El lugar no figuraba en ningún mapa satelital, ni en los registros de grafeno de Neipoy. Se encontraba en la Fosa de las Almas Olvidadas, una grieta dimensional donde el tiempo no fluía, sino que aguardaba. Allí, el silencio no era la ausencia de sonido, sino la presencia de una ley que nadie se atrevía a romper.
Mizarth caminaba sobre un suelo de cristal negro que reflejaba no su imagen, sino el peso de su propia sombra. Su guadaña, recuperada en el vacío, emitía un pulso plata tenue, como un corazón que late fuera de ritmo. No estaba allí para conquistar, sino para reclamar lo que le pertenecía, pero sabía que el "propietario" no aceptaba deudas anticipadas.
—Detente, Jinete —la voz no vino del aire, sino de la propia estructura de la realidad.
Frente a Mizarth, la neblina estelar se condensó en tres figuras de una majestuosidad aterradora. Eran los Generales del Ocaso, los custodios del equilibrio que el Creador había dejado para vigilar que la muerte ocurriera solo cuando la partitura lo dictara.
A la izquierda, Thanatos, envuelto en alas de ceniza, sostenía su espada corta con la punta hacia el suelo. A la derecha, Anubis, con su armadura de oro y lapislázuli, sostenía una balanza que permanecía perfectamente estática. En el centro, Yama, sobre su montura de sombras, sujetaba el lazo de la Ley Cósmica.
—El Séptimo Sello sigue intacto —sentenció Yama, y su voz fue un eco de justicia absoluta—. El poder que buscas está bajo custodia. No te pertenece hoy. No te pertenece aún.
Mizarth se detuvo, su capa de grafeno ondeando en un vacío sin viento. Sus ojos de plata líquida se clavaron en la Tríada.
—El equilibrio ya está roto —replicó Mizarth, su voz cargada con la frialdad de quien ha visto a un dios arrodillarse ante un mortal—. Verch ha convertido la creación en su tablero de juegos. Si espero a que el último sello caiga por sí solo, no quedará un universo que gobernar.
—Esa es la arrogancia de los vivos —respondió Anubis, y el peso de su mirada hizo que el cristal bajo los pies de Mizarth crujiera—. Tú ves el incendio; nosotros vemos el bosque eterno. Nuestra orden es clara: el poder de la Muerte se entregará voluntariamente cuando el ciclo termine. Intentar arrebatarlo ahora es un acto de traición contra el Gran Arquitecto.
—Entonces soy un traidor —dijo Mizarth, y el aura de plata líquida estalló desde su guadaña, cortando la neblina—. Pero prefiero ser un traidor en un mundo vivo que un leal en una tumba vacía.
Desde la oscuridad infinita que se extendía tras los generales, surgió una presencia que hizo que el tiempo mismo se detuviera. Un trono de huesos de mundos se materializó, y sobre él, la figura colosal de MORTALIS.
El Arquitecto del Ocaso no se movió, pero su sola voluntad impuso una presión que hizo que los sensores de grafeno de Mizarth emitieran pitidos de alerta crítica.
—Mizarth Patmus... el hijo de la Muerte busca ser el padre de su propio destino —la voz de Mortalis era profunda, antigua como la primera sombra—. Mis generales tienen razón. Tu causa es noble, pero tu método es un error. Para nosotros, eres el cáncer que intenta acelerar el fin.
Mortalis levantó una mano, y los tres generales alzaron sus armas. Ya no había rastro de hostilidad personal; era algo mucho más aterrador: ejecución legal.
—Si quieres la batería de tu guadaña antes de que el Sello se rompa —sentenció Mortalis—, tendrás que demostrar que tu voluntad es más fuerte que la Ley que nos rige. Generales... protejan el Equilibrio.
Thanatos se desvaneció en un parpadeo, apareciendo a milímetros del cuello de Mizarth. El juicio de los dioses había comenzado.
***
La Tríada no se movió con prisa; se movió con la sincronía de una ejecución perfecta.
Thanatos fue el primero. Se desvaneció en una ráfaga de plumas negras y apareció en el punto ciego de Mizarth, su espada corta buscando la unión del casco de grafeno con la nuca. Mizarth reaccionó por puro instinto, girando el mango de su Guadaña para bloquear el acero pálido del general. El impacto hizo que una onda de choque vibrara por toda su columna, pero no tuvo tiempo de recuperarse.
Anubis golpeó el cristal con su báculo dorado. De inmediato, el peso de la "Justicia" cayó sobre Mizarth; la gravedad en su posición se multiplicó por cien. El suelo bajo sus botas de grafeno se hundió y el Jinete sintió cómo sus pulmones se comprimían. En ese instante de debilidad, Yama espoleó a su montura de sombras y lanzó el Lazo de la Ley Cósmica. La cuerda de energía se enredó en el brazo derecho de Mizarth, inmovilizando la Guadaña.
—¡Cae ante la Ley! —rugió Yama, tirando de la cuerda para desmembrar el hombro del Jinete.
Mizarth, de rodillas por la gravedad de Anubis y con el brazo estirado por el lazo de Yama, vio a Thanatos descender para el golpe final. Su traje de grafeno emitía alertas rojas; los servomotores estaban a punto de estallar por la presión.
—El final... —masculló Mizarth, con los ojos inyectados en sangre— ...lo decido YO.
En un estallido de luz que cegó momentáneamente a la Fosa de las Almas, Mizarth soltó una carcajada ronca y extendió su mano izquierda hacia el vacío. El aire cantó en una frecuencia prohibida y la Lanza del Destino se materializó en su puño, irradiando un aura dorada que deshizo la gravedad de Anubis de un solo pulso.
Mizarth no esperó. Usó la Lanza para desviar la espada de Thanatos con una fuerza tal que el ángel pálido salió volando contra una de las agujas de cristal. Acto seguido, con un movimiento seco de su muñeca izquierda, cortó el lazo de Yama con el filo sagrado de la Lanza.
Libre de sus ataduras, Mizarth se convirtió en un torbellino de plata y oro.
Se lanzó contra Yama primero. El Jinete usó la Guadaña para enganchar la pata de la montura de sombras, derribando al general oriental, y antes de que Yama pudiera reaccionar, Mizarth le clavó la Lanza del Destino en el hombro, clavándolo literalmente al suelo de cristal negro. La luz de la Lanza quemaba la esencia del general, neutralizando sus poderes.
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Editado: 21.04.2026