El Sello del Renacer

Capítulo 20: El reflejo del tiempo

Logan estaba junto a la chimenea cubierta de escarcha negra, apretando la carta entre las manos. El sobre estaba húmedo y la tinta se había corrido hacia fuera. No se decidía a romperlo: no por miedo, sino por una extraña sensación casi supersticiosa, como si al abrirlo destruyera lo último que aún mantenía la casa en pie.

Todos se habían quedado inmóviles, esperando. Incluso George, siempre contenido, miraba ahora el sobre con una atención rara, casi reverente.

—Léela —dijo Victor con voz ronca.

Logan rasgó el borde del sobre y desplegó la carta. El papel crujió como hielo fino. La letra de su madre se extendía irregular, pero en cada trazo se sentía la calma de quien había tomado una decisión mucho tiempo atrás.

«Victor, Logan…

Si estáis leyendo esto, significa que el tiempo ha elegido por sí mismo. Seguramente seguís buscando una explicación, pero no la habrá… al menos no como la esperáis. A veces, para proteger, hay que soltar. Lo entenderéis cuando tengáis hijos propios, cuando el miedo por ellos sea más fuerte que el deseo de retenerlos. No juzguéis con dureza a vuestro padre. Él sabe más de lo que puede decir, y lleva ese saber como un castigo. Lo que parece separación suele ser el comienzo de un camino, y la elección… siempre exige un sacrificio. Vosotros hicisteis la vuestra, yo la mía, y pronto les llegará el turno a ellos. Cuidad la memoria. Todo lo demás son solo reflejos.

P. D. Logan, no dejes de arreglar relojes viejos. Victor, no temas a las alturas. Siempre supe que llegaríais hasta las estrellas.»

No había firma, solo una mancha apenas visible, como la huella de una palma.

Logan bajó la carta. Nadie se movió.

La escarcha en las paredes cobró vida y empezó a trepar, uniéndose en líneas luminosas complejas. Se reunían hacia el techo, entretejiéndose en un dibujo imposible de abarcar entero. Por un instante, todo alrededor se llenó de un tintineo suave.

Heather se llevó la mano al pecho.

—¿Y ahora qué…? —su voz apenas se oía.

George se levantó del sillón y se acercó a la familia.

—Esperar —dijo—. Esta casa es ahora el hilo que los une. Mientras siga en pie, el camino permanece abierto.

La cortina oscura tras las ventanas se arremolinó de repente. En ese mismo instante, los dibujos en las paredes destellaron y se desmoronaron en polvo negro.

El vacío se cerró. En algún lugar al otro lado de su frontera, el tiempo dio otro paso.




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