El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 4: El Amanecer Roto

Siete años de ceniza pueden enterrar un imperio, pero no pueden apagar una promesa.

El bastión sur de Cawdor, alguna vez la joya arquitectónica del Reino de la Justicia, se había convertido en un inmenso ataúd de cristal. El escudo arcano del Rey Aedius seguía en pie, cubriendo la ciudadela como una cúpula translúcida, pero su luz dorada había palidecido hasta convertirse en un zumbido eléctrico, cansado y constante. Había resistido ochenta y cuatro meses de bombardeos ininterrumpidos. Podía resistir un año más, quizás dos, pero la victoria de Verch no iba a ser quebrar el cristal; iba a ser matar de hambre y desesperación a los que estaban adentro.

En lo alto de la torre norte del bastión, Mirve apretaba un fusil de plasma sobre la almena. Tenía el rostro manchado de pólvora, los ojos hundidos y los labios agrietados por el racionamiento de agua.

Más allá del escudo, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista en el Páramo Rojo, el ejército de Odrac esperaba. No atacaban con furia ciega todos los días. A veces, simplemente se quedaban allí: un mar de criaturas deformes, caparazones óseos y fauces babeantes, apilando los cadáveres de sus propios caídos para construir montañas de putrefacción que ya rozaban la mitad de la altura de la muralla.

—Ahorren baterías térmicas —ordenó el comandante de la guarnición, un veterano al que le faltaba medio brazo, caminando lentamente por la pasarela—. No disparen a menos que una de esas bestias pesadas intente golpear la barrera. Tenemos que hacer que las reservas duren hasta el invierno.

Mirve bajó el arma, exhalando un suspiro tembloroso. Cerró los ojos un instante y su mente viajó a un recuerdo de siete años atrás, al gigante de ojos escarlata que le había prometido que el mundo no terminaría así. Era el único pensamiento que evitaba que saltara al vacío.

De repente, un gruñido colectivo y perturbador se elevó desde las llanuras.

Mirve abrió los ojos y miró a través de la barrera de energía. Los demonios de la vanguardia no estaban mirando hacia las murallas de Cawdor. Estaban girando sobre sí mismos, mirando hacia su propia retaguardia, hacia la espesa niebla de ceniza que cubría el horizonte.

Algo estaba masacrando las líneas traseras del asedio.

No hubo alarmas previas. El cielo rojo sangre sobre las llanuras se oscureció abruptamente, como si una mano invisible hubiera apagado el sol. Las nubes tóxicas comenzaron a girar en un vórtice antinatural, descendiendo como el embudo de un huracán negro justo sobre el centro de la horda demoníaca.

Un silbido agudo, como el de mil guadañas cortando el viento, rompió el aire.

Cientos de flechas de madera oscura, envueltas en tornados de energía comprimida, llovieron desde el interior del vórtice. Cada proyectil que tocaba el suelo detonaba como una bomba de vacío. No hubo fuego ni explosiones de plasma; solo la presión del aire multiplicándose de golpe, desmembrando a decenas de bestias a la vez y enviando sus restos triturados por los aires.

Flotando en el ojo de la tormenta, suspendida a treinta metros de altura y fuera del alcance de cualquier bestia, estaba Valend Tower.

Llevaba una armadura ligera y aerodinámica de cuero oscuro y tela balística que ondeaba con la tempestad que ella misma controlaba. Sus ojos brillaban con una luz blanca, implacable. El elemento Aire ya no era una herramienta para ella; era una extensión de su sistema nervioso. Con un movimiento fluido y letal, cruzó los brazos y ordenó a los vientos que barrieran el flanco izquierdo del asedio, aplastando las catapultas de carne de los demonios.

—¡Fuego de cobertura, pendejos! —Una voz humana, arrogante y teñida de humor negro, resonó entre la sangre y el caos a nivel del suelo.

Un relámpago plateado y negro atravesó la masa de bestias desorientadas. Eran los Gemelos Zeta.

Arnolf, con una sonrisa salvaje cortando su rostro pálido, hizo girar sus espadas gemelas unidas por cadenas. El arma era una licuadora de acero que destrozaba tendones y corazas a una velocidad cegadora, abriendo un pasillo de pura carnicería humana en un ejército de pesadillas. Detrás de él, Farani era el bisturí: sus espadas cortas se movían en silencio, atravesando el cerebro de los comandantes demoníacos que intentaban organizar un contraataque.

Los soldados en las murallas de Cawdor dejaron caer sus armas, boquiabiertos. Estaban presenciando la aniquilación de un ejército de asedio en tiempo récord.

Pero el verdadero terror, aquel que hizo que incluso las bestias sin mente de Verch intentaran huir tropezando unas con otras, llegó en un silencio pesado.

La tierra misma comenzó a temblar. No era un sismo; eran pisadas.

La multitud de demonios se abrió violentamente. Caminando con una calma aterradora, como un rey reclamando un territorio infestado de ratas, avanzaba Alcorth Patmus.

El Jinete de la Guerra había cambiado. Su armadura negra, cruzada por circuitos de neón escarlata, parecía devorar la luz del campo de batalla. En su mano derecha arrastraba su inmenso montante; la hoja de metal oscuro despedía un calor pasivo que derretía la ceniza a su paso. Ya no era una bestia rabiosa. Era un dios que había aprendido a usar el bisturí.

Un Comandante Demonio de clase superior, una monstruosidad de cinco metros con caparazón de magma, se interpuso en su camino, levantó su hacha llameante y rugió.

Alcorth ni siquiera detuvo su andar. Sus ojos, ahora de un rojo profundo y cristalino —el rojo de Ragnar sometido a una disciplina militar absoluta—, se fijaron en la bestia.

Con un movimiento perezoso, Alcorth levantó una mano y cerró el puño.

El suelo debajo del Comandante Demonio simplemente colapsó. Dos placas de roca sólida, afiladas y masivas, emergieron de la tierra como las fauces de una trampa para osos gigante y aplastaron a la bestia en el aire con un crujido sordo. La sangre negra salpicó la armadura del Jinete, pero él ni se inmutó.




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