El Sello del Renacer

Capítulo 17: Ecos del pasado

El vacío se desplomó sobre la tienda, cortando el mundo hasta dejar solo respiraciones entrecortadas.

El mapa ante ellos se apagaba. Donde antes rugía el Bosque de la Esperanza, ahora se extendía una película gris y sin vida, como una telaraña pegajosa. En la lejanía, entre la niebla, apenas se adivinaban los contornos de las Islas del Silencio: fantasmas hundidos en ámbar espeso. Y en el centro mismo se abría una grieta que se ramificaba en fisuras de carbón. El Límite Muerto. El lugar donde la realidad dejaba de existir. Su lugar.

El Guardián pasó la palma por el aire, trazando un signo indescifrable. El paisaje se onduló, girando en un remolino. Los niños inhalaron al unísono.

Ante ellos se desplegó un valle bañado en una luz pareja y estéril. Filas de casas idénticas se prolongaban hasta el horizonte. Ni una sola ventana rompía la uniformidad; todo obedecía a una única línea.

La imagen se acercó, capturando detalles. Veronica vio a una niña. Tenía ojos grandes y abiertos, en los que no se reflejaba nada. Soplando burbujas de jabón de forma mecánica, pero estas no estallaban: se congelaban en el aire, convirtiéndose en esferas lisas y multicolores.

Le recordó su propio sueño, aquel con un mundo aterradoramente perfecto.

—Pueblo de las Sangres Plateadas —dijo el Guardián—. El último bastión de lo que ella llama «orden ideal». Aquí nadie enferma ni llora, porque las lágrimas son humedad superflua.

Veronica retrocedió instintivamente y chocó con el hombro de Andrew. Él se aferraba al borde de la mesa con los dedos. En el bolsillo de su chaqueta algo dio un brinco, enviando un chispazo breve por sus piernas. Las estatuillas sentían la cercanía del Abismo.

—Espera… —la voz de Veronica se quebró en una inspiración—. Todo esto… mundos, orden, caos… ¡está en algún sitio lejano! ¿Qué tenemos que ver nosotros con esto?

El Guardián se volvió despacio hacia ella. Ante Veronica ya no había rostro de anciano, sino una vacuidad profunda que descendía hasta el fondo, donde aún temblaba el eco de un ritual ajeno.

—Sigues esperando que no vaya contigo, aunque tu mano recuerda el frío de la Chispa.

Extendió sobre la mesa un pergamino oscurecido por el tiempo. En él se dibujaba un círculo: en el centro se adivinaba el contorno del Ave con alas desplegadas, y alrededor siete figuras como celdas.

—No pudo destruir la Fuerza Primordial —dijo el Guardián con voz sorda—. Entonces hizo lo que nadie esperaba: la desgarró en pedazos.

Tocó los símbolos del papel.

—Dividió la Esencia en siete partes y las encerró en formas parecidas a las que tu compañero guarda en el bolsillo.

Andrew sacó ambas figurillas.

—¿Entonces… llevamos prisiones con nosotros? —preguntó, examinándolas.

—Lleváis una oportunidad —corrigió el Guardián—. Las cadenas se debilitan cuando se acerca aquello que ella más teme: lo impredecible. Vosotros dos sois caos puro para su orden estéril. Por eso los artefactos empezaron a despertar en vuestras manos.

Andrew cerró los dedos alrededor de las estatuillas.

—Pero ¿quién es ella? —susurró—. ¿Quién es capaz de algo así?

El Guardián cerró los ojos un instante, escuchando un dolor antiguo.

—Moranda.

Las figurillas se agitaron y se deslizaron hacia el borde de su palma, ansiosas por alcanzar el mapa. Andrew las atrapó, impidiéndoles escapar.

Miró a Veronica. Sus ojos se habían dilatado. Ella simplemente estaba allí, esperando.

—¿Y si… si simplemente nos vamos? —las palabras se le escaparon antes de que pudiera medirlas.

El Guardián no se sorprendió. En él no había reproche ni lástima, solo el recuerdo de miles de preguntas iguales.

—Si marcharse cambiara algo, yo mismo os habría abierto esa puerta.

Señaló el pergamino. El paisaje cambió de nuevo.

Apareció su parque: aquel donde corrían entre hojas amarillas en otoño. Ahora la hierba era una franja gris muerta, plana hasta lo antinatural. Los columpios estaban inmóviles, con hielo aferrado a las cadenas, y los árboles se erguían como bloques inertes.

—Los cambios ya han empezado —dijo el Guardián con calma—. Llegarán aquí. Primero la sombra caerá sobre vuestra ciudad, luego sobre vuestra casa. La oscuridad devorará la sombra y después irá a por el dueño.

Andrew imaginó los rostros de sus padres congelados en un silencio uniforme, como el de la niña de las burbujas. Las rodillas le temblaron apenas. Todo lo que quedaba de la fantasía de una aventura heroica se había convertido en una necesidad pesada: proteger lo que amaban.

Se volvió hacia Veronica.

—Ver… —tragó saliva y continuó más firme—. No podemos irnos.

Ella lo miró sin respirar. Sus dedos encontraron la palma de él y se cerraron sobre ella.

—Lo sé —susurró.

Andrew se acercó a la mesa y colocó ambas estatuillas en el centro del círculo. Un chasquido fino cortó el silencio. Las líneas del mapa se encendieron y ascendieron en una ola de luz.

En ese mismo instante, la mansión de los Cameron —que durante tanto tiempo había fingido ser una casa— se estremeció con un golpe subterráneo. La araña de cristal tintineó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.