El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 1: Un Mundo en Cenizas

El fin del mundo no había tenido la decencia de ser rápido.

No hubo un relámpago cegador que borrara el sufrimiento en un instante, ni un fuego purificador que dejara una pizarra en blanco. La detonación del Falso Sello a manos de Odrac había sido una exhalación pútrida, una marea de energía oscura que se arrastró por los continentes como una infección en la sangre de la tierra.

Dos meses después, el cielo sobre el Epiro del Oeste seguía sangrando.

Las nubes, gruesas y cargadas de una estática antinatural, habían adquirido un tono cobrizo, un rojo enfermizo que convertía el mediodía en un perpetuo crepúsculo. La lluvia ya no limpiaba; caía pesada, manchando la piedra y marchitando las hojas más débiles con su acidez sorda.

Oculto bajo el dosel impenetrable de la selva austral, donde los árboles milenarios entrelazaban sus raíces como dedos nudosos protegiendo un secreto, se encontraba el refugio «Esperanza Rota». El nombre no era un alarde de dramatismo, sino un crudo inventario de lo que habitaba en su interior. Antaño, había sido una fortaleza olvidada de la Primera Era, una estructura de basalto y obsidiana devorada por el musgo. Ahora, era el último santuario de la Hermandad Adelfuns y de lo que quedaba de la resistencia humana.

El sonido rítmico del metal contra el metal resonaba en las profundidades de la caverna principal.

Clang. Clang. Clang.

No era el sonido de un herrero forjando armas para la guerra. Era el sonido de un hombre intentando golpear su propio dolor hasta darle una forma que pudiera comprender.

Alcorth, el Jinete de la Guerra, estaba de pie frente a un yunque improvisado con el bloque de un motor destrozado. Su torso desnudo, cruzado por gruesas cicatrices y surcado por el sudor mezclado con hollín, brillaba a la luz anaranjada de la fragua. Sus músculos, tensos como cables de acero, se contraían con cada martillazo.

Clang.

La marca en su pecho, aquella que lo unía a la esencia de Ragnar y al concepto mismo del conflicto, latía débilmente, como un corazón enfermo. Alcorth no estaba usando sus poderes. Estaba usando pura fuerza bruta, levantando un martillo de hierro fundido que habría quebrado las muñecas de cuatro hombres normales, dejándolo caer sobre una plancha de acero incandescente.

No estaba forjando una espada. Estaba aplanando el acero hasta convertirlo en polvo, destrozándolo una y otra vez, porque destrozar cosas era lo único que sentía que aún podía hacer bien.

—Vas a romper el yunque, Mastodonte.

La voz, suave pero cargada de una fatiga inmensa, provino de las sombras cerca de la entrada de la caverna.

Alcorth detuvo el martillo en el aire. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones pesadas. El eco de los golpes tardó unos segundos en morir contra las paredes de piedra húmeda. Lentamente, bajó el arma y se giró.

Allí estaba Alice. El Jinete de la Peste.

Ya no llevaba las ropas inmaculadas de antaño, ni había rastro de la fragilidad que alguna vez la caracterizó. Vestía una armadura ligera de cuero endurecido, manchada de barro y sangre seca. Su cabello caía suelto, desordenado, y bajo sus ojos se marcaban sombras oscuras y profundas, el precio de mantener a raya la corrupción demoníaca que intentaba infiltrarse en los heridos del refugio día tras día.

—Que se rompa —gruñó Alcorth. Su voz sonaba áspera, como si no hubiera hablado en días—. Ya todo lo demás está roto, Alice. Un pedazo de hierro menos no hará diferencia.

Alice avanzó hacia la luz de la fragua. A pesar del agotamiento, se movía con una gracia silenciosa. El poder de Mara latía en ella, no como una enfermedad, sino como una comprensión absoluta de la decadencia. Sabía exactamente cuántas horas de sueño le faltaban a Alcorth; podía "ver" la fatiga microcelular en sus músculos y la herida abierta en su alma, una herida que no supuraba sangre, sino culpa.

—Los exploradores regresaron del cuadrante norte —informó ella, ignorando su comentario derrotista. Cruzó los brazos sobre su pecho, buscando un calor que la fragua no lograba proporcionarle—. Sector siete y ocho.

Alcorth tomó un trapo mugriento y se limpió la cara. —¿Qué encontraron?

—El mundo que Mizarth intentó salvar es un mosaico de pesadilla —respondió Alice, y la simple palabra pareció bajar la temperatura de la cueva—. La onda no afectó a todos por igual, Alcorth. Algunos... simplemente se evaporaron. Otros se transformaron instantáneamente en esas Abominaciones sin mente que Odrac controla, agrupándose en colmenas donde antes había ciudades. Pero hay informes de cosas peores: enclaves fortificados donde los demonios con pensamientos propios, perversos y crueles, esclavizan a lo que queda de la humanidad. Hay ciudades donde la gente es deforme, marcada por la corrupción, pero que intentan sobrevivir sin volverse malvados, viviendo junto a humanos que no fueron afectados. Y otras... otras siguen siendo puramente humanas, rodeadas por muros, viviendo con miedo. Es un caos fragmentado.

Alcorth arrojó el trapo al suelo. La ira, una furia sorda y familiar, comenzó a burbujear en su interior, pero rápidamente se extinguió, ahogada por una marea de impotencia. Caminó hacia una mesa de trabajo llena de piezas de armas desmontadas y se apoyó pesadamente en ella, mirando al vacío.

—Que vengan —murmuró—. Que vengan todos. Los destrozaré con mis propias manos hasta que me ahogue en su sangre.

Alice se acercó lentamente y apoyó una mano sobre el enorme brazo del guerrero. El contacto físico fue un ligero choque en la penumbra.

—No puedes matar al dolor matando monstruos, Alcorth —dijo ella en un susurro.

El guerrero cerró los ojos con fuerza. La imagen asaltó su mente, nítida y brutal, exactamente igual que cada vez que parpadeaba durante los últimos sesenta días. Mizarth. Su hermano pequeño. La armadura de neón azul apagándose. La Lanza Sagrada cayendo de sus manos. La sonrisa triste en sus labios pálidos.




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