El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 15: El Corazón de la Creación

El Valle de los Lamentos Negros, situado en las estribaciones más profundas de lo que alguna vez fue la cordillera del Atlas, era un lugar donde la geología se volvía demencia. El aire no era oxígeno, era una sopa espesa de azufre y ceniza en suspensión que se filtraba incluso a través de los filtros de grafeno de los respiradores tácticos. Aquí, la tierra no estaba muerta; estaba en una agonía perpetua, retorciéndose en fallas tectónicas que escupían lava fría y gases tóxicos.

Alcorth Patmus avanzaba por el lecho de un río seco de obsidiana. Su figura, antaño imponente, se veía reducida por la inmensidad del desastre natural. Llevaba el brazo derecho pegado al torso mediante una faja de cuero y grafeno reforzado; Miachyv había hecho lo que pudo, pero los nervios destrozados por Verch requerían algo que el Epiro no podía ofrecer: tiempo.

Cada paso que daba Alcorth sobre la piedra afilada era un recordatorio de su vulnerabilidad. Su aura de guerra, que normalmente brillaba como un sol carmesí, apenas era un parpadeo intermitente, una vela luchando contra un huracán de vacío.

—Solo —gruñó Alcorth, escupiendo un coágulo de sangre que se evaporó al tocar el suelo ardiente—. Mizarth y sus malditas reglas.

Se detuvo frente a una pared de granito negro que se alzaba trescientos metros hacia el cielo de color plomo. Según las coordenadas que la resonancia de El Crisol del Todo había grabado en su mente, la entrada a la Bóveda Primordial estaba justo allí. Pero no había puertas. No había glifos. Solo el rugido sordo del magma moviéndose bajo sus pies.

Alcorth apoyó su mano izquierda, la única funcional, contra la roca. Cerró los ojos, intentando sintonizar con la frecuencia del Rompe-Mundos.

"Siente el latido, Guerra. No busques una cerradura; busca el conflicto."

Las palabras de Mizarth resonaron en su memoria. Alcorth comprendió. El Creador no protegía sus armas con llaves, sino con la naturaleza misma del dominio que representaban. Para entrar en el Corazón de la Creación, debía provocar un choque.

Alcorth inhaló el aire tóxico y, concentrando toda la furia de su orgullo herido, golpeó la pared de granito con el talón de su mano izquierda. No fue un golpe de fuerza física; fue una inyección de aura de guerra pura en las venas de la tierra.

La montaña respondió.

Un estruendo sordo, como el crujido de un planeta partiéndose, sacudió el valle. La pared de granito se fracturó no de forma errática, sino siguiendo patrones geométricos perfectos. Los bloques de piedra se deslizaron hacia atrás, revelando un túnel que descendía en una espiral perfecta hacia las profundidades de la corteza terrestre. El calor que emanaba del túnel era tan intenso que la malla de grafeno de su traje comenzó a emitir pitidos de alerta por degradación térmica.

Alcorth se ajustó el cabestrillo y comenzó el descenso.

A medida que se internaba en las profundidades, la arquitectura cambiaba. El granito natural daba paso a una aleación desconocida, un metal que parecía absorber el calor y emitir una vibración rítmica, un latido. Pum-pum. Pum-pum. El pulso de la creación misma.

El túnel desembocó finalmente en una cámara abisal. Era un espacio tan vasto que las nubes de vapor de agua se formaban en el techo, a kilómetros de distancia. En el centro de la cámara, suspendido sobre un lago de fuego blanco (magma en su estado más puro y energético), se alzaba un pedestal forjado en luz sólida.

Y sobre el pedestal, descansaba la Reliquia.

Alcorth, aún con la otra espada gemela en su vaina, desenvainó la que llevaba en su mano izquierda. El diseño era inconfundible: una hoja de obsidiana negra pulida con una guarda cruzada de aleación carmesí geométrica, del mismo diseño que la Reliquia central que veía en el pedestal. El Rompe-Mundos no era un lingote; era una montante increíblemente larga, con una hoja de obsidiana negra tan ancha como su propio torso y un borde de corte pulido que parecía absorber la luz. La guarda cruzada carmesí y el pomo negro eran idénticos en diseño a sus propias espadas gemelas, pero a una escala monumental. Era el "Corazón de la Creación", pero en ese momento se sentía "mudo", vacío de poder.

Alcorth sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el calor. El arma estaba allí, pero el silencio de la cámara era sospecho.

—Demasiado fácil —susurró Alcorth, sosteniendo su espada gemela con la mano izquierda, listo para luchar.

Justo cuando puso un pie en el puente de luz que conducía al pedestal, el lago de fuego blanco estalló. De las profundidades del magma emergieron los Centinelas de la Forja: constructos de metal líquido que no tenían forma humana, sino que eran masas de extremidades y sierras que vibraban con la frecuencia de la destrucción. No eran demonios; eran las medidas de seguridad del Arquitecto.

Alcorth miró su brazo inútil, luego a los seis centinelas que bloqueaban el paso hacia su divinidad, y finalmente hacia la Reliquia que lo llamaba.

—Un brazo es más que suficiente para lo que voy a hacerles —rugió el Jinete de la Guerra.
***

Los seis Centinelas de la Forja no emitieron rugidos ni gritos de guerra. Su lenguaje era el siseo del metal líquido enfriándose y el zumbido ultrasónico de sus extremidades vibratorias, que hacían que el aire mismo se ondulara como un espejismo en el desierto.

El primero de los constructos se lanzó hacia adelante, transformando sus brazos en cuchillas curvas que giraban a una velocidad capaz de desintegrar el grafeno.

Alcorth no retrocedió. Sabía que en su estado, un solo error de cálculo significaría el fin. Esperó hasta que el filo vibratorio estuvo a milímetros de su pecho y, con un movimiento seco de su mano izquierda, desvió la trayectoria usando el plano de su espada gemela.

El impacto casi le arranca el hombro sano. La vibración del centinela viajó por la hoja de obsidiana, haciendo que los huesos de la mano de Alcorth crujieran, pero el Jinete aprovechó la inercia del enemigo. Giró sobre sus talones, permitiendo que la faja que inmovilizaba su brazo derecho absorbiera parte del impacto, y hundió la punta de su espada negra en el núcleo de energía del constructo.




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