El silencio que siguió a la tormenta esmeralda era más pesado que el huracán mismo.
En el centro del cráter abstracto que alguna vez fue la plaza de Chuugi, la columna de fuego Ruin había colapsado sobre sí misma, forjando una silueta colosal de cuatro metros de altura. El Destructor no caminó. Simplemente dejó de estar a un kilómetro de distancia y apareció, en el parpadeo de un ojo, a escasos cincuenta metros de la plataforma de piedra donde el escuadrón recuperaba el aliento.
La criatura no tenía rostro, solo un yelmo liso de obsidiana fundida que irradiaba un frío mortal y ardía con llamas verdes en las juntas de su armadura.
En su mano derecha, arrastraba una espada bastarda idéntica a la que Ron solía usar, pero forjada con el dolor cristalizado de una dimensión entera. El roce de la hoja contra las rocas flotantes no producía chispas, sino lamentos ahogados.
—¡Formación defensiva! —gritó Valend, su voz rasgando el aire helado mientras tensaba su arco a la velocidad del rayo. Una flecha envuelta en un remolino de presión atmosférica ya apuntaba al pecho de la bestia—. ¡Que no se acerque al erudito!
Pero El Destructor no atacó a Abus. No le importaba el intruso. Su único objetivo eran las cinco firmas energéticas que latían con la misma frecuencia que el alma que lo había creado. Eran anomalías en su mundo de culpa perfecta. Eran esperanza. Y la esperanza debía ser extirpada.
La monstruosidad de obsidiana levantó su espada de fuego Ruin con ambas manos. No apuntó al escuadrón. Apuntó al suelo flotante que los sostenía.
Con un rugido que sonó como el crujido del cristal bajo la presión del océano profundo, El Destructor clavó su hoja directamente en el núcleo de la isla de escombros de Chuugi.
Una onda expansiva de energía esmeralda estalló desde el punto de impacto. No fue una explosión de fuego; fue una detonación de repulsión psíquica pura.
—¡Cuidado! —aulló Ikuel, empujando a Tina justo cuando una grieta colosal partía la calle de adoquines entre ellos.
La plataforma de piedra colapsó instantáneamente, fracturándose en cinco pedazos masivos que salieron despedidos en direcciones opuestas a través del abismo negro de la Dimensión del Eco. La gravedad antinatural del lugar se apoderó de cada fragmento, alejándolos a velocidades vertiginosas.
Valend intentó usar el viento para aferrar a Lys, pero la fuerza repulsiva del impacto la empujó hacia atrás con la violencia de un martillazo en el pecho, derribándola sobre su pedazo de escombro.
—¡Valend! —El grito de Citlali se desvaneció en el eco del vacío infinito, su plataforma hundiéndose hacia la oscuridad inferior.
Ikuel y Tina fueron arrojados juntos hacia un cúmulo de casas flotantes en llamas, mientras Lys, desesperada, lanzó un látigo de agua que solo logró atrapar el borde de la túnica de Abus, arrastrando al biocaster con ella hacia un sector de la aldea sumido en la sombra absoluta.
En menos de tres segundos, el escuadrón táctico perfecto había sido desmantelado.
Valend tosió, el polvo de la ceniza llenando sus pulmones, y se obligó a levantarse sobre sus rodillas. El viento aullaba a su alrededor, pero esta vez no era suyo. Su isla de escombros flotaba aislada, alejada a kilómetros de cualquier otra estructura, ascendiendo lentamente hacia el rostro gigantesco y desfigurado del Gran Maestro que observaba desde las alturas.
Ya no podía ver el fuego blanco de Tina, ni escuchar la electricidad de Ikuel. Estaba sola.
Valend se puso en pie, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios. Comprobó el estado de su arco y de su armadura, su mente analítica luchando por sofocar el pánico primario de la separación.
—Respira —se ordenó a sí misma en voz alta, canalizando las enseñanzas de Arthoriuz—. No tienen cuerpos físicos, pero su poder está intacto. Son hijos de la guerra. Sabrán sobrevivir.
Un crujido antinatural detrás de ella la hizo girarse bruscamente, con una flecha lista en la cuerda.
El Destructor no estaba allí. En su lugar, de la ceniza grisácea que cubría los restos de la casa flotante sobre la que Valend estaba parada, comenzó a formarse una silueta. No era una bestia acorazada. Era algo mucho más cruel para la mente de la heredera del Aire.
Las cenizas se condensaron, tomando color y textura, hasta formar la imagen perfecta de un hombre alto, vestido con una armadura de cuero desgastada y una capa oscura ondeando bajo una brisa inexistente. Sus ojos, en lugar del color humano que Valend recordaba, eran fosos de fuego verde tóxico.
Ron Tower, o al menos un eco retorcido de sus días antes de caer en la locura, ladeó la cabeza y miró a su hija.
—Me dejaste pudrir aquí, Valend —dijo la manifestación de Ron. Su voz era idéntica a la real, pero destilaba un veneno amargo y acusador que apuñaló el corazón de la joven—. Me sellaste en este infierno y me dejaste pudrir durante siete años. Pensé que eras más fuerte. Pensé que eras la heredera.
La cuerda del arco de Valend tembló imperceptiblemente. La culpa, la misma culpa que había forjado esa dimensión, intentaba abrirse paso por sus defensas mentales.
La manifestación de Ron desenfundó una espada corta. La hoja se encendió en llamas esmeraldas, disipando la oscuridad del abismo a su alrededor con una luz enferma.
—Vamos a ver si mereces llevar mi nombre, niña —sentenció el eco de su padre, y con un estallido de velocidad sobrenatural, se abalanzó contra ella.
***
El eco de Ron Tower se abalanzó sobre Valend con una velocidad que rompía la barrera del sonido, la espada de llamas esmeraldas trazando un arco letal hacia su cuello.
Valend no intentó bloquear. Se dejó caer hacia atrás, usando una ráfaga de viento bajo sus botas para deslizarse por la piedra flotante. Levantó su arco y disparó tres flechas consecutivas, envueltas en tornados en miniatura, directas al pecho de la aparición.
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Editado: 31.03.2026