El aire en el centro de mando pesaba como plomo. Kandros soltó el interruptor del micrófono como si el metal de la consola estuviera al rojo vivo. Había respondido con un simple: «Aquí Esperanza Rota. Te escucho, mi General», pero su voz, curtida por décadas de matanzas y cicatrices, se había quebrado en la última sílaba.
A través del ruido blanco de la transmisión, se escuchó una risa seca y cansada. Era el sonido de un fantasma que se negaba a permanecer enterrado.
—Sigues vivo, Kandros —respondió la voz de Arthoriuz, distorsionada por las interferencias arcanas pero cargada con esa autoridad innegable que alguna vez unió a toda Chuugi—. Eres demasiado terco para morir en el fin del mundo. Escucha bien. El tejido de esta realidad está... inestable. No tendré esta frecuencia abierta por mucho tiempo.
—¡Markethe, rastrea esa señal! —ladró Kandros, recuperando instantáneamente su compostura de líder. El luto podía esperar; la táctica no.
El último General Supremo de la Hermandad no necesitó que se lo repitieran. Markethe ya estaba tecleando furiosamente sobre la consola rúnica, sus ojos color mostaza reflejando el brillo frenético de las pantallas.
—Kandros, escúchame —continuó Arthoriuz, su respiración denotando un esfuerzo físico extremo—. No estoy en el plano terrenal del todo. Me arrastré fuera de la prisión del No-Tiempo, pero caí en los márgenes de la anomalía de la onda. Estoy en la Frontera de Ceniza, al borde del sumidero energético de Odrac. Traigan transporte blindado. Hay... cosas cazando en esta niebla.
La estática engulló la frecuencia con un chillido violento. La conexión se había cortado.
—¡La perdí! —exclamó Markethe, golpeando la mesa de obsidiana—. Los filtros colapsaron por la saturación de energía oscura en el ambiente.
—¿Tienes las coordenadas? —exigió saber Alcorth. El Jinete de la Guerra había avanzado un paso, sus ojos amenazando con volverse de ese rojo escarlata primordial que delataba la presencia de Ragnar. Sus enormes músculos, aún cubiertos de hollín de la forja, estaban en tensión máxima.
—Sí. Cuadrante Noreste —confirmó Markethe, proyectando un punto parpadeante en el mapa holográfico—. Sector de los Páramos Negros. Es la frontera directa con la Dimensión del Eco.
El nombre del lugar cayó como una sentencia de muerte en la sala. La Dimensión del Eco era el lugar donde la realidad se había rasgado, el abismo al que Ron había sido arrojado.
—Yo iré.
La voz femenina cortó el tenso murmullo de la sala como una cuchilla de hielo.
Desde las sombras periféricas del centro de mando, avanzó Valend. La hija mayor de Ron ya no tenía la mirada brillante de una joven promesa; sus ojos cargaban la dureza de un soldado veterano. Llevaba su arco cruzado a la espalda, y aunque el aire en la caverna estaba quieto, una suave brisa sobrenatural parecía ondear los bordes de su capa, un eco involuntario de su dominio sobre el elemento Aire.
Todos en la sala conocían el peso que destrozaba el alma de Valend. Había sido ella quien, en el momento más oscuro de la Isla Patmus, lideró a sus hermanos —Citlali, Lys, Tina e Ikuel— para desterrar a Ron a esa misma dimensión cuando la corrupción del Falso Sello lo transformó en "El Destructor". Valend no solo había perdido a su padre; ella misma había tenido que apretar el gatillo metafórico.
—Es el abuelo —dijo Valend, clavando su mirada desafiante en Kandros—. Es mi sangre. Y si está cerca de la fisura de papá... no voy a quedarme esperando bajo tierra.
Un paso pesado resonó detrás de ella. Ghom, el inmenso guerrero y pareja sentimental de Valend, se colocó a su lado. No dijo una sola palabra. No lo necesitaba. Ghom cruzó sus gruesos brazos sobre su pecho, cubierto por su pesada armadura defensiva, dejando claro que a donde fuera ella, él llevaría su escudo.
—No irás sola, niña —rugió Alcorth, agarrando el mango del gigantesco martillo que había dejado caer antes—. Markethe, prepara a los Zetas. Haremos un cráter en esos Páramos Negros.
—Tú no cruzarás ese velo, Mastodonte.
La orden no vino de Kandros, sino de una figura elegantemente letal enfundada en una armadura blanca y plateada con circuitos de neón amarillo. Alice. La Jinete de la Peste.
Alcorth se giró, furioso. —¿Me estás diciendo que me quede sentado mientras el padre de Ron, la leyenda más grande de nuestra historia, está rodeado de engendros ahí fuera? ¡Es el puto Arthoriuz!
Alice avanzó, su cabello cobrizo enmarcando un rostro endurecido por las tragedias recientes. Colocó una mano enguantada en el pecho del gigante.
—Te estoy diciendo que si sales de Esperanza Rota y desatas la furia de Ragnar, Odrac y Lilith te olerán a cien leguas de distancia —sentenció Alice, su voz pragmática y fría—. Verch no está cazando refugiados, Alcorth. Nos está cazando a nosotros. A los Cuatro.
—Ella tiene razón.
La voz cansada provino del centro de la bóveda. Ëadrail Adanahël se puso en pie lentamente. Su armadura negra con detalles de neón morado parecía opaca en la penumbra. El Jinete de la Conquista y canalizador del alma de Brennus estaba pálido, casi translúcido por el esfuerzo.
—Mis escudos apenas pueden enmascarar la firma de los humanos normales —explicó Ëadrail, pasándose una mano temblorosa por el cabello oscuro—. Si los tres Jinetes salimos juntos... el pulso de poder sagrado hará estallar mis ilusiones. Sería como encender una bengala en medio de la noche para que la madre que me parió venga a matarnos.
Mencionarlo dolió. Ëadrail no solo cargaba con la responsabilidad del escudo, sino con la maldita verdad de su linaje: ser el hijo biológico de Lilith y de Verch, los mismos monstruos que habían roto el mundo.
—Los Jinetes se quedan a proteger la retaguardia —dictaminó Kandros con autoridad final. Su mirada pasó hacia un anciano de aspecto sereno pero firme, que a pesar de haber despertado de su coma hacía poco, mantenía el porte de un rey exiliado—. Lord Nor. Maestro Sagga. El refugio es suyo hasta que regrese.
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Editado: 31.03.2026