El Guardián se volvió, alerta. A través de las paredes pasó un breve pulso mágico.
—Ha llegado el momento —dijo, y se quitó del cuello un pesado medallón.
Veronica se acercó. Dio la vuelta al colgante en la palma: la mitad oscura de un corazón pesaba con gravedad, y líneas plateadas se hundían en la profundidad del metal, formando un signo indescifrable.
—Es muy parecido al amuleto de Moranda —dijo pensativa—. El que llevaba en la pradera.
El Guardián asintió.
—Es su mitad —respondió—. El Amuleto del Eclipse captaba las distorsiones en la magia: grietas, rastros de poder ajeno, lugares donde la realidad se adelgaza. Para vosotros será una brújula, si os acepta.
Andrew se tensó.
—¿Entonces usted y ella estaban unidos?
El Guardián bajó la cabeza.
—Nos elegimos mucho antes de tomar partido.
En sus ojos brilló ese dolor que no se comparte con quienes solo fueron compañeros.
Con un movimiento lento, el Guardián pasó la cadena con el colgante alrededor del cuello de Veronica. La niña se estremeció. El calor del medallón se desplegó desde dentro, como si no la calentara, sino que la reconociera. Por un instante sintió paz.
El amuleto se aquietó.
Solo entonces Veronica comprendió que respiraba.
—¿Entonces… entre vosotros hubo algo más?
Las palabras salieron entrecortadas. Veronica sentía más de lo que podía expresar.
El Guardián se pasó la mano por el rostro, como borrando una visión.
—Nuestra unión se rompió el día en que Moranda usó por primera vez el Amuleto del Eclipse para «corregir» una tormenta mágica. No la suavizó: la cortó de la realidad, dejando un vacío inmóvil.
A Andrew se le secó la boca. En su imaginación los magos discutían con hechizos, no a costa de mundos.
—¿Y usted no intentó detenerla? —se le escapó.
Los hombros del anciano se hundieron ligeramente.
—¿Me preguntáis por qué no la detuvimos? —Miró a los niños—. Creedme, lo intenté, y por esa tentativa tuve que comparecer ante los Guardianes del Horizonte. Me mostraron que mi intervención podía romper el equilibrio.
El Guardián calló. Cuando volvió a hablar, la voz era más baja:
—Nosotros, los Guardianes, podemos señalar el camino, pero no recorrerlo por quien está destinado a hacerlo.
—¿Y quién está destinado? —preguntó Andrew.
—Aquellos que no están atados por juramentos y cuyo corazón aún es libre para elegir.
Veronica apretó el amuleto en la palma sin darse cuenta. De pronto sintió lástima por aquel extraño anciano que había arrastrado su culpa a través de siglos. Andrew permanecía en silencio, pero en sus ojos había una comprensión nueva: ya no veía ante sí a un mago todopoderoso, sino a un hombre que había errado y ahora intentaba enmendar el pasado con manos ajenas.
El Guardián se acercó a la pared vacía y alzó las manos. Las piedras se deslizaron, formando un arco lleno de niebla plateada que giraba. El aire lanzó un aullido prolongado.
—Ahora ha cambiado —susurró Veronica.
El Guardián contuvo la respiración.
—El portal se abrirá solo un instante —gritó por encima del creciente rugido—. Buscad huellas. Escuchad al amuleto y confiad el uno en el otro.
—¡Id! —su voz se quebró en el estruendo.
Andrew tomó la mano de Veronica y dieron un paso adelante. La luz quemaba, pero no cegaba; atravesaba los párpados y llegaba directo al alma. Lo último que sintió Veronica fue cómo desaparecía la frontera entre sus palmas.
La niebla plateada se disipó. La pared se cerró. El Guardián se quedó largo rato mirando el lugar donde habían estado los niños.
—Cumplí la promesa, Ora… —susurró, cerrando los ojos—. Perdóname porque irán más lejos de lo que debimos ir nosotros.
Su figura se inmovilizó; por la túnica corrieron ondas doradas. Luego el cuerpo empezó a desvanecerse lentamente, convirtiéndose en una bruma pálida.
Las chispas de la grieta quedaron suspendidas en el aire y se deslizaron despacio hacia donde ya las esperaban.