El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 23: El frente de los jinetes

A tres kilómetros del Nexo, la realidad había dejado de tener sentido. El cielo sobre la Ciudadela Patmus no era azul ni negro; era una herida abierta de color violeta eléctrico y humo denso. En el centro de ese infierno, Alcorth rugía. No era un grito de guerra, sino un sonido gutural de puro esfuerzo físico. Su armadura de grafeno, normalmente oscura y elegante, ahora brillaba con un naranja incandescente, agrietándose bajo la presión del magma que bullía en su interior.

Cada vez que Alcorth golpeaba el suelo, la tierra no solo temblaba; gemía. El Jinete de la Guerra hundía sus manos en la roca viva, arrancando el tejido del planeta para convertirlo en su arma.

  • Tierra y Magma: Un regimiento de sintéticos intentó flanquearlo, pero Alcorth no los miró. Simplemente cerró el puño y el suelo se convirtió en una boca de lava que se tragó el metal y los gritos mecánicos en un parpadeo. El olor a ozono quemado y carne sintética derretida era tan denso que se podía masticar.

—¡Maldita sea, Ron, apresúrate! —bramó Alcorth por el canal interno. Su voz no era una transmisión limpia; era un trueno cargado de estática y cansancio—. ¡Siento cómo la montaña se retuerce! ¡No puedo aguantar el peso del mundo eternamente!

Sobre él, una ráfaga de aire tan frío que quemaba los pulmones barrió la vanguardia enemiga. Alice descendió del cielo como un espectro de pesadilla blanca. No había gracia en su vuelo, solo una urgencia terminal. Su dualidad elemental la estaba desgarrando; por un lado, el Aire puro que intentaba elevarla, y por otro, la Peste Blanca que buscaba reducirlo todo a polvo.

Donde Alice ponía la mirada, la vida —incluso la vida artificial de Verch— se marchitaba. Los soldados sintéticos se detenían en seco, sus cuerpos de polímero avanzado volviéndose quebradizos, desmoronándose como estatuas de sal ante una brisa invisible.

  • El peso de la Peste: Alice sentía cada baja. No como un número, sino como un eco de vacío en su propia alma. Su poder no era una herramienta; era una carga que la obligaba a ser la segadora de un campo de batalla infinito.

—Alcorth, guarda tu aliento —susurró Alice. Su voz llegó a la mente de su hermano cargada de una fatiga milenaria—. El aire está saturado de entropía. Apolión está cerca, lo huelo en el viento. Es un olor a hierro viejo y olvido.

La muralla de magma y ceniza que ambos habían levantado era lo único que protegía el nexo, pero estaba empezando a ceder. No por falta de poder, sino por la humanidad de quienes lo portaban. El grafeno de sus trajes, diseñado para ser indestructible, estaba empezando a fundirse con su propia piel, borrando la línea entre el hombre y el arma.

Alcorth se puso en pie, con los ojos inyectados en sangre tras el visor de su casco. Vio otra ola de enemigos acercarse, una marea de acero que parecía no tener fin. Escupió sangre dentro de su máscara y volvió a hundir los pies en la lava. —¡Que vengan! —gritó, y la tierra respondió con una explosión de ceniza blanca—. ¡Si este es el Séptimo Amanecer, que se enteren de que Guerra y Peste fueron quienes les abrieron la puerta!
***

A un flanco de la muralla de magma, donde la luz del sol parecía negarse a tocar el suelo, Mizarth y Ëadrail sostenían la brecha metafísica. No había gritos en este sector, solo el silbido del aire siendo succionado hacia la nada y el crujido de los huesos sintéticos implosionando bajo una presión invisible.

Mizarth se movía como una mancha de tinta en un lienzo blanco. Para él, el grafeno de su traje no era una armadura, era una mortaja fría que le recordaba a cada segundo que su humanidad era un préstamo a punto de vencer. Su dualidad lo estaba consumiendo desde dentro:

  • Vacío y Plata: Cuando Mizarth extendía su mano, el Vacío no solo borraba al enemigo; borraba el sonido, el color y la esperanza. Los batallones de Verch caían en zonas de silencio absoluto donde sus procesadores se reiniciaban en un bucle infinito de terror digital. La Plata Necrótica brotaba de sus nudillos como cuchillas que no cortaban la carne, sino el hilo invisible que unía a los clones con la mente colmena de la Ciudadela.

—Siento el frío, Ëadrail... —susurró Mizarth. Su voz no salía por los altavoces de su casco; era un eco fúnebre que vibraba directamente en los huesos de su hermano—. El vacío me está pidiendo más de lo que puedo dar. Siento el pulso de la Guadaña en el nexo... me está llamando a casa.

A su lado, Ëadrail no se movía. Permanecía plantado en la roca, con las piernas hundidas hasta las rodillas en el granito que él mismo había deformado. Como el soberano de la Lucha, su carga era la más física y agónica:

  • Luz y Materia Oscura: Con una mano proyectaba haces de Luz Sólida que actuaban como puntales, sosteniendo las placas tectónicas para que los sismos de Alcorth no sepultaran a la familia Tower en las profundidades. Con la otra, manipulaba la Materia Oscura, creando pozos de gravedad tan densos que los tanques de Verch se retorcían como papel arrugado antes de ser reducidos a esferas de metal denso.

—¡Aguanta, Mizarth! —rugió Ëadrail. El esfuerzo hacía que la sangre brotara de sus poros, tiñendo el grafeno plateado de un rojo oscuro—. ¡Si tú te desvaneces, la Entropía de Apolión entrará por tus sombras! ¡Soy el ancla de esta montaña, pero necesito que tú seas el verdugo!

Ëadrail sentía cada tonelada de la cordillera sobre su espalda. Su poder de gravedad no era un truco de magia; era un intercambio muscular y espiritual. Sentía la presencia de su abuelo Arthoriuz y de sus sobrinos bajo sus pies, y ese pensamiento era lo único que impedía que sus ligamentos estallaran bajo la presión de mil atmósferas.




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