El abrazo que unió a la sangre Tower en el centro del salón de Kaelen's Folly duró apenas unos segundos, pero para Ron, fue como si una era glacial entera se hubiera derretido sobre sus hombros. La calidez física de sus cinco hijos, la presión de sus brazos, el olor a sudor, ozono y ceniza que desprendían sus armaduras; todo ello era un ancla de realidad en un océano de locura abstracta.
Pero la Dimensión del Eco no era un lugar diseñado para el perdón. Era una jaula de castigo. Y al haber destruido al carcelero, la jaula comenzó a colapsar sobre sí misma.
El primer síntoma fue acústico. Un chirrido sordo y omnipresente, similar al sonido del hielo continental partiéndose en dos, resonó desde las bóvedas de ferrocreto del techo falso. Luego, la gravedad perdió su brújula.
—¡Arriba! —gritó Abus, su voz carente de cualquier ironía, teñida por primera vez de una urgencia genuina—. ¡El subconsciente está purgando el entorno! ¡Si nos quedamos aquí cuando la dimensión se borre, nuestras conciencias se disolverán en el ruido de fondo del universo!
Ron intentó ponerse en pie, pero sus piernas fallaron. Siete años de tortura mental y la mutación forzada de su alma lo habían dejado vacío de bioenergía. Era un cascarón exhausto. Antes de que sus rodillas tocaran la piedra agrietada, dos pares de brazos lo sostuvieron con firmeza.
A su derecha, Valkano habría estado orgulloso de ver cómo Ikuel pasaba el brazo de su padre sobre sus hombros, soportando la mitad de su peso sin emitir una queja. A su izquierda, Citlali lo sujetaba por la cintura, su rostro una máscara de determinación absoluta.
—No te dejaremos caer, papá —murmuró Citlali, ajustando su agarre—. Ya no.
—A la grieta, ¡ahora! —ordenó Valend, asumiendo la retaguardia mientras señalaba hacia el extremo del salón, donde el portal de luz plateada que Abus había abierto comenzaba a parpadear, amenazando con cerrarse.
El escuadrón comenzó a correr. El suelo de Kaelen's Folly se onduló bajo sus botas como si fuera la cubierta de un barco en medio de un huracán. Los adoquines de piedra se transmutaban en ceniza al pisarlos. Las paredes a su alrededor se despegaban en inmensas láminas de oscuridad, revelando el abismo negro y estrellado que se tragaba el horizonte.
Tina y Lys corrían al frente, despejando el camino. La dimensión, en sus espasmos de muerte, arrojaba ecos residuales: sombras sin forma, ráfagas de viento tóxico y fragmentos de memoria cristalizada que llovían desde el techo como cuchillas de vidrio. Tina evaporaba los proyectiles con ráfagas cortas de fuego blanco, mientras Lys creaba rampas de agua endurecida para ayudar a Ikuel y Citlali a superar las grietas que se abrían en el suelo a cada segundo.
Ron corría a trompicones, su respiración era un silbido ronco. Cada paso era una agonía. Su mente, liberada de la culpa de Morian, estaba empezando a reconectarse con su cuerpo físico en el Páramo Rojo, un cuerpo que llevaba siete años sometido a la presión cósmica que lo estaba transformando en El Ascendido.
—Duele... —jadeó Ron, apretando los dientes hasta hacerlos rechinar. Su piel palideció y las venas de su cuello se marcaron, emitiendo un débil, casi imperceptible, resplandor dorado—. Demasiadas... demasiadas voces.
Abus, que corría unos pasos por delante de ellos, miró por encima del hombro. Sus ojos dorados se abrieron de par en par al notar el resplandor en la piel de Ron.
—¡Maldición, su cerebro está actuando como una antena! —gritó el biocaster, esquivando una columna de piedra que colapsó a centímetros de él—. Al liberarlo de la culpa, hemos quitado el tapón. ¡La conciencia colectiva de las microcélulas del mundo está intentando entrar en su cabeza! ¡Si no lo sacamos de aquí en los próximos sesenta segundos, su corteza cerebral va a estallar por la sobrecarga de datos!
—¡Entonces mantén esa maldita puerta abierta! —le gritó Ikuel, acelerando el paso, ignorando el ardor en sus propios pulmones.
Llegaron a los últimos treinta metros. La pared frontal del salón había desaparecido por completo, dejando el portal plateado suspendido sobre la nada absoluta. La plataforma bajo sus pies se estaba encogiendo rápidamente, devorada por el vacío en los bordes.
De repente, la grieta dimensional emitió un sonido espantoso y se contrajo, reduciendo su tamaño a la mitad. La sangre de Valend que Abus había usado como anclaje se estaba secando.
Abus no dudó. Se deslizó sobre la piedra a diez metros del portal, clavó ambas manos en el vacío y desató una catarata de Fuego Morado. Las llamas herejes envolvieron los bordes de la grieta plateada, actuando como cuñas de energía térmica que obligaron al portal a abrirse de nuevo, devorando la resistencia de la dimensión. Las manos del erudito temblaban violentamente; mantener a raya el colapso de un universo mental requería un gasto calórico y mágico devastador.
—¡No puedo sostenerlo mucho más! —bramó Abus, las venas de su frente palpitando, el fuego morado reflejándose en su sudor frío—. ¡Crucen! ¡Crucen ya!
Tina fue la primera en saltar a través de la luz, seguida inmediatamente por Lys.
Citlali e Ikuel llegaron al borde, arrastrando a un Ron que ya apenas podía mantener los ojos abiertos. El patriarca de los Tower miró la luz plateada, y por una fracción de segundo, la inmensidad del conocimiento del Ascendido amenazó con paralizarlo. Veía las estrellas nacer y morir. Escuchaba los pensamientos de las hormigas y de los reyes.
—Contigo, papá —susurró Ikuel.
Con un último empuje sincronizado, Citlali e Ikuel saltaron hacia el vacío, llevándose a Ron con ellos hacia la cegadora luz del portal.
Valend se detuvo justo en el borde, a un metro de Abus. La plataforma de piedra detrás de ella ya no existía. El salón de Kaelen's Folly era polvo en el viento. El abismo negro estaba a punto de devorarlos.
Abus levantó la vista hacia la princesa, sus llamas moradas empezando a flaquear. —¿Esperas una invitación formal? —gruñó entre dientes.
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Editado: 31.03.2026