Lugar: La Dimensión del No-Tiempo. Prisión personal de Verch.
No había amaneceres en aquel lugar. Solo existía una eternidad estática, un silencio violeta que pesaba sobre los hombros más que cualquier armadura de plomo.
Arthoriuz Tower colgaba de cadenas forjadas con sombras solidificadas. Su cuerpo, una vez una montaña de músculos capaz de portar la esencia de la Guerra, era ahora un mapa de cicatrices y huesos prominentes. Décadas. Habían pasado décadas en el mundo real, aunque allí el tiempo se sentía como un solo día interminable de agonía.
Pero sus ojos… sus ojos seguían intactos. No había locura en ellos, solo una paciencia glaciar.
El sonido de pasos resonó en el vacío. Pasos que no tocaban el suelo, sino que parecían ordenar a la realidad que se acomodara bajo ellos. Verch, el Lucero Caído, emergió de la penumbra. Su belleza era dolorosa de mirar; una perfección tallada en mármol frío, con alas que parecían tejidas con la noche y venas que brillaban con luz estelar robada.
—Sigues vivo —dijo Verch. Su voz era música, pero una música disonante, hecha para herir—. Tu resistencia empieza a ser insultante, humano.
Arthoriuz alzó la cabeza lentamente. La sangre seca en sus labios se quebró cuando sonrió.
—Y tú sigues viniendo a verme —respondió, su voz áspera como grava arrastrada por el río—. ¿Tan aburrida es la divinidad, muchacho? ¿O es que nadie más quiere escucharte hablar?
El rostro de Verch se tensó. Con un movimiento de su dedo, una lanza de energía invisible golpeó las costillas de Arthoriuz. El crujido de hueso resonó seco, pero el prisionero no gritó. Solo exhaló, cansado.
—No me provoques, granjero —siseó Verch, flotando hasta quedar a centímetros del rostro del anciano—. Vengo a ofrecerte misericordia. El mundo que conocías ha cambiado. Mi Sello Falso ha hecho su trabajo. La humanidad está siendo purgada. Tus amigos… tus "Jinetes"… están rotos.
Verch rodeó al prisionero, sus alas rozando la piel magullada de Arthoriuz como cuchillas de seda.
—Te aferras a la memoria de ella como un escudo. Piensas que sufriste por una causa noble. Pero vives en una mentira, Arthoriuz.
El ángel caído se detuvo frente a él, saboreando el momento.
—Esa mujer… la que llamabas esposa… la madre de tu hijo. Nunca fue una refugiada. Nunca fue humana. Ella era la Primera Caída. La Reina del Abismo. —Verch sonrió, esperando ver el horror en los ojos del hombre—. Dormiste cada noche con el monstruo al que el universo entero teme. Engendraste un hijo con la Bestia. Si hubieras sabido la verdad, habrías huido despavorido. Toda tu vida fue un chiste.
Hubo un silencio. Largo. Pesado.
Y entonces, Arthoriuz se rio.
Fue una risa seca, débil, pero cargada de una burla tan genuina que hizo retroceder a Verch un paso.
—¿Crees… crees que no lo sabía? —murmuró Arthoriuz, escupiendo un coágulo de sangre.
Verch parpadeó, su sonrisa vacilando. —¿Qué?
—Lo supe desde el primer invierno —dijo el anciano, clavando su mirada en el ser divino—. La vi curar una herida mortal con fuego, no con vendas. Vi sus alas proyectarse en la sombra de la pared cuando creía que yo dormía. Vi la oscuridad que cargaba, Verch. Pesaba más que el cielo.
Arthoriuz se impulsó hacia adelante tanto como las cadenas se lo permitieron, su rostro a centímetros del de su captor.
—Y aun así, ella elegía despertar cada mañana y hornear pan. Elegía sonreír. Elegía amar a un mortal con las manos sucias de tierra y a un niño que lloraba por las noches. Yo no dormía con un monstruo, "hijo". Yo dormía con una diosa que renunció a su trono porque prefería ser humana a ser… lo que tú eres.
La expresión de Arthoriuz se endureció, transformándose en acero puro.
—Ella me eligió a mí. Un simple hombre. Y a ti… a ti te dejó atrás. Te dejó con tu padre y con toda tu gloria vacía.
La explosión de poder fue instantánea.
—¡CÁLLATE!
Verch rugió, y la onda expansiva estrelló a Arthoriuz contra la pared invisible de su celda. El dolor fue cegador, pero el viejo guerrero mantuvo la sonrisa. Había ganado. Había encontrado la grieta en la armadura del dios. Los celos. El abandono.
Verch respiraba agitado, su forma perfecta parpadeando, revelando por un segundo una figura monstruosa de luz y tinieblas. Odiaba a ese humano. Lo odiaba más que a nada en la creación. No porque fuera débil, sino porque tenía lo único que Verch nunca pudo conquistar: el amor de su madre.
—Si tanto amas su patética humanidad —dijo Verch, recuperando su frialdad con un esfuerzo visible—, entonces ve.
El ángel alzó una mano y la realidad se rasgó. Un portal se abrió, mostrando no un prado verde, sino un cielo rojo, ruinas humeantes y un horizonte de pesadilla.
—Ve al mundo que ella intentó proteger. Ve y busca a tu hijo, a mi… "hermanito" Ron. —La voz de Verch goteaba veneno—. Míralo bien, Arthoriuz. Porque he corrompido su sangre. He convertido su precioso legado en la llave de la destrucción. Ve y muere viendo cómo tu hijo termina lo que yo empecé.
Las cadenas se disolvieron.
Arthoriuz cayó al suelo, sus piernas entumecidas apenas respondiendo. Pero se obligó a ponerse de pie. No se arrastraría frente a él. Jamás.
Caminó hacia el portal, hacia el calor abrasador del apocalipsis. Antes de cruzar, se detuvo y miró a Verch por encima del hombro.
—Ron no es como tú —dijo Arthoriuz—. Él tiene algo que tú nunca tendrás. Él sabe lo que es ser amado.
Arthoriuz cruzó el umbral. El portal se cerró. Y en la oscuridad de su prisión, el ser más poderoso del universo gritó de pura rabia, solo y abandonado una vez más.
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Editado: 11.03.2026