundos en estabilizarse: las dos muchachas en el círculo, los adultos tensos, el animal entre las raíces.
—Intentó contener el mar —dijo el Guardián sin prisa—. Pero el mar solo se contiene a sí mismo.
Veronica guardó silencio. El eco de una respiración ajena aún vivía en sus pulmones.
La luz en la pradera se quebró. La energía retenida por los símbolos se descontroló. El viento arrancó la capa de los hombros de la madre. El pelo de la muchacha menor se levantó. El padre alzó el bastón para cerrar el círculo, pero ya era tarde.
La magia se partió. El animal entre las raíces se estiró y desapareció en el resplandor roto, sin tiempo ni para aullar. Los contornos de las personas se difuminaron. Solo quedó una figura —la del centro—. En su palma floreció la piedra del amuleto. La chispa en los ojos de la muchacha se apagó, dejando un vacío que zumbaba.
La imagen se desvaneció.
Andrew recuperó la voz con esfuerzo.
—¿Ella… enloqueció?
—Peor. Se volvió absolutamente lógica. El caos mató a su familia. Ella decidió matar al caos.
La habitación se quedó en silencio.
A Andrew se le cerró la garganta. Ahí estaba la aventura, pero olía a ceniza, no a gloria.
Miraba las zonas que se ennegrecían en el mapa. Esos lugares con montañas y valles que siempre lo habían atraído hacia el dibujo se morían ante sus ojos. Su sueño de «otro mundo» se derrumbaba.