El zumbido de la esfera de aniquilación en la palma de Verch no era un sonido; era la ausencia del mismo. Un vacío acústico que devoraba los gemidos de los heridos, el crepitar del titanio derretido y el latir de los corazones de mil quinientos soldados humanos.
La oscuridad concentrada giraba sobre la mano inmaculada del Rey del Inframundo, lista para ser liberada. Un agujero negro del tamaño de una manzana que borraría a Esperanza Rota de la geografía del continente.
—Entréguenme a Ron Tower —repitió Verch, su voz descendiendo sobre el hangar como una losa de mármol—, o borraré esta montaña hasta los cimientos.
Bajo los escombros de la armería destruida, un crujido sordo, húmedo y repugnante rompió el silencio.
Alcorth Patmus se había agarrado su propio brazo dislocado y, con un tirón brutal que le arrancó un gruñido gutural, encajó el hombro de nuevo en su cavidad. La Guerra no conocía la sumisión. Apartó un bloque de ferrocreto de cinco toneladas con un solo empujón de sus piernas ensangrentadas y emergió del polvo, empuñando el Ragnar con ambas manos. Su aura dorada ya no era un escudo radiante; era un fuego rojo, errático y furioso, alimentado por el dolor puro.
A veinte metros de él, Alice Monërhalth se puso en pie. Su brazo izquierdo estaba inerte, la piel ennegrecida por la quemadura del fuego divino de Verch. Con una frialdad clínica que heló la sangre de Kandros al verla, Alice usó su látigo de plasma con la mano derecha para cauterizar los nervios de su propio hombro, anulando los receptores de dolor mediante alquimia radical. La Peste no sentía lástima, ni siquiera por sí misma.
Desde el techo del hangar, Ëadrail Adanahël se dejó caer. Aterrizó pesadamente, tosiendo sangre negra. La presión gravitacional de Verch había triturado su armadura de sombras, pero la corona rota en su frente brilló con una intensidad suicida. Ëadrail deslizó el filo de una de sus espadas cortas por la palma de su mano, dejando que su propia sangre goteara sobre la piedra. Usó su esencia vital para anclar la oscuridad; si las sombras se negaban a obedecerle contra un dios, él las sometería con su vida. La Conquista exigía sacrificio.
Y en el centro, frente al dios, Mizarth se enderezó. El Jinete de la Muerte apretó el asta negra de la Guadaña original. Sus ojos de plata líquida se fijaron en la esfera de aniquilación.
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis se miraron durante una fracción de segundo. No hubo necesidad de telepatía ni de órdenes tácticas. Diez mil años de existencia compartida culminaron en un solo entendimiento: iban a morir. Pero iban a hacer sangrar al arquitecto de su perdición antes de cruzar el umbral.
—Por el Equilibrio —susurró Mizarth.
La Furia de los Cuatro estalló al unísono.
Fue el ataque coordinado más devastador que el mundo físico había presenciado desde la Primera Guerra.
Ëadrail atacó primero. Las sombras ancladas con su sangre no buscaron golpear a Verch; se dispararon hacia el techo, creando una cúpula de oscuridad absoluta que aisló al dios, bloqueando la luz del falso sol rojo del exterior para cortar su conexión con el Inframundo. El interior del hangar se sumió en la negrura total.
Dentro de esa cúpula, Alice desató su plaga. No lanzó un latigazo. Liberó todo el plasma alquímico de su núcleo en una explosión omnidireccional. El aire alrededor de Verch se volvió un ácido hipercorrosivo, un gas amarillo que no solo devoraba la materia, sino que intentaba pudrir la magia arcana misma.
Cegado por la Conquista y ahogado por la Peste, Verch frunció el ceño, el fuego negro de su corona intentando purgar la toxina.
Ese fue el microsegundo que la Guerra y la Muerte necesitaban.
Alcorth Patmus usó la fuerza repulsiva de su propia aura para propulsarse como un misil tierra-aire, superando la barrera del sonido dentro del hangar. El Ragnar descendió envuelto en llamas rojas, apuntando no a Verch, sino a la esfera de aniquilación en su mano. Alcorth iba a detonar la bomba divina de forma prematura.
Verch, demostrando reflejos que desafiaban la comprensión, giró su muñeca para desviar el montante de la Guerra con el antebrazo.
Pero era una trampa.
Al desviar a Alcorth, Verch dejó expuesto su flanco derecho. Mizarth, deslizándose a través del vacío térmico creado por la explosión alquímica de Alice, emergió a milímetros del dios.
La Muerte puso todo el peso de su alma en la Guadaña de Than. La hoja plateada zumbó, trazando un arco horizontal perfecto, liso e imparable, directo al cuello del Rey del Falso Sello. Era un golpe de decapitación. Un golpe perfecto. El pináculo del arte de matar.
La hoja golpeó el cuello de Verch.
El chillido metálico resultante rompió las últimas ventanas intactas de Esperanza Rota.
Mizarth se quedó congelado en el aire. La Guadaña original de Than, el arma capaz de cortar el espacio-tiempo y segar el alma de demonios mayores con un roce, había chocado contra la piel inmaculada de Verch.
Y no la había atravesado.
Solo un finísimo hilo de sangre dorada brotó de la garganta del dios, una herida superficial de apenas un milímetro de profundidad.
La cúpula de sombras de Ëadrail se hizo añicos. El gas tóxico de Alice fue purgado por una onda de choque invisible.
Verch, con la Guadaña aún presionando inútilmente contra su cuello y Alcorth suspendido en el aire tras su ataque fallido, bajó la mirada hacia los Jinetes. Sus ojos de vacío estelar ya no mostraban diversión, ni siquiera arrogancia. Mostraban un aburrimiento letal.
—Lo intentaron —susurró el dios.
Verch expandió su dominio. Una onda esférica de gravedad negativa estalló desde su cuerpo.
La fuerza de la explosión fue bíblica. Mizarth y Alcorth fueron repelidos como muñecos de trapo, estrellándose contra Ëadrail y Alice. Los cuatro semidioses volaron por el aire, chocando violentamente contra las compuertas blindadas que separaban el hangar de los niveles inferiores de la base. El metal se abolló bajo el peso de sus cuerpos destrozados.
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Editado: 31.03.2026