El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 6: Paisajes de la Culpa

El cruce a través del espejo dimensional no tuvo sonido, pero se sintió como si mil ganchos de carnicero tiraran de sus almas en direcciones opuestas.

Cuando la luz plateada finalmente los escupió y Valend abrió los ojos, sus botas no tocaron tierra firme. Aterrizó sobre una superficie que crujía como cristal roto. A su alrededor, Ikuel, Citlali, Lys, Tina y Abus cayeron pesadamente, desorientados por un frío absoluto que atravesaba las capas de tela balística y cuero de sus armaduras.

No había viento, pero el sonido de un millar de voces susurrando lamentos indescifrables llenaba el aire.

Ikuel se puso en pie a trompicones, con la electricidad azul parpadeando erráticamente en sus nudillos, intentando iluminar la oscuridad. Pero no hizo falta. El paisaje comenzó a iluminarse por sí solo, bañado en un resplandor verde y enfermizo.

Los cinco hermanos se quedaron sin aliento.

Estaban en Chuugi. O, al menos, en el cadáver del lugar donde su padre había nacido.

Pero todo estaba horriblemente mal. La aldea no estaba construida sobre la tierra; los restos de las casas flotaban en un abismo infinito, pedazos de calles y techos de paja separados por abismos de vacío oscuro. Las casas ardían, pero el fuego no era naranja ni emitía calor. Eran lenguas de fuego Ruin esmeralda que irradiaban una escarcha letal.

Lo más perturbador era el cielo. No había nubes ni estrellas. En lo alto, dominando la inmensidad del paisaje onírico, flotaba el rostro colosal y desfigurado del Gran Maestro de la Hermandad al que Ron había asesinado en su locura, mirándolos con cuencas vacías que lloraban sangre negra.

—Por los dioses... —murmuró Citlali, apretando la empuñadura de su katana de luz—. ¿Este es el interior de su cabeza?

Valend dio un paso al frente y su bota atravesó lo que parecía ser el cadáver de un aldeano. Pero no era carne. La figura colapsó en un montón de polvo gris. A los pocos segundos, el polvo se arremolinó por sí solo, reconstruyendo a un hombre de ceniza que corrió tres pasos, levantó las manos en un gesto de terror mudo, y volvió a desmoronarse. Una y otra vez. El eco eterno del día en que Neipoy masacró su hogar.

—Las ruinas de la memoria —habló Abus, sacudiéndose el polvo invisible de su túnica impecable—. El cerebro humano es un archivo ordenado. Pero cuando lo aplastas con el peso de una dimensión, los recuerdos se convierten en metralla.

El biocaster caminó hacia el borde de la calle flotante, iluminando su propia mano con el fuego morado para contrastar con el verde tóxico del entorno.

—Escúchenme bien, príncipes —advirtió Abus, perdiendo toda su arrogancia burlona para adoptar un tono de urgencia clínica—. Esta dimensión es un organismo vivo, y nosotros somos patógenos. Su sangre Tower engañó a la puerta de entrada, pero ahora estamos en el torrente sanguíneo. Todo lo que ven aquí está forjado con la culpa de su padre. Si alteran este entorno, si atacan a un recuerdo o si se dejan dominar por el miedo... el subconsciente de Ron los detectará como una amenaza y enviará a sus glóbulos blancos a erradicarnos.

Lys, manteniendo un orbe de agua levitando sobre su palma a modo de escudo, miró hacia el centro de la aldea flotante. Allí, en la plaza principal fragmentada, un remolino de fuego verde puro se alzaba como un tornado, conectando la tierra rota con el cielo oscuro.

—El núcleo está ahí —señaló Valend, su instinto de arquera calculando la distancia entre los escombros flotantes—. Mi padre debe estar en el ojo de esa tormenta.

—Allí está El Destructor, sí —corrigió Abus, apagando su llama—. Para llegar a él, tenemos que cruzar este cementerio de ecos sin despertar a los fantasmas. Pasos ligeros. Mentes cerradas.

Ikuel miró hacia abajo, a un metro de sus botas. Una mujer de ceniza se arrastraba por el suelo, extendiendo una mano muda hacia él, repitiendo su agonía en bucle. El chico tragó saliva, obligando a la electricidad de su cuerpo a calmarse.

—Si mi padre lleva siete años viviendo en este ciclo... —murmuró Tina, sus ojos reflejando el fuego verde que no daba calor—, es un milagro que aún recuerde cómo respirar.

—En marcha —ordenó Valend, asumiendo la punta de lanza de la formación—. Citlali y Lys cubren los flancos. Ikuel en la retaguardia. Y tú, Abus, te quedas exactamente en el centro de nuestra visión. Si haces un movimiento extraño, te corto las piernas.

Comenzaron a avanzar por la primera plataforma de piedra flotante, esquivando las llamas frías y las estatuas de ceniza. El silencio era asfixiante. Apenas habían dado veinte pasos cuando el suelo bajo los pies de Abus emitió un quejido cristalino.

El rostro colosal en el cielo negro parpadeó. Y de repente, las estatuas de ceniza a su alrededor dejaron de repetir su bucle.

Cientos de figuras grises, sin rostro y con los ojos vacíos, giraron lentamente sus cabezas hacia los intrusos.
***

El crujido del suelo bajo los pies de Abus fue el detonante.

Las cientos de figuras de ceniza que poblaban los escombros flotantes de Chuugi detuvieron su bucle de agonía. Al unísono, giraron sus rostros sin rasgos hacia los intrusos. No atacaron. Simplemente levantaron sus brazos grises y señalaron al escuadrón, como testigos mudos en un juicio final.

En lo alto del abismo negro, el rostro colosal del Gran Maestro abrió su mandíbula desfigurada.

No hubo un rugido. No hubo un grito. Lo que salió de esa garganta cósmica fue un huracán continuo y ensordecedor de fuego Ruin.

La tormenta esmeralda descendió sobre las ruinas flotantes a la velocidad de un latigazo. No era un fuego natural; era una manifestación psíquica de la culpa de Ron. Cuando la primera ráfaga golpeó los restos de una cabaña de madera a escasos metros del grupo, la estructura no se carbonizó. Se congeló. La madera se cubrió de una escarcha verde y luminiscente antes de estallar en un millón de fragmentos de hielo tóxico.




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