Tras las ventanas soplaba un viento seco de invierno. Presionaba contra el cristal y se detenía justo en las paredes, sin cruzar al interior. La escarcha negra ya había cubierto la mitad del salón con una red fina y ornamentada. Lo extraño era otro detalle: el hielo no avanzaba por la casa, sino que se detenía en el perímetro, dejando una línea nítida y precisa.
Logan fue el primero en lanzarse hacia la puerta. El pomo cedió, pero al otro lado no había nada. Una cortina oscura se alzaba como un muro, bloqueando el espacio por completo. Victor marcaba un número en el móvil. Los dígitos aparecían en la pantalla y se desvanecían al instante. No había señal. Mary intentaba abrir la ventana. El marco no oponía resistencia, pero no se movía ni un milímetro. Bajo los dedos el cristal permanecía extrañamente cálido.
—Están solos allí —susurró Heather—. Si les amenaza aunque sea algo…
—Ya no decidimos nosotros —dijo George.
Lo pronunció con calma, sin intentar consolar a nadie.
—La casa no nos retiene —George observaba la escarcha—. Solo nos hacen entender: ahora somos espectadores.
—¿Espectadores? —Logan golpeó con fuerza el marco de la puerta. Un pinchazo le recorrió la muñeca, pero ni siquiera parpadeó—. ¡Mi hijo tiene doce años! No voy a quedarme de brazos cruzados mientras él…
—No sabes nada —dijo George con frialdad—. Esta oscuridad no escucha gritos.
—¡Sé que debíamos haberlos protegido! —gritó Heather, alzando la voz por primera vez esa noche—. Y en lugar de eso… los dejamos ir.
Mary se acercó a la pared y pasó la palma por el dibujo negro. Sus dedos se cubrieron de escarcha al instante.
—Nos siente —dijo, mirando sus dedos.
La habitación se quedó más silenciosa. Victor escrutó la pared y notó un leve pulso. La escarcha se contraía y dilataba, imitando un latido ajeno.
Mary se volvió hacia George.
—Has dicho «nos hacen entender». ¿Quién?
El anciano se pasó la mano por el rostro, deteniéndose en la sien.
—Hace mucho tiempo —comenzó—, la magia no obedecía a hechizos. Era el aliento mismo de la realidad.
Sus palabras surgieron de lo profundo, sin prisa por volver al presente.
—Aquellos a quienes después llamaron magos no eran más que conductos de esa voluntad. Pero entonces llegaron quienes intentaron encajonarla, convertir la energía primordial en una herramienta conveniente.
La escarcha negra en las paredes destelló con un brillo profundo, aterciopelado. El dibujo se volvió más nítido por un instante, y por la habitación pasó un suspiro ligero y helado.
—Y ahora esa fuerza despierta de nuevo —la voz de George se endureció como metal—. Va en contra del orden que se acerca a los mundos y se manifiesta de formas distintas: susurros, símbolos, sueños… solo para encontrar a aquellos en cuyas venas aún corre su chispa.
Se calló.
Heather se acercó despacio a su suegro.
—Entonces… ese aullido y los signos que vio Andrew… ¿todo es real?
—Sí —respondió George sin vacilar—. La fuerza lo llamaba. Lo preparaba. Buscaba un camino directo a su alma mientras todos intentabais convencer al niño de que eran solo fantasías infantiles.
Logan palideció. Los hombros se le hundieron como tras un golpe.
—Yo mismo le decía que se lo inventaba —susurró—. Que todo estaba en su cabeza, no fuera.
George miró a Logan y a Victor.
—Supongo que quisisteis protegerlo de las historias sobre mí. Del abuelo extraño que hablaba de mundos inexistentes y desaparecía constantemente. No os culpo. Eleanor y yo también nos equivocamos pensando que el silencio era el mejor escudo.
—¿Mamá? —Victor se apartó de la pared, el rostro desencajado—. ¿Entonces no nos abandonó?
George apretó los labios.
—Ella lo dio todo para que sus hijos crecieran en un mundo donde no hubiera que creer en la magia. —Suspiró pesadamente—. Veo que la carta suya nunca la leísteis.
A Victor se le secó la boca. Durante años había vivido con una única verdad: su madre se fue y no volvió. Esa versión se resquebrajó en un instante.
Logan se quedó inmóvil. Sus ojos se clavaron en la salida a la terraza.
—Está ahí fuera —dijo, señalando la puerta y poniéndose en pie de golpe.
Victor lo sujetó por el brazo.
—¿Qué haces? ¿Olvidaste? Ahí solo hay oscuridad.
En ese momento llegó desde el pasillo un leve roce. En el umbral del salón apareció Mary, sosteniendo un sobre arrugado y ligeramente húmedo.
—Si os referís a esto… está aquí —dijo—. Lo encontré en la terraza cuando recogía.
Mary le tendió la carta a Logan.
—Ábrela —lo apremió Heather.
Logan no extendió la mano de inmediato. El sobre temblaba en el aire: una fina frontera entre su pasado y lo que aguardaba al otro lado de la cortina. La posibilidad de cambiar algo estaba del otro lado de la penumbra. Ahora solo quedaba escuchar y esperar a que la carta hablara por sí sola.