El Nexo Planetario ya no era el santuario de la arquitectura divina; era la zona cero de un colapso ontológico. El estruendo ensordecedor del ritual había sido reemplazado por un silencio tan denso, tan absoluto, que hería los tímpanos. En el aire flotaban partículas de cristal líquido y ceniza, suspendidas en un tiempo que parecía negarse a avanzar. La gravedad misma estaba desorientada, incapaz de decidir hacia dónde tirar tras la implosión del fuego púrpura y la flecha de vacío de Valend.
Las pesadas puertas de obsidiana, que habían resistido el peso de la montaña, cedieron finalmente ante una fuerza bruta y desesperada. Los cuatro Jinetes irrumpieron en el salón. No entraron como los avatares invencibles de la destrucción que habían sostenido el perímetro; entraron como guerreros rotos, vaciados hasta la última gota de su esencia.
Alcorth iba a la cabeza. Su armadura de grafeno estaba parcialmente fundida con su propia carne, y el magma que solía fluir por sus venas ahora era una costra de piedra oscura y humeante. A su lado, Alice no volaba; sus pies se arrastraban sobre la piedra pulida, y el aire puro que solía rodearla apestaba a hierro quemado y desesperanza. Detrás de ellos, Mizarth y Ëadrail se sostenían el uno al otro, las sombras y la luz parpadeando como circuitos a punto de morir.
Se detuvieron en seco. La escena frente a ellos paralizó sus corazones más rápido que cualquier hechicería de Verch.
En el centro del salón, sobre la losa de obsidiana agrietada, yacía el cuerpo de Ron Tower. No había respiración, no había el más mínimo rastro del calor humano que siempre lo había caracterizado. Markethe estaba arrodillado a escasos metros, con la mirada vacía, los puños apretados sobre las rodillas. Valend había dejado caer su arco y temblaba incontrolablemente, flanqueada por sus hermanos menores, quienes miraban el cuerpo de su padre con el terror absoluto del abandono.
Mizarth, con las manos temblorosas, intentó extender sus sentidos hacia la frecuencia de la guadaña. Sus ojos se abrieron de par en par bajo el visor destrozado de su casco. —No hay eco... —susurró la Muerte, su voz rasposa rompiendo el silencio—. No lo siento. El hilo está... el hilo no está.
El peso de esas palabras cayó sobre los Jinetes como una losa de plomo. Ron estaba muerto. El hombre por el que habían sacrificado su humanidad, el hermano que los había guiado a través del infierno, había sido consumido por la maquinaria del destino. Alcorth dejó caer el Rompe-Mundos, el arma legendaria chocando contra el suelo con un ruido sordo e inútil. Alice ahogó un sollozo, llevándose las manos al rostro, sintiendo que el aire de sus pulmones se volvía veneno. El sacrificio había sido en vano. El mundo estaba perdido.
Fue entonces cuando Alcorth levantó la vista y notó la presencia geométrica y perfecta que flotaba a unos metros del altar. Era una figura de luz sólida, blanca y carente de toda emoción. Tenía el rostro de Ron, pero ninguno de sus recuerdos, ninguna de sus cicatrices. —¿Qué hemos perdido? —rugió el Jinete de la Guerra, la rabia empezando a reemplazar su dolor, señalando a la entidad—. ¿Para qué fue todo esto, Arthoriuz? ¿Qué es esa cosa que profana su rostro?
Arthoriuz Tower no miró a los Jinetes. El viejo arquitecto estaba de pie junto a la cabecera de la losa, pero, a diferencia del resto, no lloraba la muerte de su hijo. En sus ojos no había el terror del vacío, sino un agotamiento infinito y un profundo, inmenso alivio. Miraba hacia la sombra que se proyectaba detrás del cuerpo de Ron.
De entre las sombras de la obsidiana fracturada, una figura se materializó. No emergió con violencia, sino con la autoridad silenciosa de quien es dueña del espacio que pisa. Unas inmensas alas de una oscuridad aterciopelada se plegaron a su espalda. La mujer poseía una belleza que dolía mirar, una presencia que instintivamente hizo que los Jinetes retrocedieran y llevaran las manos a sus armas. La oscuridad que emanaba de ella no era maldad; era el abismo primordial, la noche que precede a toda luz.
Alice tensó su postura, lista para desatar lo que quedaba de su poder atmosférico contra la intrusa, pero una mano temblorosa se alzó para detenerla. Era Arthoriuz.
El viejo se dejó caer de rodillas, no por sumisión, sino porque sus piernas finalmente se rindieron. Dejó escapar un suspiro que parecía contener siete años de miedo acumulado. Su rostro, marcado por las arrugas de mil batallas y el estrés de la forja, se suavizó al mirar a la mujer de alas oscuras.
—Lucy... —murmuró Arthoriuz. Su voz era apenas un hilo, pero estaba cargada de un cariño inquebrantable, la familiaridad íntima de un amor que había sobrevivido a la caída de los cielos y a la ruina de la tierra—. Llegaste. Sabía que no lo dejarías caer.
Los Jinetes parpadearon, desconcertados. ¿Lucy? El nombre chocaba con la entidad que tenían enfrente. Arthoriuz no le temía. A diferencia de las leyendas que hablaban del Portador de la Luz como el gran adversario, el arquitecto de Patmus solo veía a la mujer que amaba, a la madre que había sangrado por su familia. Arthoriuz sabía mejor que nadie que todo lo que ella había hecho, incluso su supuesta caída, había sido un acto de sacrificio por sus hijos.
Lucifer avanzó con pasos que no hacían ruido. Se detuvo junto a Arthoriuz y, con una suavidad que desmentía su naturaleza cósmica, posó una mano pálida sobre el hombro del anciano. Fue un gesto de consuelo, un anclaje en medio del apocalipsis. —Casi lo pierdo, mi viejo amigo —dijo ella. Su voz era melodiosa, pero resonaba con la gravedad de las estrellas muertas—. El código corrupto de Abus era un ácido demasiado voraz. Su fuego morado estuvo a un milisegundo de reescribir la existencia de nuestro hijo.
Lucifer apartó la mirada de Arthoriuz y la dirigió hacia los Jinetes y los hijos de Ron, quienes seguían sumidos en el shock de la pérdida. Ella vio el dolor en Markethe, el terror en Tina y la culpa que devoraba a Valend.
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Editado: 31.05.2026