El Valle de Aethelgard era un insulto visual para cualquiera que hubiera sobrevivido a la ceniza del Epiro. Mientras el resto del mundo se ahogaba en gris y ocre, este rincón oculto en las tierras altas del sur estallaba en un verde tan intenso que parecía sangrar.
Alice Monërhalth se detuvo en el borde del precipicio, ajustándose la máscara de su traje táctico de grafeno. Su brazo izquierdo, aún envuelto en mallas médicas translúcidas, palpitaba con un dolor sordo bajo el sol, que aquí no era rojo, sino de un blanco purísimo que atravesaba las nubes.
—Demasiado color —susurró Alice, su voz distorsionada por el respirador—. Me da náuseas.
El valle era una explosión de vida descontrolada. No era un bosque; era una masa compacta de vegetación hiper-evolucionada. Orquídeas del tamaño de escudos de combate colgaban de lianas gruesas como torsos humanos; helechos de color púrpura vibraban con una bioluminiscencia que competía con la luz del día. El aire estaba saturado de un polen dorado tan denso que dificultaba la visión, flotando en el ambiente como una neblina de polvo de estrellas.
Pero para la Jinete de la Peste, el paisaje no era hermoso. Era una anomalía biológica.
—Miachyv tenía razón sobre el Sello —pensó Alice mientras iniciaba el descenso por una pendiente cubierta de musgo que se sentía como carne viva bajo sus botas de grafeno—. Al bloquear la regeneración natural del mundo, el Creador dejó este lugar sin válvula de escape.
La vida en Aethelgard ya no seguía las leyes de la naturaleza. Sin el equilibrio de la muerte y la descomposición, todo crecía sobre todo. Era una lucha eterna de células multiplicándose al infinito. Alice vio a un pequeño pájaro de plumaje iridiscente atrapado por una flor que no lo devoraba, sino que fusionaba sus pétalos con el ala del animal, convirtiéndolo en parte de la planta mientras seguía vivo.
Esa era la verdadera naturaleza del Aliento de la Vida bajo el peso del Apocalipsis: una existencia sin fin, sin descanso y sin forma.
Alice avanzó hacia el centro del valle, donde la concentración de polen era tan alta que el sensor de su traje comenzó a emitir alertas de "Toxicidad por saturación de oxígeno". Cada paso era una batalla. Las lianas intentaban enredarse en sus piernas, no para cazarla, sino por el simple impulso de crecer sobre cualquier superficie sólida.
Tuvo que desenvainar su látigo de plasma amarillo, pero no para atacar, sino para inyectar pequeñas dosis de necrosis en la vegetación que bloqueaba su camino. Solo la muerte controlada que ella representaba podía abrirse paso en aquel paraíso desbocado.
Finalmente, llegó ante el Templo de la Espora Dorada.
No era una construcción de piedra. Era un domo formado por las raíces entrelazadas de un árbol milenario que se alzaba cientos de metros hacia el cielo. En el corazón del domo, suspendido en un nexo de luz esmeralda, flotaba la Reliquia.
El Caduceo.
Era una vara de un metal blanco, fluido, que parecía mercurio solidificado. Alrededor del eje, dos serpientes de cristal tallado se enroscaban en una espiral infinita. La Reliquia no emitía calor, sino un zumbido que hacía que las heridas de Alice picaran con una intensidad insoportable. El brazo quemado por Verch comenzó a supurar, las células intentando regenerarse tan rápido que amenazaban con deformar el miembro.
Alice se detuvo a diez metros. Su traje de grafeno crujía bajo la presión de las esporas que intentaban colonizar la tela.
—Aquí estás, maldito pararrayos —dijo Alice, extendiendo su mano sana.
Pero el santuario de la vida no iba a permitir que la Peste tocara su núcleo sin un juicio. Del polen dorado que cubría el suelo, comenzaron a emerger figuras. Eran los Ecos de la Carne: duplicados biológicos de Alice, formados por musgo, flores y hueso vegetal, cada uno de ellos replicando su forma con una perfección grotesca.
No tenían rostro, solo una hendidura por donde exhalaban un vapor verdoso que olía a miel y a muerte dulce.
Alice sonrió bajo su máscara, sintiendo cómo el veneno de su propia aura comenzaba a hervir en sus venas.
—Me encanta la ironía —dijo, restallando su látigo—. Un paraíso que se defiende creando más de lo que yo más odio: yo misma.
***
Los Ecos de la Carne avanzaron con una coordinación antinatural, sus cuerpos de musgo y fibra vegetal replicando la postura de combate de Alice. El aire, saturado de esporas, comenzó a corroer los filtros de su máscara, mientras un aroma a miel fermentada intentaba seducir a sus pulmones hacia una muerte dulce.
Alice sintió el mareo, pero su mano ya estaba sobre el activador de su guantelete.
—¿Creen que pueden usar mi biología en mi contra? —Alice soltó una carcajada que terminó en un siseo desafiante—. No conocen a mi mejor creación.
Presionó el comando de despliegue. Del compartimento estanco de su traje de grafeno emergió un torrente de micro-partículas que no se dispersaron, sino que se agruparon en el aire con un chirrido de estática metálica. En menos de un segundo, la masa cobró forma y peso, aterrizando sobre el suelo de flores con un impacto que hizo temblar las raíces cercanas.
Cerbero se irguió frente a ella.
La criatura era una visión de pesadilla para cualquier organismo infectado. Su cuerpo, de un rojo granate profundo, estaba segmentado por placas de un naranja incandescente que palpitaban con energía zeptorobiótica. Sus garras de metal oscuro se hundieron en la tierra mientras su cabeza de león, protegida por un casco de combate negro que solo dejaba ver sus ojos de un rojo rabioso, soltaba un rugido que no era animal, sino una frecuencia de radio diseñada para quebrar estructuras celulares.
Cerbero no esperó órdenes. Con la agilidad de un felino y la contundencia de un tanque, se lanzó contra el primer Eco de la Carne.
#1881 en Fantasía
#263 en Ciencia ficción
fantasía oscura post-apocalíptica, ángeles demonios y dioses, tragedia y secretos
Editado: 21.04.2026