La Sala de Estrategia de la Ciudadela Patmus no era un refugio; era el cerebro blindado de la fortaleza. Sus paredes estaban recubiertas con gruesas placas de acero negro y mallas de grafeno absorbente, diseñadas para aislar la habitación de cualquier espionaje arcano o perturbación electromagnética de las tormentas del Epiro del Este.
Pero ni siquiera el grafeno podía contener la anomalía que parpadeaba en la mesa holográfica central.
Los Cuatro Jinetes, Arthoriuz, Markethe y Abus rodeaban el proyector. En lugar de mapas de tropas enemigas, la luz azulada mostraba un modelo tridimensional del cuerpo de Ron Tower, transmitido en tiempo real desde el búnker médico, diez niveles más abajo.
La voz estática de Miachyv sonó a través de los comunicadores integrados en la mesa.
—General... los trajes médicos de grafeno aislante se están sobrecalentando —informó el anciano healer, tosiendo por la interferencia estática que la sola presencia de Ron generaba en las comunicaciones—. He desplegado tres capas de éter curativo, pero su núcleo espiritual las evapora. Su temperatura interna desafía la termodinámica. Las venas brillan. Es como intentar vendar el núcleo de una estrella. Arthoriuz Tower, con las manos apoyadas en el borde de la mesa táctica, observaba los indicadores biológicos de su hijo parpadear en rojo crítico.
—Mantenlo estabilizado, Miachyv. Corta la transmisión si los sensores amenazan con freír los sistemas de soporte vital —ordenó el General Supremo con frialdad militar, cortando el enlace.
El silencio en la sala de guerra fue aplastante.
Abus, tecleando rápidamente en una consola lateral de cristal de grafeno, amplió el holograma del pecho de Ron.
—Miachyv no exagera —dijo el biocaster traidor, su tono despojado de cualquier burla habitual—. Lo que vimos en Esperanza Rota cambió la ecuación. Yo creía que Ron albergaría la esencia del Ascendido hasta que pudiéramos forzar su materialización en el "Ser del 100%". Pero la entidad primordial que Verch sintió en él... esa firma de energía que lo hizo arrodillarse... eso no era solo el Ascendido.
Abus miró a los Cuatro Jinetes.
—El recipiente humano es demasiado frágil —continuó el biocaster, señalando el holograma—. Ron es un puente entre el mundo físico y una fuerza divina absoluta. Si intentamos forzar la evolución final ahora mismo, la presión cósmica vaporizará su red nerviosa. Perderemos el ancla, el Ascendido se dispersará en el vacío, y Ron detonará con la fuerza de una supernova. Verch ganará la guerra sin mover un dedo.
Alice Monërhalth, apoyada contra el muro de acero con su brazo izquierdo envuelto en mallas médicas de grafeno regenerativo, frunció el ceño.
—¿Cuál es la alternativa táctica, Abus? —preguntó la Peste—. Si no podemos forzar la evolución del Ascendido, no tenemos el poder de fuego para rasguñar a Verch. Lo vimos hoy. Nuestras auras divinas fueron un chiste para él.
—La alternativa táctica, niña, es la disipación —intervino Ëadrail Adanahël, comprendiendo la física del problema antes que la magia—. Necesitamos pararrayos. Conductos.
Markethe, el estratega, asintió vigorosamente, acercándose a la mesa holográfica.
—Exacto. Conductos lo suficientemente robustos para canalizar el exceso de poder de la creación misma, permitiendo que la carne de Ron sobreviva al parto de la deidad —Markethe tecleó en la consola, intentando buscar materiales en la base de datos de la Hermandad—. Pero ¿con qué los fabricamos? Nuestras armaduras son de aleaciones arcanas y grafeno puro. Son el pináculo de la ingeniería humana. Y frente a Verch, se abollaron como papel de aluminio.
Alcorth soltó un bufido ronco, agarrando su brazo inmovilizado.
—La tecnología mortal no sirve aquí, estratega. Estamos intentando enjaular un huracán con redes de hilo —murmuró la Guerra.
Habían llegado a un callejón sin salida absoluto. Tenían la teoría médica, tenían la necesidad táctica, pero carecían de los materiales. En un mundo donde el grafeno era el límite de la resistencia física, no existía nada capaz de soportar la energía bruta del "Ser del 100%".
Mizarth, apartado de la mesa, observaba la nevada furiosa a través del cristal blindado. El Jinete de la Muerte escuchó la impotencia de los mortales chocar contra el muro de su propia ciencia.
El conocimiento del universo físico se había agotado en esa sala. Era momento de consultar los archivos de la eternidad.
Mizarth se giró lentamente, alejándose de la ventana, y caminó hacia el centro exacto de la Sala de Estrategia.
***
Mizarth se detuvo en el centro exacto de la Sala de Estrategia. Sus ojos de plata líquida estaban fijos en el vacío, ignorando el parpadeo de los hologramas y la tensión palpable de los mortales a su alrededor.
La Muerte levantó su mano derecha. Una escarcha espectral comenzó a arremolinarse en su palma, bajando la temperatura de la sala de golpe. Con un siseo que congeló la humedad del aire, el asta negra de su guadaña se materializó, su hoja curva reflejando la luz azulada de las consolas de grafeno.
Acto seguido, Mizarth levantó su mano izquierda. El aire cantó con una frecuencia aguda y cegadora cuando la Lanza del Destino apareció en su agarre, irradiando un calor sagrado que hizo que las pantallas de la sala comenzaran a emitir chispas por la sobrecarga estática.
Mizarth movió los brazos, preparándose para chocar ambas armas inmortales frente a su pecho.
—Eh... Mizarth, ¿qué se supone que estás haciendo? —preguntó Markethe, dando un paso atrás instintivamente, viendo cómo los monitores biométricos se volvían locos.
—Consultar los planos de la creación —respondió Mizarth con una tranquilidad pasmosa, sin mirarlo—. Voy a fusionar la finalidad y el destino para abrir una grieta en la biblioteca del Arquitecto. Habrá... cierta liberación de presión cósmica.
Alcorth, con su brazo bueno, agarró a su hermano por la hombrera de la armadura antes de que las armas se tocaran.
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Editado: 21.04.2026