El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 24: La traición del fuego púrpura

Dentro del Nexo, el tiempo ya no se medía en segundos, sino en ciclos de carga. Ron Tower flotaba en un vórtice de luz blanca, suspendido entre las cuatro Reliquias que giraban a una velocidad tal que se habían convertido en un solo anillo de energía absoluta. El 90% del proceso de integración había sido alcanzado. El aire en el salón era puro plasma; las paredes de obsidiana lloraban gotas de cristal líquido debido al calor de la fricción dimensional.

Arthoriuz estaba bañado en sudor, con los ojos fijos en los indicadores de flujo. —¡Nivel de convergencia al noventa y dos por ciento! —gritó, su voz apenas audible sobre el rugido sónico de la Guadaña de Mizarth—. ¡Ron, mantén el núcleo! ¡Casi lo tenemos!

Pero en el rincón de la compilación, el flujo había cambiado. Abus no estaba mirando los monitores; miraba directamente al alma de Ron, y sus ojos ya no eran humanos. El Fuego Morado que brotaba de sus manos dejó de ser un lubricante energético para convertirse en un ácido corrosivo. El color violeta se volvió denso, aceitoso, con vetas de un negro absoluto que empezaron a trepar por los filamentos de luz que conectaban a Ron con las Reliquias.

—¿Qué estás haciendo? —la voz de Miachyv fue un látigo de alarma—. ¡Abus, el flujo de retroalimentación está subiendo! ¡Estás inyectando una secuencia de borrado en el ADN de Ron!

Abus no respondió. Su rostro era una máscara de ambición ciega. Estaba usando el ritual no para elevar a Ron, sino para cosechar el 100% de la energía del Hacedor para sí mismo, dejando atrás un residuo vacío. El Fuego Morado empezó a devorar el aura de la Lágrima, corrompiendo la gravedad que sostenía la mente de Ron.

Ron emitió un sonido que paralizó el corazón de todos los presentes. No fue un grito; fue el crujido de una realidad rompiéndose. Sus recuerdos empezaron a proyectarse en el aire como hologramas fragmentados: el rostro de su madre, las risas de sus hijos, el primer día que conoció a Markethe. Y el Fuego Morado de Abus estaba quemando esos fragmentos, convirtiéndolos en ceniza digital.

—¡Sáquenlo de ahí! —rugió Markethe, desenfundando su arma y lanzándose hacia el altar, pero la estática necrótica lo arrojó contra la pared como si fuera un muñeco de trapo—. ¡Ron! ¡Hermano!
***

—Se acabó, Abus.

La voz de Valend cortó el caos como un rayo de hielo. No había duda en ella, ni miedo, solo la ejecución de una sentencia que había sido dictada en el momento en que entraron al Nexo.

Valend tensó su arco de vacío. La cuerda, hecha de filamentos de grafeno y voluntad pura, chirrió bajo la presión. El aire alrededor de la joven arquera desapareció, succionado hacia la flecha que empezaba a materializarse: un dardo de Vacío Absoluto, negro como el fin de los tiempos.

—¡Valend, no! —gritó Arthoriuz—. ¡Si disparas ahora, el nexo colapsará!

Valend no escuchó. Miró a su padre, cuyo cuerpo se retorcía en una agonía que ninguna criatura debería soportar, y luego miró a Abus, que sonreía mientras el Fuego Morado consumía la conciencia de Ron. —Te lo advertí —susurró Valend.

Soltó la cuerda. La flecha de vacío no viajó por el aire; simplemente existió en el pecho de Abus un instante después. El impacto no provocó una explosión de sangre, sino una implosión atmosférica. El Fuego Morado de Abus fue succionado hacia el agujero negro que Valend había creado en su esternón.

El choque entre la corrupción de Abus y el vacío de Valend generó una onda de choque que reventó los monitores de Arthoriuz y lanzó a Valkano y Kandros por los aires. —¡PAPÁ! —el grito de Tina fue el detonante final.

La pequeña corrió hacia el altar, desatando su Fuego Blanco Sanador para intentar sellar las grietas que el fuego morado había dejado en el alma de Ron. Ikuel y Lys se unieron a ella, uno absorbiendo los rayos de estática que amenazaban con incinerar el salón, la otra bajando la temperatura del nexo hasta que el aire mismo se volvió sólido. Pero el daño ya era masivo. La energía del 100%, privada de su ancla y corrompida por el fuego de Abus, empezó a expandirse sin control, amenazando con borrar la Ciudadela y todo rastro de vida en kilómetros a la redonda.
***

El estallido final no fue un ruido, sino un silencio absoluto que succionó hasta el último gramo de sonido del Nexo. El aire se volvió sólido, una masa de estática que mantenía a Valend de rodillas y a Abus suspendido en una agonía inmóvil mientras el vacío devoraba sus pulmones. El techo de la obsidiana no se derrumbó; simplemente dejó de existir, evaporado ante una presencia que no pertenecía al plano de los hombres ni de los ángeles.

Desde el cénit del nexo, una silueta descendió con una lentitud que desafiaba la urgencia del colapso. No traía luz, sino una oscuridad tan densa que era luminosa. Sus alas no eran plumas, sino jirones de una noche eterna que parecían absorber los rayos de energía del 100%. Al tocar el suelo, el suelo mismo dejó de temblar, rindiéndose ante una autoridad que precedía a la creación de la montaña.

—Demasiada ambición para recipientes tan pequeños —dijo la figura. Su voz no era un sonido, sino un pensamiento que resonó en el tuétano de los huesos de los presentes.

Arthoriuz, con el rostro bañado en el sudor de la forja y la sangre de su linaje, levantó la vista. Sus ojos, que habían visto archivos prohibidos y eras de guerra, se abrieron con un terror que rozaba la adoración. Sus labios temblaron antes de que el nombre pudiera escapar.

—Tú... —susurró Arthoriuz, cayendo de rodillas, con las manos buscando el suelo para no colapsar—. Lucifer. El Portador de la Luz... el Administrador del Abismo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.