Las exclusas de titanio de cincuenta toneladas métricas de Esperanza Rota se cerraron a sus espaldas con un estruendo que hizo vibrar los cimientos de la montaña. Los sellos herméticos silbaron, bloqueando el aire tóxico del Páramo Rojo y, con suerte, retrasando el asedio inminente de Verch.
El nivel inferior de la base no era una sala de mando ni una armería. Era el secreto mejor guardado de Arthoriuz durante los últimos siete años: la Cámara de la Forja.
Era un espacio circular, excavado directamente en la roca madre, recubierto de plomo y grabado con miles de runas que Alice Monërhalth había diseñado meticulosamente para contener energía a escala planetaria. En el centro exacto, una plataforma de piedra negra se alzaba como un altar pagano, rodeada por cuatro pilares de contención que zumbaban con una frecuencia baja y dolorosa para los oídos.
Ron fue depositado sobre la plataforma. El trayecto lo había dejado al borde del colapso. Su respiración era superficial, y el tenue halo dorado que aún emanaba de su piel iluminaba la cámara oscura con una luz inquietante.
—Su temperatura central está subiendo —informó Alice, acercándose con un panel de diagnóstico rúnico—. El cuerpo físico de un humano, incluso con sangre Tower, no está diseñado para canalizar los residuos de una deidad. Si no drenamos esa sobrecarga energética pronto, sus órganos se incinerarán.
Arthoriuz se quitó la capa manchada de ceniza y asintió, su rostro endurecido por la pragmática crueldad de la guerra.
—Entonces mataremos dos pájaros de un tiro —sentenció el General Supremo—. Usaremos la sobrecarga de mi hijo como combustible. Enciendan la Forja del Alma. Vamos a traer a Muerte de regreso.
La cámara entera quedó en un silencio tenso. Ghom, Valkano y los cinco hijos de Ron se mantuvieron en el perímetro, sabiendo que la magia que estaba a punto de desatarse superaba sus dominios elementales. Esto era manipulación directa del tejido de las almas.
Abus, manteniéndose a una distancia prudente de la plataforma, soltó una risa seca.
—La arrogancia de esta familia nunca dejará de maravillarme —comentó el biocaster, frotándose la barbilla—. Construyeron un puente hacia el plano de transición. Una idea brillante, Alice, te lo concedo. Y usar a Ron como batería nuclear para abrir la puerta es pura poesía suicida. Pero han olvidado un detalle de la física espiritual básica.
Abus señaló el centro de la cámara.
—El vacío entre la vida y la muerte tiene una presión negativa absoluta. Si abren esa puerta usando el caos de Ron, el vacío intentará igualar la presión chupando todo lo que hay en esta habitación hacia la nada. Necesitan un ancla. Un pararrayos físico con una densidad espiritual masiva que se pare en el borde de la puerta y sostenga el marco para que no colapse mientras pescan a su Jinete caído.
—Lo sabemos, erudito —gruñó una voz profunda desde las sombras.
Alcorth Patmus dio un paso hacia la luz de la plataforma. El Jinete de la Guerra clavó su inmenso montante, el Ragnar, en el suelo de piedra, y comenzó a desabrochar las pesadas correas de su coraza pectoral. Dejó caer el acero negro, quedando únicamente con la malla térmica y exhibiendo un torso cruzado por décadas de cicatrices de batalla.
Sus ojos escarlata, inyectados en una resolución implacable, miraron a Arthoriuz y luego a Alice.
—Yo seré el ancla —declaró Alcorth.
—Alcorth, la presión gravitacional de la Forja destrozará tus capilares —advirtió Alice, su voz perdiendo la frialdad alquímica—. Tu cuerpo físico estará aquí, pero tu mente estará sirviendo de puente sobre un abismo infinito. Si te desconcentras un segundo, tu alma será arrastrada al vacío, y ni siquiera yo podré traerte de vuelta.
—Mizarth murió defendiendo mi flanco en Neipoy —respondió Alcorth, su voz bajando un tono, cargada del dolor sordo de un soldado que perdió a su hermano de armas—. Llevo siete años sintiendo el hueco de su ausencia en la formación. Siete años, Alice. No voy a dejarlo pudriéndose en la sala de espera de los dioses. Haz el maldito enlace.
Arthoriuz sostuvo la mirada de la Guerra y asintió lentamente.
Ron, desde la plataforma, giró la cabeza débilmente hacia Alcorth.
—Te matará, Mastodonte... —susurró Ron, su voz resonando con el doble eco del Ascendido.
—Tú ocúpate de no explotar antes de tiempo, Røn —le replicó Alcorth, esbozando una sonrisa torcida, feroz, la misma que usaba antes de cargar contra líneas enemigas imposibles—. Y déjame el levantamiento de pesas a mí.
Alcorth caminó hasta situarse exactamente a un metro de la cabeza de Ron. Se arrodilló sobre una runa central tallada en el suelo, cerró los ojos y apoyó ambas manos planas sobre la piedra fría.
—¡Posiciones! —ordenó Arthoriuz—. ¡Alice, sincroniza las frecuencias! ¡Ëadrail, prepara las barreras de sombra por si la energía se desborda!
Alice canalizó su poder a través de los cuatro pilares de contención. Las runas de las paredes de la cámara comenzaron a brillar con un resplandor cobrizo. El aire se volvió inmediatamente espeso, difícil de respirar, saturado por el olor a ozono y sangre vieja.
Ron dejó escapar un grito ahogado cuando los conductos mágicos de la plataforma se clavaron en su aura, drenando violentamente la energía dorada y verde que lo estaba matando desde adentro, canalizándola hacia el centro del techo.
Allí, en el aire vacío justo sobre la cabeza de Alcorth, una lágrima negra comenzó a formarse. El espacio mismo se estaba rasgando, abriendo una ventana hacia la Forja del Alma.
En el instante en que el vacío asomó por la rasgadura, la presión en la habitación cayó en picado. Una fuerza de succión cósmica tiró de todo. Las armas traquetearon en sus vainas, el polvo se elevó en espirales, y Abus tuvo que aferrarse a una barandilla para no ser arrastrado.
Todo el peso de esa presión cósmica cayó directamente sobre los hombros de Alcorth.
#1643 en Fantasía
#218 en Ciencia ficción
fantasía oscura post-apocalíptica, ángeles demonios y dioses, tragedia y secretos
Editado: 31.03.2026