El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 17: La Lágrima del Hacedor

El Desierto de Cristal de Khem no perdonaba la ambición. Situado en lo que alguna vez fue la cuna de los primeros reinos del sur, este lugar era una extensión infinita de arena silícea que, bajo el sol implacable, se fundía parcialmente formando placas de vidrio natural. Caminar por aquí era hacerlo sobre un espejo roto que reflejaba un cielo de color plomo, multiplicando el calor hasta volverlo una presencia física que aplastaba los hombros.

Ëadrail Adanahël avanzaba con la parsimonia de un rey que camina por un palacio en ruinas. Su capa, hecha de fibras de grafeno y seda sintética, ondeaba pesadamente, arrastrando el polvo de cristal. A diferencia de Alcorth o Alice, Ëadrail no mostraba signos evidentes de dolor físico, pero su mirada era la de un hombre que ha visto caer su propio mundo y se niega a parpadear.

—Orden —susurró Ëadrail, observando cómo el calor distorsionaba el horizonte—. El desierto es el orden supremo. No hay rebelión en la arena. Solo obediencia al viento.

Frente a él, emergiendo de las dunas como el esqueleto de un titán, se alzaban las Agujas de Obsidiana de Amon-Ra. Eran los restos de un imperio que, eones atrás, creyó que podía gobernar sobre los dioses. Los muros de las ciudadelas estaban tallados directamente en la roca negra, pulidos por los siglos de tormentas de arena hasta brillar con una oscuridad aceitosa.

Según el mapa que el Crisol del Todo había grabado en su conciencia, la Bóveda del Dominio se encontraba en el Sancta Sanctorum de la pirámide invertida, una estructura que no se alzaba hacia el cielo, sino que se hundía hacia el centro del desierto.

Ëadrail cruzó el umbral de la ciudad muerta. Sus botas de grafeno resonaban con un eco metálico en las calles desiertas. No había vida aquí, ni siquiera la versión cancerosa que Alice había enfrentado. Aquí solo había geometría y silencio.

Sin embargo, el desierto tenía sus propios guardianes.

A medida que Ëadrail se acercaba a la entrada de la pirámide invertida, las sombras proyectadas por las agujas de obsidiana comenzaron a despegarse del suelo. No eran demonios de Verch; eran los Pretorianos de Sal, estatuas de guerreros antiguos cuyo interior había sido reemplazado por cristales de sal y energía residual del Creador.

Eran altos, esbeltos y portaban lanzas de cristal que vibraban con una luz blanca cegadora.

—Ustedes también buscan el orden —dijo Ëadrail, deteniéndose a diez metros de la guardia—. Pero su orden es estático. Es el orden de los muertos.

Los Pretorianos no respondieron con palabras. Golpearon el suelo con sus lanzas al unísono, y Ëadrail sintió cómo la gravedad en un radio de veinte metros se duplicaba de golpe. Sus rodillas crujieron. El peso de su propio traje de grafeno se volvió insoportable.

Era la prueba de la Corona: para reclamar el dominio sobre los demás, primero debía demostrar que podía soportar el peso de su propia existencia.

Ëadrail esbozó una sonrisa fría. Su aura, que siempre había sido un azul eléctrico y ordenado, comenzó a expandirse, luchando contra la presión gravitatoria. Desenvainó su espada corta, una hoja de diseño minimalista y letal, y comenzó a caminar hacia los pretorianos, ignorando la fuerza que intentaba hundirlo en el cristal.

—Si el Hacedor derramó una lágrima aquí —sentenció Ëadrail, su voz ganando una resonancia de mando que hizo vibrar las agujas de obsidiana—, fue para lamentar que este mundo aún no tiene un verdadero soberano.
***

Los diez Pretorianos de Sal no se movieron, pero el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse. La presión gravitatoria aumentó a un nivel donde el cristal del suelo empezó a resquebrajarse bajo las botas de Ëadrail. Cada gramo de su traje de grafeno pesaba ahora como si estuviera forjado en plomo sólido.

Ëadrail no luchó contra la presión. En lugar de eso, dejó que sus Sombras se derramaran desde sus pies, extendiéndose como manchas de tinta sobre el espejo del desierto.

—El carisma no es solo una palabra, soldados de sal —dijo Ëadrail, su voz proyectando una autoridad que vibraba en la estructura molecular de sus enemigos—. Es la capacidad de imponer una verdad propia sobre la realidad de los demás.

Uno de los Pretorianos cargó, su lanza de cristal trazando un arco de luz blanca. Ëadrail, con un movimiento fluido que desafiaba la gravedad que lo aplastaba, se fundió con la sombra proyectada por una de las agujas de obsidiana. Desapareció en un parpadeo negro y emergió justo detrás del guardián.

Su espada corta de grafeno no chocó contra la sal; cortó la sombra del Pretoriano.

Al cercenar la proyección oscura, el cuerpo físico de la estatua se fracturó en mil pedazos, como si el concepto mismo de su existencia hubiera sido invalidado. Ëadrail no solo usaba el sigilo; estaba usando su dominio para "desordenar" la esencia del enemigo.

—Ocho —contó con frialdad.

Los Pretorianos restantes reaccionaron al unísono, clavando sus lanzas en el suelo y creando una red de distorsión espacial. El campo gravitatorio se volvió errático: en un segundo Ëadrail pesaba trescientas toneladas, y al siguiente el aire lo empujaba hacia el cielo.

Ëadrail cerró los ojos. Sintió el tirón de la pirámide invertida bajo sus pies. Comprendió que la Lágrima del Hacedor no era un objeto de luz, sino el punto de mayor densidad del universo.

—¿Quieren peso? —Ëadrail extendió sus manos, y las sombras de las Agujas de Obsidiana, de kilómetros de largo, comenzaron a converger hacia él como si él fuera un agujero negro—. Yo les daré todo el peso de un imperio caído.

En un estallido de energía sombría, Ëadrail invirtió el flujo. Usó sus sombras no para ocultarse, sino para crear anclas de masa infinita. La gravedad a su alrededor colapsó hacia adentro. Los Pretorianos de Sal, diseñados para aplastar a los intrusos, se vieron de pronto succionados por la propia oscuridad de Ëadrail. Sus cuerpos de cristal se comprimieron, crujiendo y estallando hasta convertirse en polvo blanco que desapareció en el vacío de sus sombras.




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