El cuerpo de Ron Tower golpeó el suelo de titanio derretido con un sonido sordo, despojado de cualquier gracia divina. La luz esmeralda se apagó. El zumbido del Ascendido se disipó en el aire helado, dejando tras de sí únicamente el eco de una respiración humana, superficial y agónica.
Verch, el Rey del Inframundo, parpadeó.
Aún de rodillas, el dios observó sus propias manos inmaculadas, que temblaban levísimamente. Luego clavó sus ojos de vacío estelar en el hombre inconsciente que yacía frente a él. La abrumadora y terrorífica firma del Portador de Luz, esa presencia que lo había obligado a hincar la rodilla, se había desvanecido casi por completo, dejando solo un rastro residual en la sangre de Ron.
La mente superdotada del Arquitecto del Falso Sello procesó la anomalía en fracciones de segundo.
—No eres él —susurró Verch, la comprensión filtrándose en su voz y tiñéndola de un asombro venenoso—. No eres una jaula. El Creador no permitiría que Lucifer habitara un recipiente mortal.
El dios se inclinó ligeramente hacia adelante, inhalando el aroma de la sangre que brotaba de la nariz de Ron.
—Eres su sangre —Verch esbozó una sonrisa que no tenía ni un ápice de alegría. Era la mueca de un depredador que acaba de descubrir el secreto más sucio del universo—. El Portador de Luz dejó descendencia en el barro. Eres el hijo de la rebelión. Y el catalizador de la aberración que llaman el Ascendido.
La humillación golpeó al dios con la fuerza de un meteorito.
Él, Verch, el destructor de dimensiones, el señor del vacío, se había arrodillado. Había sentido terror. Y lo había hecho ante un bastardo mestizo que ni siquiera podía mantener los ojos abiertos tras liberar una chispa del poder de su padre.
La corona de fuego negro sobre la cabeza de Verch estalló. No zumbó; rugió.
El dios se puso de pie. La presión atmosférica en el hangar de Esperanza Rota, que se había aliviado con la intervención de Ron, regresó multiplicada por diez. Las rocas pulverizadas no levitaron esta vez; se convirtieron en plasma bajo el calor oscuro de su furia.
—¡Aléjate de él! —Mizarth, arrastrándose sobre un charco de su propia sangre espectral, intentó clavar la Guadaña original en la pantorrilla del dios.
Verch ni siquiera lo miró. Movió un solo dedo.
La Guadaña de Than salió disparada de las manos de Mizarth, incrustándose profundamente en el techo de ferrocreto a treinta metros de altura. Con un gesto de su mano abierta, Verch aplastó al Jinete de la Muerte contra el suelo con una gravedad de mil soles. La armadura de neón de Mizarth comenzó a agrietarse, el sonido de su esencia etérea fracturándose resonando en toda la sala.
Alcorth Patmus, bramando con el Ragnar en alto, cargó por la espalda.
Verch giró sobre su talón y le dio un revés con el dorso de su mano inmaculada al Jinete de la Guerra. El impacto fue tan brutal que Alcorth no voló por los aires; su cuerpo se hundió directamente en la piedra sólida del suelo, creando una trinchera de diez metros de largo con su propia carne, hasta quedar encajado, con el cráneo fracturado y los ojos en blanco.
—Jugaron a ser dioses porque el Creador les dio espadas afiladas —la voz de Verch ahora era un trueno ensordecedor que hizo sangrar los oídos de toda la infantería de Cawdor—. Pero frente a un verdadero dios, no son más que polvo en el viento.
Ëadrail y Alice intentaron arrastrarse para flanquearlo, pero la presión cósmica los inmovilizó por completo. Estaban aplastados contra la roca, humillados, reducidos a insectos observando la bota que estaba a punto de aplastarlos.
Verch caminó hasta situarse exactamente sobre el cuerpo inconsciente de Ron. La suela de su bota inmaculada se apoyó sobre el pecho del humano, justo sobre el corazón, presionando lo suficiente para que las costillas de Ron crujieran peligrosamente.
El dios miró a los Cuatro Jinetes derrotados, a Arthoriuz Tower paralizado por la gravedad en la retaguardia, y a Kandros y Valkano, cuyas armas yacían inútiles a sus pies.
Verch podría haberlos desintegrado a todos con un pensamiento. Podría haber dejado caer la esfera de aniquilación y haber terminado la guerra. Pero la humillación que le habían hecho sentir exigía un castigo mucho más profundo que la simple muerte. Exigía desesperación absoluta.
—Matarlos hoy sería un acto de misericordia —sentenció Verch, retirando lentamente la bota del pecho de Ron—. Y yo no soy un dios misericordioso.
Verch extendió ambas manos hacia los lados. El fuego negro de su corona se disparó hacia las paredes del hangar, hacia las compuertas blindadas, hacia los pilares de soporte de toda la cordillera. No estaba destruyendo la montaña; estaba pudriendo su integridad estructural. Estaba dejando Esperanza Rota en ruinas, lo suficientemente inestable como para que se derrumbara sobre sus cabezas si respiraban demasiado fuerte.
El Rey del Inframundo miró por última vez a Ron Tower.
—Dile a tu padre que el Falso Sello fue solo el prólogo —susurró Verch, asegurándose de que la voz divina se grabara en el subconsciente del humano desmayado—. Y cuando el Portador de Luz decida salir de las sombras, dile que su trono en el Inframundo ya tiene un verdadero rey.
Sin un gesto más, Verch se elevó en el aire, flotando hacia la brecha por la que había entrado. Lilith y Galaroz, aún conmocionados por la exhibición de poder y la revelación del linaje de Ron, se apresuraron a seguir a su maestro hacia el vórtice de oscuridad que se abría en el cielo rojo.
El vórtice se tragó a la vanguardia divina, colapsando sobre sí mismo con un trueno silencioso.
La presión gravitacional desapareció de golpe. Los soldados humanos cayeron de bruces, jadeando por aire como si hubieran emergido de las profundidades del océano. Esperanza Rota gemía a su alrededor, una tumba de piedra a punto de desplomarse.
Mizarth, tosiendo neblina plateada, miró a sus hermanos caídos, su Guadaña inalcanzable en el techo y a Ron Tower al borde de la muerte por colapso nervioso.
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Editado: 21.04.2026