El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 3: El Concilio de Ceniza

El sonido de las bóvedas principales de Esperanza Rota sellándose fue más que un ruido mecánico; fue el martillazo final sobre el ataúd del viejo mundo.

Siete esclusas de titanio macizo y sellos rúnicos de contención se cerraron una tras otra con quejidos hidráulicos que hicieron temblar la piedra de la caverna. Con cada cerrojo que encajaba en su lugar, la luz natural, ya de por sí un recuerdo pálido bajo el cielo de ceniza, quedaba desterrada. Ahora, la supervivencia de la Hermandad Adelfuns dependería de la luz artificial, de los purificadores de oxígeno y de una paciencia forjada en el dolor.

En el centro de mando, la penumbra solo era rota por el resplandor de la gran mesa holográfica. El mapa del mundo flotaba sobre la obsidiana, pero ya no mostraba las fronteras orgullosas de Cawdor, Neipoy o Yurei. Era una herida abierta, palpitando en tonos rojos y morados donde la corrupción de Odrac se había arraigado.

Arthoriuz Tower ocupaba la cabecera. Se había despojado de los restos de su armadura destrozada en el Páramo Negro y vestía una túnica táctica oscura de la Hermandad. Su sola presencia parecía llenar el vacío que la ausencia de Ron había dejado, pero la gravedad en sus ojos dejaba claro que él no estaba allí para consolar a nadie.

—Estamos enterrados, pero no estamos muertos —comenzó Arthoriuz, su voz resonando con una autoridad que exigía la atención absoluta de cada líder presente—. El reloj de arena del Séptimo Amanecer ha comenzado a vaciarse. Tenemos ochenta y cuatro meses. Cada día que pasen en esta cueva sin sangrar en el entrenamiento, es un día que le regalan a Verch.

Kandros, de pie a la derecha de su mentor, asintió lentamente. —Los recursos están racionados, General. Los purificadores de agua y los jardines hidropónicos aguantarán la década si mantenemos la población estrictamente militar. Pero tenemos un problema táctico insalvable.

El antiguo líder de Chuugi señaló el inmenso mapa holográfico.

—Estamos ciegos —intervino Markethe, sus ojos color mostaza reflejando la luz de los continentes corruptos—. La onda del Falso Sello no solo corrompió la tierra, frió las redes de satélites y los conductos arcanos de comunicación. Sabemos que Cawdor sigue en pie porque sus muros son legendarios, pero no sabemos qué está haciendo Verch en las capitales caídas. No sabemos dónde están reuniendo a sus ejércitos. Si pasamos siete años a oscuras, cuando abramos esas puertas, nos estará esperando una legión que no sabremos cómo combatir.

Alcorth gruñó, cruzando sus enormes brazos sobre el pecho. Los circuitos rojos de su armadura parpadearon, respondiendo a la frustración del Jinete de la Guerra. —Entonces mandamos patrullas. Quzury, los Zetas y yo podemos hacer incursiones rápidas...

—Y morirán antes del segundo kilómetro —lo interrumpió una voz suave, pero afilada como el cristal.

Todos giraron hacia el fondo de la sala. Ëadrail Adanahël se separó de las sombras. La iluminación de neón morado de su armadura cyberpunk parecía absorber la poca luz de la habitación. El Jinete de la Conquista caminó lentamente hacia la mesa holográfica, sus ojos grises clavados en las zonas oscuras del mapa.

—Tus músculos no te servirán de nada contra la red de vigilancia de Lilith, Mastodonte —dijo Ëadrail, apoyando las manos enguantadas sobre el borde de la mesa—. Si envían escuadrones humanos, los olerán. Si envían Jinetes, el poder sagrado los delatará como faros en la noche.

—¿Y qué propones, Conquista? —preguntó Alice. La Jinete de la Peste lo miraba con esa mezcla indescifrable de desconfianza y la profunda conexión que solo ellos compartían—. ¿Nos quedamos esperando a que la información llueva del techo?

Ëadrail levantó la mirada y se encontró con los ojos de Arthoriuz. El silencio del joven estratega era pesado, cargado con el estigma de su propia existencia. Tragar su orgullo y abrazar lo que era representaba un sacrificio mayor que arrojarse a una espada.

—Verch es arrogante —habló Ëadrail, cada palabra calculada—. Su promesa de un nuevo orden bajo el Falso Sello atrae a los fanáticos, pero el inframundo no es un ejército unificado. Hay demonios primordiales que desprecian ser gobernados por un "dios coronado". Hay Nephilim e híbridos en las ruinas que solo quieren sobrevivir, no arrodillarse.

Kandros entrecerró los ojos, comprendiendo la dirección de la estrategia. —Mercenarios. Disidentes.

—Exacto —confirmó Ëadrail—. Pero esa escoria no hablará con humanos, y mucho menos con la Hermandad Adelfuns. Solo responderán ante alguien que hable su idioma, que entienda sus sombras... y que comparta su sangre.

Alcorth dio un paso al frente, la ira deformando sus facciones. —¿Estás loco? ¿Quieres usar el linaje de los monstruos que mataron a mi hermano para hacer tratos en la oscuridad? ¡Eres el hijo de Verch y Lilith! Si extiendes tu influencia hacia los renegados, te corromperás antes del primer año.

—¡Esa es mi carga, no la tuya! —estalló Ëadrail. Su voz, normalmente controlada y sedosa, vibró con el poder latente de Brennus. Las sombras en los rincones de la sala se alargaron por un segundo—. No me gusta lo que corre por mis venas, Alcorth. Odio a la madre que me parió y desprecio al bastardo de mi padre biológico. Pero si mi corona oscura es lo único que puede comprar los ojos y los oídos que necesitamos en el exterior... me la pondré.

El silencio cayó sobre la sala de mando, tan denso que se podía escuchar el zumbido eléctrico de la mesa holográfica. Todos miraron a Arthoriuz, esperando la sentencia del General Supremo.

El patriarca de la familia Tower estudió a Ëadrail. Vio más allá del orgullo herido del joven; vio el sacrificio de un rey dispuesto a caminar por el fango para salvar a su pueblo.

—Una red de espionaje construida con herejes, monstruos y traidores —murmuró Arthoriuz, evaluando el mapa—. Peligrosa. Inestable. Totalmente impredecible.

Arthoriuz levantó la mirada y asintió una sola vez.




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