Las dunas de cristal del desierto de Khem crujían bajo las botas de Alcorth, pero no era el peso del metal lo que las quebraba, sino el calor que emanaba de su núcleo. El Jinete de la Guerra avanzaba en la vanguardia, con el Rompe-Mundos envuelto en cadenas de magma que flotaban a su alrededor. A su lado, Alice no tocaba el suelo; se desplazaba en un torbellino de aire blanco que purificaba la atmósfera viciada de la Ciudadela Patmus a cada paso.
Detrás de ellos, Mizarth y Ëadrail cerraban la formación. Mizarth era una mancha de sombra necrótica que parecía absorber la luz del sol, mientras que Ëadrail, el soberano, caminaba con una calma aterradora, con la Lágrima del Hacedor pulsando en un estuche de materia oscura que distorsionaba el espacio a su alrededor.
—Siento los ojos de Verch en mi nuca —gruñó Alcorth, su voz como piedra rozando piedra—. Nos está dejando pasar.
—Que nos mire —respondió Alice, y su voz resonó en la mente de sus hermanos como un eco atmosférico—. Estamos llevando el fin de su era en nuestras manos. Si este es el precio para que Ron ascienda, quemaremos el cielo si es necesario.
Cruzaron el último puente de obsidiana, donde las gárgolas de Verch permanecían inmóviles, como jueces silenciosos. Las puertas del Nexo se abrieron con un gemido de metal antiguo. Dentro, la luz azulada de los monitores de Arthoriuz y las antorchas de fuego blanco de Tina creaban un refugio de orden en medio del caos.
Ron se puso en pie al verlos entrar. No hubo abrazos, no hubo lágrimas; solo el reconocimiento de cuatro guerreros que habían regresado del infierno.
—Las traemos, Ron —dijo Ëadrail, dando un paso al frente—. Pero no podemos quedarnos. Las legiones de Odrac están a diez kilómetros y vienen con órdenes de colapsar la montaña antes de que el ritual alcance el 50%.
Uno a uno, los Jinetes se acercaron a los pedestales de obsidiana. La entrega fue casi religiosa. Al colocar las Reliquias, el Nexo "despertó". Un pulso de energía pura barrió el salón, haciendo que las capas de los hijos de Ron ondearan violentamente.
—Alcorth... —empezó Ron, buscando las palabras.
—No lo digas —lo interrumpió el Jinete de la Guerra, ajustando su casco de grafeno—. Solo haz que valga la pena. Valend, cuida a tu padre. Si un solo demonio cruza esta puerta antes de que terminemos fuera, sabré que has fallado.
Valend asintió con una solemnidad que hizo que Alcorth sonriera tras su visor. Sin más palabras, los cuatro Jinetes dieron media vuelta y salieron del Nexo. Su partida dejó un vacío de poder que el silencio de la sala no tardó en llenar. Ron se quedó solo con su estirpe y con la sombra parpadeante de Abus, quien ya empezaba a conjurar el primer hilo de su fuego morado.
***
Cuando las pesadas puertas de obsidiana se sellaron tras los Jinetes, el aire en el Nexo Planetario cambió de inmediato. La presión atmosférica descendió varios milibares, obligando a los presentes a realizar una maniobra de compensación en sus oídos. El zumbido de las cuatro Reliquias —el Rompe-Mundos, el Caduceo, la Lágrima y la Guadaña— se armonizó en un acorde perfecto y aterrador. No era música; era el sonido de la realidad siendo tensada hasta su límite elástico, un recordatorio de que estaban operando en el "kernel" mismo de la creación.
Arthoriuz Tower rompió el silencio, tecleando con furia en la consola de luz sólida. Sus ojos reflejaban hileras de código rúnico que descendían a una velocidad vertiginosa por las pantallas flotantes.
—Los Jinetes han alcanzado el primer perímetro —anunció Arthoriuz, sin apartar la vista de los monitores de flujo—. La firma energética de Alcorth está saturando los sensores térmicos de la zona exterior. Tenemos una ventana de estabilidad de cuarenta minutos antes de que la interferencia de la batalla empiece a corromper la señal del Nexo. Ron, el sistema está en idle. Es ahora o nunca.
Ron Tower caminó hacia el centro del altar circular. Sus botas de grafeno resonaban contra el suelo de obsidiana pulida, un sonido solitario que marcaba la cuenta regresiva de su tiempo como hombre. Se detuvo y miró a sus cinco hijos. Eran su obra más compleja, su legado más puro. Siete años de entrenamiento brutal bajo la tutela de la Hermandad los habían convertido en una unidad de procesamiento de combate sin igual.
—Acérquense —ordenó Ron.
El escuadrón de los herederos se movió como una sola entidad, cerrando el círculo alrededor de su padre. Valend iba a la cabeza, con su arco de vacío descolgado pero sin tensar; a sus veinticinco años, emanaba una autoridad gélida que recordaba a la atmósfera de las cumbres más altas. Detrás de ella, Ikuel chispeaba de forma involuntaria; Citlali mantenía la mano sobre el pomo de su katana; Lys exhalaba un vaho gélido que condensaba la humedad del aire, y la pequeña Tina apretaba el vial de fuego blanco como si fuera el último resto de sol en el universo.
—Ustedes son los controladores de este proceso —dijo Ron, mirando a cada uno a los ojos—. Arthoriuz es el arquitecto y Abus es el compilador, pero ustedes... ustedes son el sistema de soporte vital. Si yo me pierdo en la frecuencia del 100%, quiero que me encuentren.
Ron puso su mano sobre el hombro de Valend. La diferencia de altura era mínima, pero la tensión eléctrica que compartían a través del linaje era masiva. —Valend, tú eres la CPU. Si mi mente empieza a pixelarse, si dejo de reconocer sus rostros mientras estoy en el trance, toma el mando absoluto del Nexo. No permitas que el ritual se detenga por piedad. El éxito del Séptimo Amanecer es la prioridad del sistema, por encima de mi vida.
—Entendido, padre —respondió Valend. Su voz era un hilo de seda cortante, pero el aire a su alrededor empezó a silbar, una señal de que su control sobre la presión atmosférica respondía a su agitación interna—. Pero no me pidas que elija entre el mundo y tú, porque sabes que el vacío no perdona las deudas.
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Editado: 31.05.2026